jueves, 22 de junio de 2017

PARÍS PUEDE ESPERAR (2017), de Eleanor Coppola

Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (y viceversa, no vaya a ser que los acérrimos defensores de la igualdad de género me arrojen una lluvia de calzoncillos) y, en este caso, esa gran mujer, a sus maravillosos ochenta y un años, ha decidido dar un paso adelante y dirigir su primera película de ficción. Eleanor Coppola ha quedado para la historia del cine por ese documental titulado En el corazón de las tinieblas: El rodaje de Apocalyse now, donde no solo desvelaba los entresijos de la aventura emprendida por su marido, Francis Ford Coppola, sino que también, en un alarde de sinceridad, se atrevía a desnudar parte de su propia realidad conyugal, por otro lado, más bien triste.
Ahora, Eleanor se pone detrás de la cámara de ficción para rodar una road movie con una protagonista femenina que, sin duda, tiene mucho de ella misma. Se trata de la mujer de un productor que tiene que convivir con él y con su móvil y que, por supuesto, recibe muy poca atención. Por aquellas decisiones repentinas que, de vez en cuando, toman las mujeres, realiza un viaje en coche con un productor francés socio de su marido. Un tipo que no llega a ser guapo pero que resulta algo atractivo, elegante, bon vivant, conquistador empedernido, adicto a la comida y al que le gusta que el mero hecho de viajar sea mucho más importante que llegar al destino. Así que, mediante una serie de paradas gastronómicas, el francés intenta por todos los medios iniciar algo, aunque no sabe muy bien el qué, con esa guapa americana, abandonada en medio del país galo, con un buen puñado de frustraciones y otro de ganas de salir de su rutina.
Y ella no sabe a dónde va a parar todo eso. No se fía, da un paso adelante y dos atrás. Se abre a su asediador pero sin dejar que entre del todo, observa mucho y se calla unas cuantas cosas, intentando preservar lo que ella siempre ha creído que es lo correcto. Se desencadena el juego de sí pero no mientras el vino, el chocolate y las miradas cómplices se van sucediendo como si ella, en ese viaje que parece no tener fin, se fuera completando poco a poco. Y de hecho, no ocurre nada pero quizá esa nada sea el principio de todo. ¿Quién sabe?
En el centro de todo, Diane Lane domina la escena con un extenso repertorio de sensaciones hábilmente sugeridas y Eleanor Coppola, sin hacer demasiados alardes, se inclina por la sencillez, por un guión algo corto, que parece faltarle chispa en algún pasaje para que ese romanticismo que quiere destilar tenga su humor, su tasa de complicidad con el espectador que contempla todo con una cierta lejanía. La película es pequeña, rodada con los medios justos y el buen gusto como guía. Se deja ver con un pequeño gesto distendido en la comisura de los labios…pero nada más. Y Eleanor Coppola guarda mucho en algún lugar que ha preferido mantener oculto.
Así que, en esa indecisión alargada, pongámonos cómodos para detenernos en hoteles con encanto, en restaurantes de precio desorbitado, con platos de cantidad pequeña pero de receta complicada, en copas de vino de todo color y sabor…sí, porque quizá todo esto sea un viaje por los sentidos adormilados de dos personas que quieren darle un último sorbo a la vida, y, sobre todo, de una mujer que, de alguna manera, se mira a su interior para decirse a sí misma que ya han sido suficientes todos los sacrificios.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Tiene que ser una película especial para que a los 81 años Mrs Coppola se haya decidido a debutar en la ficción. Y por lo que cuentas y habla la sinopsis algo de autobiografía hay. Suena a memorias y parece interesante sentarse a comprobar cómo queda cada quién en la película. También me gustaría saber qué especie de pacto ha firmado y con quién la Lane para mantenerse tan bien a su edad (que en realidad tampoco es tan mayor, lo que pasa es que empezó muy jovencita). Actriz muy coppoliana por cierto.

Abrazos rebeldes

César Bardés dijo...

Realmente no queda nadie mal. Ella ama a su marido pero él es un apasionado de la producción, solo está dedicado a eso y a ella le dedica unos pocos segundos siempre interrumpidos por el móvil (no cuento nada, está al principio de la película). En realidad es cómo una mujer que entiende de amor, que aún está enamorada de su marido, que ha sabido cuál es el sabor del dolor, emprende un viaje gastronómico y describe cómo puede ser el inicio del inicio de algo que no es que tenga demasiada importancia pero ayudará a pasar el resto de su vida.
Se deja ver, es agradable, no tiene demasiadas vueltas, Diane Lane está enorme, ella lleva toda la función y lo hace con experiencia de actriz veterana, pero no es una gran película. Quizá por eso, al final, hay un regusto a poquita cosa, a que Eleanor podría haber arañado un poco más y haber ofrecido algo realmente interesante y muy, muy femenino pero yo creo que en determinado momento, se para. Algo en su moral le dice que hasta aquí hemos llegado. Es solo una impresión pero es el rastro que deja una película quizá demasiado pequeña para ella.
Abrazos desde el club.