El
doctor George Gilles de la Tourette fue el responsable de encontrar una
enfermedad de tipo neurológico que bautizó con su propio nombre y cuyos
síntomas presentaban la aparición de movimientos involuntarios y repentinos en cuello,
cabeza, hombros y extremidades y la disfunción coprolálica, es decir, exhalar barbaridades de forma totalmente incontrolada. Esta enfermedad fue
diagnosticada por primera vez a principios del siglo XIX en una dama de la alta
alcurnia francesa, pero, aún así, era una completa desconocida hasta principios
de los años ochenta. Incluso había dudas de que fuera una dolencia como tal.
Así pues tenemos a un
joven de quince años, bueno en los estudios y brillante en la portería de su
equipo de cadetes. Comienza a tener síntomas que, por supuesto, trata de
esconder lo más posible en una época de la vida en la que las inseguridades
presiden todos y cada uno de sus actos. Cuando el problema se hace evidente,
nadie lo comprende. Pierde a los amigos, no puede tener una simple cita con una
chica, sus padres creen que sus comportamientos obedecen a su rebeldía. Está
condenado por su lengua y sus tics espasmódicos. No tiene muchas salidas.
Y eso es lo más
doloroso de esta enfermedad. No menoscaba la inteligencia, no discapacita al
paciente, pero sufre el rechazo de todos porque creen que sus insultos
procaces, sus nervios a flor de aparato motor son formas de llamar la atención.
Sus profesores acuden incluso al castigo físico para tratar de dominar sus
exabruptos, se pelea con el primero que pasa porque le suelta un manotazo en la
cara. Puede que él tenga algo que pensar y decir, pero… ¿a quién?
El director Kirk Jones,
a pesar de haber hecho algunos productos de descarada comercialidad, ya
demostró sus dotes para dirigir con brío y acierto en una película de tan
agradable recuerdo como Despertando a Ned,
con Ian Bannen, excelente actor, llevando el peso de aquella función en busca
de un billete de lotería premiado en los bolsillos de un muerto y enterrado. En
esta ocasión, vuelve a dirigir con extraordinario acierto a un joven actor
llamado Robert Aramayo que realiza una interpretación fantástica, haciendo que
acompañemos al protagonista de esta historia a través de estupendos momentos de
humor, tremendos instantes de tristeza y maravillosos pasajes de superación. Él
es la principal razón para ver esta película que puede llegar perfectamente a
la categoría de notable.
Y es que, en una
sociedad presurosa, que sólo busca el ocio como forma de desahogo, que apenas
presta atención a los problemas ajenos, no es el mejor sitio para alguien que
es incontrolablemente diferente, y lo es para siempre porque el Síndrome de
Tourette no tiene cura, y que, sin embargo, quiere ser aceptado como uno más,
quiere hacer las cosas que los demás hacen y, desde luego, en ese largo y
difícil caminar también hay un lugar reservado para el error.
No es fácil ponerse en la piel de John Davidson, personaje en el que se basa toda la película, que, sin desvelar nada, soltó un exabrupto escandaloso en la ceremonia de entrega de la Orden del Imperio Británico en presencia de la reina. No podemos imaginar la cantidad de rechazo que ha acumulado en su corazón y la inmensa capacidad para ser competente en lo suyo y ayudar a todos los que sufren esta lastimosa enfermedad, que arruina vidas antes de ser vividas, que destroza a las familias porque no aceptan que nadie se comporte de una manera tan radicalmente poco educada. Estamos llenos de prejuicios y, a cada día que pasa, estamos dispuestos a conceder muy pocas oportunidades a todos aquellos que realmente lo merecen. John Davidson era uno de ellos. Y Robert Aramayo tendrá una carrera absolutamente brillante si sabe elegir los proyectos en los que intervendrá. Suya es una de las mejores interpretaciones de los últimos años. Maldita sea.

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