Un médico se traslada a
la selva de Indonesia con el único objetivo de avanzar y cuidar en los
tratamientos contra la lepra. En 1936, la enfermedad corre como la pólvora
entre los nativos y cree que el esfuerzo merece la pena. Es joven, algo
impulsivo, muy responsable y un excelente doctor. Se le destina como ayudante
de un tipo algo cascarrabias, con métodos poco frecuentes, que admira el
trabajo bien hecho, pero también es capaz de hacer cualquier cosa con tal de
que le salga su cuenta. Al principio, desprecia a ese joven que parece llevar
en la mirada los principios de la razón, pero, más tarde, la admiración llega a
ser parte de su rutina. Sólo tiene un defecto y es que el novato no cree en
Dios. Está comprometido con una mujer de carácter, una encantadora dama que
hace que las palmeras se estremezcan a su paso y el viejo médico no duda en
tender una trampa para que la damisela salga por piernas de Indonesia y vuelva
a Holanda y lo único que consigue es que ella se quede y se case con el amor de
su vida. A partir de ahí es cuando comienza el peligro.
En alguna de las
múltiples islas de Indonesia, se halla un brujo que no duda en emplear los
trucos de la magia negra para quitarse de encima a los competidores y, por
supuesto, esos galenos europeos lo son. El joven médico verá con sus propios
ojos cómo otro colega se abalanza sobre él en actitud notoriamente agresiva con
la locura en sus ojos y el descuido en su rostro. No se lo puede explicar. Si
él no cree en Dios, evidentemente, tampoco puede creer en la magia negra. Eso
son supersticiones acompañadas de cierto poder de sugestión. Eso y el calor de
la jungla, que golpea sin piedad en la piel y en los sentidos, como una tortura
ideada por algún ser superior.
Y así, empieza a
aparecer la infelicidad en la vida de este joven doctor impulsivo, algo
idealista y ateo. Cae en el engaño, en conseguir las cosas a través de atajos
no demasiado éticos, en la propia infidelidad con su esposa que no duda en
perdonarle si cuida su salud mental. La selva puede ser muy cruel con el ser
humano. Lo rechaza poco a poco hasta que se hace insoportable vivir en ella. Se
convierte en un enemigo que ha confabulado el calor, el agua, la vegetación y
la soledad para que actúen como armas implacables contra todo aquel que ose
enfrentarse a la naturaleza.
Robert Mulligan consiguió una película interesante que trata, fundamentalmente, de la búsqueda de Dios a través del reverso más tenebroso de la condición humana. En algún momento, se hace morosamente larga, pero no es una película de aventuras al uso debido a ese fuerte componente moral que impregna todos los actos del protagonista, un Rock Hudson que alcanza cotas dramáticas interesantes y que está muy bien acompañado por Gena Rowlands y Burl Ives. El resultado es el de una historia que fracasó estrepitosamente en su momento debido, probablemente, a su atipicidad, a su condición de aventura interior más que física. Al fin y al cabo, la moral es algo que nos persigue, a veces como una enfermedad y, en otras, como un salvavidas. Es algo que decidimos por nuestra cuenta… ¿no?

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