Se
hace muy difícil encontrar razones para seguir viviendo en medio de un final.
Quizá un hombre haya seguido por inercia porque, al fin y al cabo, ha
conseguido la compañía de otro y ha conservado a su perro, obediente y único.
De vez en cuando, pilota su avioneta para coger gasolina, alimentos y medicinas
en ciudades fantasma ocupadas por otros seres humanos que se han convertido en
aves carroñeras que buscan su supervivencia a través de la violencia y el
canibalismo. Vuelve, se fortifica, vive en un permanente estado de alerta y
está siempre acompañado por un animal que no le falla y que le recuerda que una
vez tuvo un pasado que mereció la pena vivir.
Así han ido pasando los
años. Así ha conseguido seguir. Sin embargo, se le van agotando las razones
cuando su mejor compañero desaparece. Quiere encontrar a otros seres humanos,
que también luchan, que también siguen y, tal vez de ese modo, puede hallar
alguna razón para desear ver un nuevo día. El apocalipsis no invita a nadie,
coge lo que es suyo, lo agarra por la fuerza y lo desgarra sin piedad. Un oasis
se puede vislumbrar en la sonrisa de unos niños, en la seguridad de que el
contacto con otras personas de bien tiene la posibilidad de convertirse en un
nuevo principio. Y si fracasa en el intento, entonces es más que probable que
se transforme en un definitivo final.
No es un secreto para
nadie que haya visto dos o tres películas que Ridley Scott hace tiempo que
renunció a hacer cine para sólo mantenerse en los números de taquilla. Su cine,
tiempo atrás, tuvo un valor incalculable, pero degeneró en productos facilones,
vendidos con pericia, disfrazados por el aura de una comercialidad descarada y
un descuido evidente. En esta ocasión, no realiza una obra maestra, ni
muchísimo menos, pero no es su peor película. Scott articula una película en la
que, por una vez, se preocupa de mirar en el interior de sus personajes con aire
sugeridor, con cariño hacia ellos, desarrollando con cuidado sus motivaciones y
sus errores. Jacob Elordi y Margaret Qualley cumplen con su función, y no pasan
de ahí, de pareja de corte clásico, con sus traumas de principio y su búsqueda
de final y el acierto de que el personaje de Elordi, en el fondo, es un tipo
perdido lleno de esperanza. Josh Brolin acaba por ser el más interesante y el
mejor de todos ellos. Y Guy Pearce, importante en algunos tramos, desaparece
incomprensiblemente del todo en la parte final. Sólo está allí, sin aportar
nada. La película tiene una irregularidad latente, pero no es desgraciada,
incluido esa secuencia bizarra sumergida en el universo VIP que destila
crueldad por naturaleza. El resultado es una cinta que consigue un aprobado más
o menos holgado, sin llegar en ningún instante al notable. Cosas de Ridley.
Alejado de los
ambientes brumosos que tanto ha sabido explotar, la estructura de western
parece salpicar un argumento flojo, que, en el fondo, se antoja muy parecido al
de Furia en la carretera, de George
Miller, con mucha menos parafernalia y con los personajes vestidos. Mientras
tanto, se sufre con un mundo apagado, con ligeras reminiscencias a El último hombre vivo, de Boris Sagal,
con alguna que otra secuencia de cierta altura mientras se mira embelesado a
las estrellas.
No dejen nunca de recordar qué es lo que hacían antes del fin del mundo. La película fecha la acción en mayo de 2035, así que nos queda bien poco. Salven al perro, porque en su mirada llena de amor y lealtad puede se encuentre toda la memoria que se pierde a velocidad de disparo entre tanto caos. No se dejen seducir por el lujo y el plástico que tanto facilita las cosas. El mundo es el que es y el secreto está en no perder la esperanza, en tener la seguridad de que comenzar de nuevo es posible y que, tal vez, encontrarse con el amor bajo las estrellas sea tan romántico como lo era antes de que todo terminara sin aire.

No hay comentarios:
Publicar un comentario