martes, 28 de junio de 2016

HORIZONTES LEJANOS (1952), de Anthony Mann

Si queréis escuchar lo que debatimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Stalingrado", de Joseph Vilsmaier, podéis hacerlo aquí.

 No es fácil deshacerse de la pesada mochila del pasado y mirar hacia el futuro con una sonrisa. La fama da una idea de lo que debió de ser Glyn McLintock en Missouri. Tal vez se dejó llevar demasiadas veces por el carácter desatado de quien mata a sangre fría o puede que su revólver recibiera mucho sueldo y gastara pocas balas aunque bien apuntadas. El mañana está ahí mismo y quizá ya ha habido demasiada muerte en su memoria. Es hora de sentar la cabeza y hacer de un horizonte, el hogar. El cielo azul, la gran extensión de tierra, el agua cristalina, la sonrisa de un amor, las desafiantes montañas…todo eso es medicina para el alma inquieta. Solo se trata de remontar un río y ponerse a trabajar. Eso no hace daño a nadie.
Pero McLintock se equivoca. Esa mochila de la que se quiere deshacer es una pesada carga que vuelve con toda su fuerza para que su ira salga de nuevo y vuelva a ser el asesino implacable que ha sido siempre. Las manzanas podridas contagian a las demás y hay que tirar todo el barril. Aunque en esta ocasión es al revés. Las manzanas sanas contagian a las demás y hay que conservar el barril. McLintock tiene conciencia porque ha decidido no olvidarla en todas sus acciones. Debe luchar por lo que es justo y, si en algún momento, sale la bestia salvaje que un día fue, siempre habrá una voz de aviso que le recuerde quién es realmente. Y es que la paz anida en los hombres que tienen afán de futuro. Las cumbres nevadas hieren con su frío y la traición se desliza lentamente por las laderas de la ambición. Cuando la fiebre del oro llega es muy difícil limpiar el veneno de la codicia y eso, inevitablemente, despierta a la fiera que se lleva dentro. Los fantasmas se hacen presentes aunque no se vean. La persecución comienza. Y todo acabará ahogado en un torrente de venganzas que, de manera sorprendente, cerrará de un disparo los días de furia y abrirá un mañana que se resiste en el amanecer. Es tiempo de agarrar a los horizontes lejanos y no soltarlos nunca más.

Anthony Mann dirigió con impecable maestría uno de los cinco westerns que realizó con James Stewart de protagonista para profundizar un poco más en la psicología de unos personajes que tenían que luchar con la violencia como único argumento. Y detrás de John Ford, quizá sea Mann el que mejor supo entender ese permanente estado de beligerancia que los héroes tenían que mantener porque el rencor se hacía presente en todos los intentos por empezar una nueva vida. Los horizontes lejanos de una tierra virgen se antojaban un poco más cercanos y los pasados turbulentos cogían distancia haciendo caer las crispaciones propias de una época marcada a sangre y fuego.

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