martes, 14 de febrero de 2017

TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS (2000), de Kenneth Branagh

Antes de amarnos, si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla sobre "El Capitán Blood", de Michael Curtiz, podéis hacerlo aquí

Quisiera, oh, ardiente musa, ascender hasta el radiante cielo de la invención. Canciones por texto, como suplantando el alma del diablo por un imposible romance de diversión. El gozo tiene pista para ensayar sus bailes y el verso yámbico del inmortal bardo adopta el ritmo del claqué más frívolo como una pareja que nunca deja de danzar. Es hora de dejar de ser Mercurios y llevar palabras y convertirse en notas musicales que se elevan por encima de las ideas para ser sensaciones, tactos, ensoñaciones y besos. El amor, por mucho trabajo que lleve, nunca puede ser un trabajo perdido. La pasión, por mucho deseo que lleve, nunca puede ser un deseo extraviado. Las cuitas se suceden como pequeños cuentos dentro de la gran narración. Un español tronchante intenta algo parecido a un canto y caen las lágrimas si las despedidas se ciernen. Es el instante en que el júbilo queda suspendido porque me gusta el modo de ser que tienes, o porque encaramos la música y bailamos, o porque Cole Shakespeare se transmuta en William Porter. Y caemos en los brazos de lo volátil intentando poner melodía a eternas declaraciones de amor inacabable. La guerra es el siguiente paso que nunca se ensayó y la vida cae en desafines, en corcheas mal dibujadas, en el desencuentro de aquello que nunca debió separarse porque en cada uno de los actos de los protagonistas está el rostro de su igual, de su gemelo, de su alma.

Los juegos son el preludio de la conquista y nunca puede haber conquista si antes no ha habido juego. El reino se inunda de chismes que harían sonrojar a la comadre de un dragón si no fuera porque en terrenos de palacio todo está permitido, como una barca que se desliza por las aguas, como una mujer que abre su esplendor cuando el amor llama con fuerza a su corazón. El humor no debe faltar en tales lances pues larga es la mirada de quien se enamora y corto el recorrido de quien no sabe reírse de haber caído en la trampa de la seducción. Esas cosas que nunca se podrán alejar de uno mismo por un sombrero, un té sorbido, un pensamiento cambiado son repentinamente cercanas y se alejan por momentos. La efímera felicidad parece haberse cogido su propio compañero de baile y se aleja, perdida, entre las sedas al vuelo y los trajes de etiqueta. El tiempo no tiene manecillas y tanto da una época como otra porque, precisamente, aquello que no envejece es el amor, que permanece cual columna recia sosteniendo los tejados de la personalidad, que apuntala con firmeza el sostenimiento de la esperanza como queriendo recrear de nuevo la plenitud de unos pasos dados libremente muy cerca de los pies delicados y sencillos de la princesa de tus sueños. Kenneth Branagh lo supo muy bien cuando decidió juntar las palabras más inmortales con la música más popular porque sabía, tenía la certeza, de que ambas hablaban de lo mismo. Así, con un silbido en los labios, estas letras se alejan suavemente por el camino de un castillo que nunca existió, de unas armonías que fueron olvidadas por el ruido de los bombardeos, de una mediocre creación que con un punto, damas y caballeros, aquí termina.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

No mucha gente conoce esta película cuando la verdad es una auténtica joya. Y la verdad es que lo primero que suscita es algo de recelo dado a como se las suele gastar el amigo Kenneth con estas cosas. Sin embargo, la película no es nada pretenciosa, muy ágil, divertida y amena. Debe ser verdad eso que dicen de que Shakespeare es el mejor guionista de la Historia del Cine porque aquí el enredo parece sacado de una de esas deliciosas comedias de los años 30 de la RKO y la conjunción con Porter y Gershwin es total. Y Branagh que lo bordó en "Mucho ruido y pocas nueces" lo volvió a hacer aquí.

Por cierto que este verano tuve la oportunidad de disfrutar de "Rosencrantz y Guiledestern han muerto" de Tom Stoppard,una versión delirante del mito de Hamlet a cargo de Tom Stoppard con unos desconocidos Gary Oldman y Tim Roth. No hay que ser un experto shakespereano para apreciar la grandeza del texto,aunque lógicamente los profanos un poco en la obra del autor nos perdemos muchos juegos verbales y sutilezas. Otra joya desconocida. Este Chespir, ¿era bueno, no?

Abrazos isabelinos

César Bardés dijo...

Estoy de acuerdo en que es una auténtica joya. Algo delicado, con clase, con muchísimo estilo, una especie de musical de cámara del que también quieres formar parte. Lo más increíble es que las canciones de Porter o de Gershwin no chirrían nada al lado del texto de Shakespeare, hablan exactamente de lo mismo. Sí, ya sé, eso también lo hizo George Sidney en los cincuenta con "Kiss me, Kate" pero ahí la cosa estaba muy estudiada por parte de Cole Porter y las claves eran bastante distintas. Ahora Branagh, desgraciadamente, ya no es Branagh. Se limita a rodar productos alimenticios desde que tropezó bien tropezado con la versión que hizo de Shakespeare de "Como gustéis", que fue de tal magnitud que ni siquiera ha tenido distribución en muchos países, entre ellos España. Desde entonces, es un mero director de encargo que, a veces, lo hace un poco mejor y, otras, lo hace un poco peor. "La huella" fue un fraude. Lo de "Thor" aunque entronca con su mejor cine, no es más que un montón de millones en su cuenta corriente. La última de Jack Ryan con Kevin Costner y Chris Pine no está mal como producto de acción pero no es precisamente eso lo que esperas de un director como Branagh. Veremos lo que hace con la nueva versión de "Asesinato en el Orient Express". De momento, el hecho de que Hércules Poirot lo interprete él mismo, ya me hace recelar.
"Rosencrantz y Guildenstern han muerto" es una excelente película. Tom Stoppard, ya se sabe, es uno de los mayores expertos mundiales en la obra del bardo de Stratford-on-Avon y a mí, ya en su momento, me pareció una idea muy interesante esa especie de "spin-off" de "Hamlet".
Abrazos lingüisticos.