martes, 2 de julio de 2019

EL SUBMARINO (Das Boot) (1981), de Wolfgang Petersen



Pobre Teniente Werner. Se metió en una lata de sardinas creyendo que iba a narrar una historia de heroísmo y resultó ser una lucha por la supervivencia. El olor a la grasa de los motores, al moho del pan almacenado, al insufrible excusado de los marineros, al miedo que flotaba alrededor…todo ello fue una lección que terminó por convencerle de la inmensa valía del ser humano cuando trata de sobrevivir por encima de todo. En el interminable caminar del proceloso océano ha habido que tomar decisiones muy difíciles, trabajar muy duro para seguir respirando, cumplir con el deber al que obligan los mandos e, incluso, asistir al ridículo homenaje de unos cuantos marineros de traje y corbata que creen que lanzar un torpedo contra un carguero es la expresión máxima de la victoria.
Entre medias, hay que correr para que la nave se hunda más rápidamente, hay que mantener los nervios templados a pesar de la desesperación que paraliza y agarrota, hay que resistir al mal de presión que ataca con fuerza más allá de los ciento cincuenta metros de profundidad, hay que dejar que el júbilo dé sus alaridos al aire libre en la superficie mientras una tormenta de mil demonios choca contra el casco. No, esto no es la guerra. Esto es el límite. Y, por si fuera poco, hay que pasar el maldito estrecho de Gibraltar. Siete millas de anchuras con cientos de barcos ingleses patrullando por sus aguas. Misión imposible para un simple submarino que está muy bien construido, pero que terminará por dar la vuelta con tal de seguir navegando.
Extraordinaria película de Wolfgang Petersen, descriptiva en la manera de vivir de esos intrépidos que, prácticamente, se encerraban en un ataúd flotante de sesenta metros de eslora con el fin de cazar a algunos incautos del Atlántico. “It´s a long way to Tipperary, it´s a long way to home” cantan burlones y divertidos los tripulantes mientras ese submarino se convierte en una presa para la Armada británica. Sí, Capitán, Churchill era un borracho que sabía poner en dificultades a unos cuantos. Incluso a las ladillas que asedian a la tripulación como si fuera la caza de una nave sumergida. Maldita sea, es demasiado tiempo en alta mar, es demasiada tensión para ser digerida por unos hombres que sólo quieren reír y vivir, mucho más allá de cuestiones políticas. Sí, aunque siempre haya alguno que cree estar allí cumpliendo una misión patriótica de alcance incuestionable. Allá arriba, en la superficie, hay muchos jugadores que quieren dar un jaque mate definitivo a los alemanes del mar. Y cuanto todo parezca que ha pasado, que el ambiente enrarecido ha merecido la pena porque, al fin y al cabo, la nave está a salvo y los hombres vuelven con vida, será cuando el destino se encargue de ajustar cuentas y el Teniente Werner tendrá que escribir e imprimir sus malditas fotografías diciendo que esos tipos pendencieros, pero nobles; guerreros del agua y valientes ante el peligro como si fuera la última vez que pueden ver algo más allá de tuberías y torpedos, son todos personas que lucharon por algo tan básico como la propia vida. Sí, es un largo camino de regreso a Tipperary y a casa…

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