miércoles, 24 de junio de 2026

UN ROSTRO ENTRE LA MULTITUD (1957), de Elia Kazan

 

El rostro perfecto puede encontrarse en los sitios más curiosos. En esta ocasión, esa cara de bonachón, cercana, que dice unas cuantas verdades a través de su blues rasgado con una guitarra, está en la cárcel. Ya se sabe, unas copas de más, alguna que otra pelea y al rincón unos cuantos días para enfriar los ánimos. Sin embargo, una reportera olfatea no sólo un buen reportaje, sino algo mucho más profundo y ofrece al fulano un espacio en un programa de radio para que haga llegar sus mensajes de plancha y martillo a una buena parte de la población. Sólo las palabras justas para hacer que la más oscura ama de casa o el más gris de los albañiles se sienta identificado con las ideas de un tipo que lanza su discurso en las ondas. Y la idea cuaja igual que un escorpión al sol. Ese tipo sabe lo que decir, sabe cómo decirlo y sabe cuánto hay que decir, sólo hay que proporcionarle el cómo. Así que de un espacio en un programa de radio, pasa a tener un programa propio y, de ahí, a un show televisivo y llega tanto a tantas partes que el siguiente paso no puede ser más que la política. Hasta parece que el camino a la presidencia se despeja por obra de arte y magia. Cuidado. Mucho cuidado.

Sí, porque esos mensajes que parecen tan necesarios para la población media, esconden un populismo exacerbado que se acerca peligrosamente al fanatismo. De eso, sabemos unos cuantos ejemplos en estos tiempos tan tecnológicos. Se mencionan un par de problemas que sabemos que afectan a una buena parte de los habitantes que escuchan la radio o ven la televisión y se ofrecen soluciones que parecen dichas al vuelo en el rellano de cualquier escalera o en una conversación casual en un bar. Pronto habrá patrocinadores dispuestos a invertir mucho dinero en los discursos facilones de ese tal Lonesome Rhodes. El éxito le rodea. Le sitia. Le atenaza. Se convierte en una necesidad y, por tanto, no tarda en aparecer la arrogancia. Esa enfermedad que tanto asola a los políticos de éxito, o a las promesas vacías, o al sin sentido al que arrastra la adoración de las masas. Lonesome Rhodes es un fraude, aupado por los medios de comunicación, sí, pero ideado por él mismo, que toca el cielo y, al mismo tiempo, lo desprecia. Al igual que la estima de cientos de miles de personas que creen en sus palabras y en sus promesas…esas tan cercanas.

Elia Kazan articuló aquí un ejercicio próximo a la fascinación acerca de los fanatismos, de la mentira de los medios de comunicación que sólo buscan la próxima primicia y el consiguiente flujo de caja y sobre los farsantes que intentan embaucarnos una y otra vez con mensajes simplistas que conquistan fácilmente la conciencia y las ideas de la gente buena y honrada que sólo quieren a alguien bueno y honrado haciéndose cargo del país. Para ello no duda en poner a Andy Griffith, un rostro muy popular en la televisión estadounidense, con una imagen tremendamente afable entre el vulgo, para comandar esta expedición hacia el lado más oscuro de la propaganda política, y acompañado de intérpretes tan excepcionales como Patricia Neal, Walter Matthau, Tony Franciosa o una encantadora Lee Remick.

Cuidado con esos encantos. Esta gente, cuando cae, arrastra no sólo a todos los que están a su alrededor, sino también los sueños de un buen puñado de incautos.

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