Puede
que las leyendas no sean exactamente como se nos han contado. Tal vez Robin
Hood no fuera ese héroe que ha pasado a la posteridad como el adalid del
justiciero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y que no tenía
ningún aprecio por la corona de Ricardo Corazón de León. O puede que sí. El
tiempo es un gran ejecutor y, pasados los años de gloria, es posible que todas
aquellas hazañas que se contaron desde las entrañas del bosque de Sherwood no
merezcan más que el olvido porque la edad, los valores, el cansancio, la
decepción, el frío, la intemperie de la Historia ya no sean los mismos que los
que imperaban en aquellos días de espada afilada y flecha silbante. Cuando eso
ocurre, es el momento en que las leyendas deben morir. Y deben hacerlo sin
mirar atrás.
Y es que el medioevo no
era una época de amabilidades. Pasa por la imaginación la idea de que Robin
Hood fuera ese hombre enamorado de Lady Marian, ese as con el filo y con el
arco…pero la época lo arrasaba todo. Es más plausible creer que sí, que algunas
de esas heroicidades ocurrieron, pero que no era tiempo de delicadezas y que
también pagaran muchos inocentes, muchas víctimas que, simplemente, estaban en
el lugar menos indicado en el momento más inoportuno. La mirada se vuelve
vieja, sin vida y ya sólo resta esperar que alguien, en la noche del futuro,
aseste el golpe oportuno o la puñalada más traicionera y ya se acabe todo,
porque todo se ha acabado hace ya muchos años. Mientras llega ese instante
postrero, Robin trata de hacer algo bueno porque no quiere despedirse con mal
sabor de boca. Nunca se acordará de sus enemigos, pero jamás podrá olvidar a
aquellos que realmente fueron sus amigos. Incluso habrá algún reencuentro
inesperado escondido bajo la máscara, pero sólo será para asegurar que las
almas eran gemelas y que, de algún modo, los códigos de los que se batieron de
ley deben seguir en pie, pase lo que pase.
Así que ese mito que
nació de viejas canciones glosadas por múltiples trovadores hasta llegar a la
literatura de nuestro tiempo puede que no fuera tan puro, ni tan perfecto. Es
el momento de entonar un último poema que exhale un lastimero aliento de
sinceridad y de protección. La sangre sigue corriendo y quizá sea eso lo que más
pese al héroe insigne. No fue capaz de cortar esas corrientes de agua roja que
dejaban escapar la vida con tanta facilidad como los años en los que luchó al
lado de los mejores. Siempre habrá un hijo de alguien que desee su muerte, o un
padre de otro más que quisiera abrirle en canal. Son trampas de cazador que hay
que esquivar y ya no quedan demasiadas fuerzas. Sólo un pequeño rastro de amor
que, al fin y al cabo, es lo que merece la pena en este mundo helado, impío y
desagradecido.
Hay que reconocer que La muerte de Robin Hood es una película tristemente hermosa. Se asiste al último fulgor del mito y se llora con esa flecha lanzada al aire infinito igual que hace muchos años lo asistimos de la mano de Richard Lester en la desesperanzada Robin y Marian. Aquí hay menos romanticismo, pero mucho cuidado en la recreación de una época que era durísima e implacable. En las secuencias de lucha, el director Michael Sarnoski no se anda con tonterías, pero, no obstante, resulta abrumadoramente poético a la hora de despedir al ladrón más famoso de la Historia. La emoción resulta casi incontenible en una película que no es de aventuras, aunque haya alguna que otra, sino que se convierte, prácticamente, en una elegía de redención que sólo puede terminar con la muerte. Hugh Jackman hace un espléndido trabajo metiéndose en la piel ajada de Robin Hood, alejado del mito, cercano a la ruina física, perdedor a pesar de todo y deseoso de abrazar a la muerte para dejar de sufrir y de hacer sufrir. El resultado es una película que se instala en el corazón de forma notable, aunque con lentitud. Es imposible que este poema pueda gustar al público, porque ya no se hacen películas que hablen de este modo del dolor, de la derrota, de la nada que sigue a la gloria. Dejemos que la flecha salga del arco y que una lágrima, solitaria y exploradora, surque la mejilla de quien nunca se dejó embargar por la pena.

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