¡Qué
necesario es que alguien te diga, de vez en cuando, que estás haciendo un buen
trabajo! Si eso falta, no tarda en aparecer una ansiedad muy parecida a la
soledad. Sientes que nadie más que tú te importa, que no afecta a los demás
nada de que lo que puedas hacer, que, al fin y al cabo, podrías desaparecer y
ni un alma te echaría en falta. Es como sentir que, más allá de ti mismo, hay
un insondable abismo que produce vértigo con el más mínimo asomo. Todos
necesitamos de alguien. Todos necesitamos a alguien. Todos somos alguien.
Y eso no podía ser
menos en un super héroe. Ya se sabe, un tipo, más o menos simpático que no
abandona su humor en medio de cualquier refriega, que se juega la cara por
todos los demás con tal de poner un poco de orden en su ciudad. No es tarea
fácil. Y, si se me apura, hasta es posible que, si miramos un poco a nuestro
alrededor, nos daremos cuenta de que los super héroes existen. No son ubicuos,
ni siquiera son infalibles y, por supuesto, no destruyen la urbe cada vez que a
algún pirado se le ocurre hacer un ejercicio de dominación y ruina, pero sí,
existen. Por eso, hay que recordar eso de que cuando ayudas a alguien, en
realidad, estás ayudando a todos. Primero, porque, aunque no lo veamos, tus
acciones afectan a unas cuantas personas que giran en su propia constelación
alrededor de ti. Segundo, porque es lo que nos hace humanos. Tercero, porque
todos poseemos un gran poder y, por tanto, también cargamos con una gran
responsabilidad. Cuarto, porque es lo que hay que hacer. Son razones de peso.
No llevamos máscaras para proteger nuestro anonimato, ni somos tan inteligentes
como para fabricar artilugios que nos ayuden a luchar contra el mal y sus
derivados, pero sí que ponemos en juego muchas de nuestras habilidades más
escondidas si, de verdad, queremos ayudar a alguien. Hagan la prueba. Se
quedarán sorprendidos.
Después de esta
optimista introducción, hay que reconocer que la última entrega del héroe
arácnido no está mal. Es muy entretenida y, desde luego, hay secuencias
admirablemente diseñadas. Por si eso fuera poco, hay unas cuantas apariciones
especiales que le dan algo de textura a la historia que, quizá, se antoja algo
alargada hacia el final, pero que eso no empaña la sensación de pasar un buen
rato lanzando telas de araña, recuperando el pasado, enfrentándose a la
terrible soledad, con un par de chistes que no están mal y con el bien
sobreponiéndose a las trampas de un mal que habita mucho más cerca de lo que
pensamos. Al igual que, con toda seguridad, hay super héroes a nuestro
alrededor, hay que pensar que los super villanos están igual de cerca. Y esos
suelen llevar traje de malvado adornado con una corbata.
Vale, vale, que me
pongo aleccionador para una película que no lo pretende, pero hay que reconocer
que el artículo tiene tanta originalidad como un impacto en la espalda. No se
preocupen, vuelvo al tema. La dirección no es mala, aunque tampoco es de una
brillantez inusual, y la interpretación de Tom Holland comienza a tener algún
que otro atisbo de profundidad. Zendaya pone belleza e inteligencia y Jon
Bernthal pasa por ahí para castigar, que es lo suyo. El resto, lo iremos
descubriendo poco a poco con este paulatino regreso de los héroes de Marvel, que
ya anuncian a bombo y platillo la última entrega de los Vengadores con el
título de Doomsday, con
resurrecciones incluidas.
Si ustedes están llamado a la ayuda, hay que ser plenamente consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, la ingratitud es lo que espera al día siguiente. Nadie va a dar una palmadita en la espalda. Nadie va premiarte con una sonrisa. Nadie. Hay que tener un aguante propio de super héroe. Y eso no lo tiene todo el mundo. Ténganlo por seguro. Hay que alimentarse de esas cosas buenas que hacemos que, aunque no lo notemos, hacen que el mundo sea un poco mejor, por mucho que pesen nuestros actos anteriores o el olvido esté acechando cuál escorpión en busca de su presa. Cuando ayudas a alguien, ayudas a todos. Eso es una gran verdad que conviene no archivar en el cajón de objetos perdidos de la memoria.

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