Puede
que el espacio en blanco se haya hecho un hueco dentro del alma herida. Lo
fácil se ha abierto paso, buscando relaciones con la superficialidad de este
mundo de redes y contactos esporádicos, huyendo de un pasado que jamás ha
gustado porque la sensación de abandono se convirtió en una costumbre y, cuando
ocurre lo impensable, se busquen respuestas con desesperación. En el fondo, la
sorpresa de un texto que salió del poeta y que nadie ha podido leer. Un
manuscrito muerto en vida. Y entonces, con todos los defectos humanos a
cuestas, se empieza a mirar el mundo con los ojos de alguien que juró cumplir
una promesa sólo para hacer que el amor fuera eterno, más allá de las balas,
más allá de los odios, más allá de la incomprensión que siempre guarda el
atraso.
En otro tiempo, un
soldado comienza un viaje para descubrir lo que esconde su corazón. En medio de
la muerte y del caos, halla cielos en lugares de infierno. Tal vez porque ya
hay, también, otras llagas que siguen abiertas y que le obligan a escalar y
sobrepasar sus propias flechas clavadas. La belleza es algo incomprensible en
tiempos de destrucción y el destino, tan fatal como siempre lo imaginó el
poeta, se gastará para apretar por última vez el gatillo que acaba con todo
aunque se inicie un camino de redención que culminará otra generación. La
muerte silba en un rincón y el caballo golpea el tambor de la llanura con la
fuerza de las bombas. Y las letras fluyen para decir, una vez más, que nunca se
podrá entender lo que se llega a querer.
En otro plano, más
irreal, más hundido en el papel, un chico experimenta el rechazo de una
sociedad que espera de él un comportamiento determinado. El orgullo herido
también será un motor para que el niño de nieve hable con la voz a él debida y,
entonces, todo se vuelve blanco y cristalino, haciendo que un manto de olvido,
cruel y desagradecido, le cubra con voces de piedad que nunca podrán salir de
una gente que se esconde tras la pompa de su propio aspecto. Apariencias y
realidades, nieves en verano y lluvias de hospital, deseos ocultos y
revoluciones calladas. Todo se une para que nunca se pueda entender lo que se
llega a querer.
Javier Calvo y Javier Ambrossi encajan las piezas del rompecabezas con precisión, con un gran sentido visual, no siempre necesario, pero sí extraordinariamente efectivo, con una utilización de la banda sonora, en algunos momentos, bastante discutible, pero construyendo un gran fresco sobre reconciliación, sobre injusticias, sobre prejuicios que ya deberían estar superados, con sus errores y con muchos aciertos. No existían los ceniceros en los cafés de la República, la revista de corte de pelo en el ejército era bastante permisiva, quizá el poeta no era tan amanerado según las pocas imágenes que nos han quedado de él, pero hay una buena base a partir de esas poquísimas páginas que han quedado de una obra inacabada de Federico García Lorca para armar una historia que acaba por entrar en el imaginario de quien deja sus ideas políticas en el hall del cine. Sin duda, Guitarricadelafuente realiza un excelente papel, lleno de inseguridades y de miradas que quieren atisbar más allá de las trincheras, Glenn Close resulta elegante y liberal como los salones del Ateneo en su breve aparición, Milo Quifes coloca esos ojos inquietos en su personaje, tan extraviado que no deja de buscar una salida a su inquietud. Un escalón más abajo, Miguel Bernardeau, como siempre corto dramáticamente, pero presta un físico imponente y, hay que decirlo, bastante improbable en la época, Lola Dueñas, excesiva y casi rechazable, Penélope Cruz, breve, pero impensablemente con buena dicción cuando se esfuerza con el acento castizo. El resultado es que la emoción llama a la puerta, sin entrar del todo, pero lo hace con convicción, con vocación de buen cine, con alguna que otra idea visual muy interesante y con la certeza de que va a gustar mucho en otros lares. Por eso, tal vez, el cine nunca entenderá cuánto le queremos.
