Dan Slater ha hecho del
trabajo su única ambición. En el camino ha dejado muchas cosas, pero la más
importante de todas ha sido su hijo. Le dejó a cargo de un antiguo camarada en
una aldea perdida de los Alpes, en medio del Tirol, y no lo ha visto en dos años.
Mucho tiempo para un chaval que ya ha entrado en la adolescencia y que necesita
tener alguna figura de referencia. Sin embargo, Slater, en su vorágine de
espionaje y engaños, ha olvidado que el chico es un objetivo muy apetecible
para las potencias extranjeras. Tanto que llegan a asesinarle con tal de que
Slater salga de su confortable despacho de Langley, Virgina, y viaje hasta el
Tirol para ocuparse de los consabidos trámites para el entierro. No se va a
llevar el cuerpo a casa. Irá allí, se entrevistará con su viejo camarada que
siempre le mira con una cara de lástima, se informará sobre lo ocurrido y
volverá a los Estados Unidos. Apenas un par de horas. Eso es todo. Sin embargo,
Slater se entera de que su hijo ha sido asesinado, que no ha sido un accidente,
que hay algo detrás de todo ello y se va a quedar para averiguarlo. Su instinto
de viejo espía no está anquilosado. Detrás de todo ello hay una compleja
operación para suplantarlo con un doble que se le asemeja como dos gotas de
agua y así los soviéticos tendrán a un infiltrado en la cúpula de Langley.
Tan sencillo como un
rompecabezas que no encaja. El doble tiene la misma mirada severa que roza con
el odio, tiene sus mismas maneras, sus idénticos gestos. Lo único que hace
falta es tender una trampa a Slater, detenerlo, acabar con él y suplantarlo. Ni
siquiera el viejo camarada que hacía de niñera del hijo de Slater notará la
diferencia… ¿o sí?
Dirigida por Franklin
Schaffner, se puede reconocer su eficacia y su estilo directo, sin concesiones
que, en esta ocasión, pasa por ser seco y duro, algo que acompaña perfectamente
al personaje protagonista que asume los rasgos dobles de Yul Brynner. También
hay que reconocer la labor de Clive Revill en la piel de ese antiguo amigo, que
conoce todos los recovecos de Slater y que sufre porque ha visto, e incluso se
sugiere que ha sentido, todo su proceso hasta convertirse en un hombre que no
tiene alma, que se mueve como un autómata en el proceloso mundo del espionaje y
contraespionaje. Britt Ekland pone la suave y casi imperceptible gota de
erotismo y una serie de secundarios con oficio otorgan textura a la historia
como el inefable Anton Diffring, el alemán eterno, que, por esta vez, es ruso;
o el seguro Lloyd Nolan, jefe de Dan Slater en Langley y que huele la trampa a
miles de kilómetros. El resultado es una película sencilla, sin grandes
alharacas, que mantiene la tensión y que en su último tercio es especialmente
tensa.
Ya se sabe, estén atentos a cualquier detalle fuera de lugar. Su pareja puede decir en un momento dado algo inconveniente o que no cuadra en absoluto con todo lo que conocen de ella. Sospechen. Alguien quiere darles gato por liebre.

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