miércoles, 7 de octubre de 2026

MI DOBLE EN LOS ALPES (1967), de Franklin J. Schaffner

 

Dan Slater ha hecho del trabajo su única ambición. En el camino ha dejado muchas cosas, pero la más importante de todas ha sido su hijo. Le dejó a cargo de un antiguo camarada en una aldea perdida de los Alpes, en medio del Tirol, y no lo ha visto en dos años. Mucho tiempo para un chaval que ya ha entrado en la adolescencia y que necesita tener alguna figura de referencia. Sin embargo, Slater, en su vorágine de espionaje y engaños, ha olvidado que el chico es un objetivo muy apetecible para las potencias extranjeras. Tanto que llegan a asesinarle con tal de que Slater salga de su confortable despacho de Langley, Virgina, y viaje hasta el Tirol para ocuparse de los consabidos trámites para el entierro. No se va a llevar el cuerpo a casa. Irá allí, se entrevistará con su viejo camarada que siempre le mira con una cara de lástima, se informará sobre lo ocurrido y volverá a los Estados Unidos. Apenas un par de horas. Eso es todo. Sin embargo, Slater se entera de que su hijo ha sido asesinado, que no ha sido un accidente, que hay algo detrás de todo ello y se va a quedar para averiguarlo. Su instinto de viejo espía no está anquilosado. Detrás de todo ello hay una compleja operación para suplantarlo con un doble que se le asemeja como dos gotas de agua y así los soviéticos tendrán a un infiltrado en la cúpula de Langley.

Tan sencillo como un rompecabezas que no encaja. El doble tiene la misma mirada severa que roza con el odio, tiene sus mismas maneras, sus idénticos gestos. Lo único que hace falta es tender una trampa a Slater, detenerlo, acabar con él y suplantarlo. Ni siquiera el viejo camarada que hacía de niñera del hijo de Slater notará la diferencia… ¿o sí?

Dirigida por Franklin Schaffner, se puede reconocer su eficacia y su estilo directo, sin concesiones que, en esta ocasión, pasa por ser seco y duro, algo que acompaña perfectamente al personaje protagonista que asume los rasgos dobles de Yul Brynner. También hay que reconocer la labor de Clive Revill en la piel de ese antiguo amigo, que conoce todos los recovecos de Slater y que sufre porque ha visto, e incluso se sugiere que ha sentido, todo su proceso hasta convertirse en un hombre que no tiene alma, que se mueve como un autómata en el proceloso mundo del espionaje y contraespionaje. Britt Ekland pone la suave y casi imperceptible gota de erotismo y una serie de secundarios con oficio otorgan textura a la historia como el inefable Anton Diffring, el alemán eterno, que, por esta vez, es ruso; o el seguro Lloyd Nolan, jefe de Dan Slater en Langley y que huele la trampa a miles de kilómetros. El resultado es una película sencilla, sin grandes alharacas, que mantiene la tensión y que en su último tercio es especialmente tensa.

Ya se sabe, estén atentos a cualquier detalle fuera de lugar. Su pareja puede decir en un momento dado algo inconveniente o que no cuadra en absoluto con todo lo que conocen de ella. Sospechen. Alguien quiere darles gato por liebre.

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