martes, 11 de octubre de 2016

MUERTE DE UN CICLISTA (1955), de Juan Antonio Bardem

Si queréis escuchar lo que debatimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de la película "Deliverance", de John Boorman, podéis hacerlo aquí.

 Juan camina calle abajo. El pavimento es de adoquines y la humedad luce su nocturnidad con sinceridad hiriente. En su cabeza no hay más que bicicletas montadas por hombres anónimos de traje oscuro, que dan vueltas y vueltas a su alrededor haciendo sonar sus timbres de aviso de forma casi obsesiva. El frío cala y Juan no puede librarse de ellos. Primero le alcanzan, después le sobrepasan y, finalmente, se dirigen calle abajo, a través de esos adoquines mojados que le recuerdan que el pasado se detuvo en aquella curva que le hizo callar su última mentira. Juan pierde porque nada ha sido como él soñaba. Ni la mujer de su vida, ni las ideas que han poblado su ímpetu, ni el trabajo en la Universidad, ni vivir. Todo ha sido un fraude truncado por una maldita guerra que le dejó sin carácter y sin atractivo. Y no deja de preguntarse si ella no le tiene por un pasatiempo sin trascendencia. Y las ruedas siguen sonando, exhalando lamentos contra el pavés, en un interminable giro de radios y de frenos chirriantes por el frío que se alía con la lluvia y moja el pensamiento. El ciclista ha muerto para recordar a Juan que la verdad hace ya mucho tiempo que murió para él. Y que tiene que vivir con honestidad si quiere seguir con los ojos abiertos.
Rafa es un jugador de ventaja que sabe mucho pero alcanza a muy pocos. Su sonrisa siempre esconde un doble sentido porque parece la de un histrión que está a punto de soltar un chiste cuando en sus palabras no hay más que cinismo y ganas de lastimar. Está harto de ser el segundón en el que nadie piensa, de ser el invitado que cuenta chanzas y toca el piano. Es como un mueble más de esas insoportables fiestas de la burguesía más acomodada que está harto de pasar desapercibido. Quiere sacar todo el jugo a lo que sabe. Y la verdad es que Rafa, aunque sea un crítico de arte que habla con el alfiler en guardia, sabe muy poco.
María José es una de esas mujeres que se esconden tras su belleza para no ser nunca sinceras. Esa belleza le sirvió para entrar en una burguesía que le ofrecía lujo, exceso, despreocupación…pero no amor. Esa belleza le sirvió para seguir explotando el espejismo de un amor que, en realidad, nunca sintió. Esa belleza pétrea parapeta sus sensaciones cuando las dificultades vienen en oleadas y cae en la sospecha de su marido. Toda la apariencia del mundo para esconder la temible verdad. Y la temible verdad no es que haya muerto un hombre, sino que tiene un amante. Eso es todo lo que importa. Lo demás es solo una circunstancia que puede acallar la conciencia a base de algún dinero y de llenar unos cuantos cepillos de iglesia.
Miguel sabe que tiene una esposa espectacular y la luce en cuanto tiene ocasión. Está cegado por una belleza que él cree que es de su propiedad cuando, en realidad, él solo es el hombre que paga. Mal papel para un marido. La apariencia se desmorona en una alta sociedad llena de secretos y chismes molestos. Y eso no se puede consentir. Al fin y al cabo, un asunto de cuernos es peor que un homicidio. Aunque él solo tenga noticia de la infidelidad. Se quedará esperando. Y esa será su peor condena.

Juan Antonio Bardem dirigió con enorme inspiración esta excepcional película del cine español en la que brillaron con luz propia Alberto Closas, Lucía Bosé y, sobre todo, ese Carlos Casaravilla que compone al ambiguo y equívoco Rafa, invitado de lengua afilada que coloca el peligro de la sospecha bajo los pies de unos amantes que estaban fracasados en medio de una sociedad puritana y cínica, de cotilleo rápido y crítica lenta. Y detrás de ellos toda una colección de ilustres y extraordinariamente competentes técnicos del cine español empezando por la fotografía de Alfredo Fraile y terminando por los decorados de Enrique Alarcón. Una pieza de cine español que no debería irse de nuestro pensamiento.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Caray, Bardés, creo que es la primera vez que enlazas tres críticas de películas españolas seguidas. Si pasado mañana- que mañana es fiesta y supongo que no harás nada- te decides hincarle el diente al monstruo que viene a vernos, ya me lo haría mirar.

Pero sí, "Muerte de un ciclista" es una obra maestra se mire por dónde se mire. Su mensaje universal no se circunscribe a la España negra y triste a la que apunta con el dedo directamente. Y de plena vigencia actualidad además. No hay más que fijarse por ejemplo en el caso de la italiana "El capital humano" que calca del film de Bardem la premisa argumental y desarrolla un discurso idéntico. Como he dicho antes en otro lado, qué ganas tengo de que veáis "I Daniel Blake", el mismo Loach de siempre pero más combativo y necesario que nunca.

Abrazos por el arcén

César Bardés dijo...

Nada, ha pillado así y ya está. De todas formas, tengo que confesar que en los últimos meses me he hinchado a ver y rever cine español por aquello de que estoy escribiendo un libro sobre el tema (ya sabéis, aquel de "Joyas en la oscuridad") y también hay un algo inconsciente dentro de mí que quiere reivindicar el cine clásico español que podría haber estado a la altura de cualquier otro de nuestro entorno si no fuera porque somos tan impresentables que despreciamos ese cine solo porque ha sido hecho en época de Franco. Lo evidente es ir, claro, a Bardem, Berlanga y Buñuel pero yo he intentado bucear en otras direcciones también y decir que hemos tenido muy buenos cineastas, muy buenos argumentos, maravillosos directores de fotografía y que, de haber nacido en otro país y haber hecho esta filmografía hispana en otro país, estaríamos hablando de cinematografía española con tanta admiración como hablamos de Italia, Francia, Suecia o Alemania.
En cuanto a "Muerte de un ciclista", a mí me parece una película inteligentísima, con unos recursos narrativos sorprendentes y muy nítidos, muy bien interpretada (ese Carlos Casaravilla como Rafa es de lo mejorcito que he visto) y con una historia que, como bien dices, apunta a la triste sociedad del momento pero también funciona como parábola de la toma de conciencia, de hacer lo correcto, de intentar que esa sociedad sea mejor porque los primeros que tenemos que ser conscientes de ser buenas personas en una época triste somos nosotros mismos. Un poco verdades de perogrullo pero que hoy, en esta sociedad que vivimos hoy, me parecen muy, muy lejanas.
Abrazos desde la Universidad.