jueves, 20 de octubre de 2016

SNOWDEN (2016), de Oliver Stone

Desde el momento en que se automatizaron todas las tareas a través del ordenador personal, la intimidad es solo un agradable recuerdo. Es como si se abriera una ventana al espacio exterior que resulta amenazante en su fácil acceso por parte de cualquier alma con aviesas intenciones. Solo que los millones de usuarios informáticos no acabamos de creernos que somos presa fácil de la vigilancia continua. Todo se puede ver. Basta con tener un dispositivo cerca.
El caso Snowden destapó la verdad que tantos nos temíamos pero que nos resistíamos creer. La seguridad ha reemplazado a la libertad. Y lo peor de todo es que hay muchos habitantes de este planeta que prefieren esa opción. Basta con olvidarse de que alguien observa en todo momento y en todo lugar y hacer vida normal. Esa misma existencia que nos lleva a gritar a nuestras parejas, a hacer el amor en nuestras casas, a mandar correo por vía cibernética a quien nos apetece, a comprar un frigorífico con el tamaño de nuestra pantalla. Esa existencia de la que nos erigimos, cuando nos conviene, en perros guardianes furiosos dispuestos a saltar a la yugular a cualquiera en cuanto intuimos que nuestros derechos, cara a la galería, están siendo vulnerados.
Oliver Stone ha dirigido la película como queriendo empequeñecerla, como sin desear describir reacciones y dilemas. El protagonista está trazado como un patriota que entró a trabajar en los servicios informáticos de espionaje porque realmente quería hacer algo por su país y, sin embargo, no hay ningún problema ético en traicionar todo eso. La dirección de actores parece muy esmerada en algunos casos (Joseph Gordon-Levitt, Rhys Ifans, Nicolas Cage) y vergonzantemente descuidada, con atención especial a Shailene Woodley, una chica que cree a pie juntillas que actuar se basa en sonreír sea cual sea la situación. Tom WIlkinson parece incómodo. Zachary Quinto trata de poner intensidad en todas y cada una de las escenas y eso no da suficiente encarnadura a su personaje. Melissa Leo acaba aplanada por las innecesarias lágrimas que derrama a pesar de que su profesionalidad está fuera de toda duda. Timothy Oliphant parece más un ejecutivo recién esnifado que un espía hecho y derecho. Todo contribuye a que haya como un aire de falsedad, a que parezca que Oliver Stone quiera distanciarse de aquel director que asombró con JFK y gustó tanto en Platoon y el resultado, como es lógico,  es una película irregular, con algún momento aislado de talento y muchos baches que tiran de ella hacia el aburrimiento.

Por supuesto, como viene siendo habitual en las últimas películas del cansado Stone, es una historia anti-sistema y eso hace las delicias del personal que opina que es mejor mandarlo todo a freír espárragos porque el fascismo apenas se nota pero se mueve y de ahí que haya tenido algún elogio. Sinceramente, a una historia de espías, hay que exigirle más. Mayor cohesión entre escenas, explicar bien las cosas, no romper con la visualización porque sí…si no, todo parece un buen montón de viejos trucos de cineasta caduco que trata de colar todo como verdad cuando es muy posible que se hayan dejado muchas cosas por el camino. Bien debería saberlo Stone desde que realizó JFK con maestría de documentalista y sapiencia de montador. Por lo demás, voy a dejar el artículo aquí antes de que la vigilancia pasiva de la CIA me seleccione aleatoriamente y pase a ser un objetivo sin más razón que la sinceridad. 

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

A mí con todo me pareció una película interesante y te puedo decir que no me aburrí. Creo que Stone ha querido hacer un enfoque más sentimental del personaje, y eso le obliga a ser menos incisivo que en otras ocasiones. Esto no es "Nacido el 4 de julio" por mucho que encuentro cierto paralelismo entre el personaje que aquí encarna Gordon Levitt y el que allí interpretaba Cruise, en ese proceso que parecen llevar los dos y que les lleva desde la adhesión inquebrantable al "comandante en jefe" hasta el desengaño más absoluto.

Hace poco me puse a hacer los deberes y estuve echándole un ojo a "Citizenfour" el oscarizado documental sobre el personaje. Y no me llamó nada, he de decir, trabajo periodístico de primera pero de valores cinematográficos cuestionables cuando menos. Sí en cambio me pareció estimulante que Stone partiera del rodaje de ese documental introduciendo personajes como el de Wilkison o Leo. Creo que en efecto Woodley es un lastre porque se me antoja un personaje clave, representa la conexión de Snovden con su vida privada. Y me parece interesante en cierto modo la evolución del personaje, por cuanto al principio parece la típica mujer florero aunque luego adquiere más relevancia e incluso parece en la escena de Hawaii, que es ella quien instiga a Snowden a dar el paso que da. Pero no, no está bien desarrollado.

Lo que dices tú, buenos momentos propiciados sobre todo por un buen uso del montaje - no es "JFK", tampoco. Me quedo también con Gordon Levitt y con la idea de aprovechar el rodaje del documental.


Abrazos haciendo el cubo de Rubick

César Bardés dijo...

Interesante es el tema, otra cosa es cómo lo expone Stone.
Lo primero de todo es algo que apunto en el artículo. Se nos dibuja a Snowden como un patriota comprometido, deseoso de hacer algo por su país y, luego, cuando llega la hora, tampoco es que tenga un dilema ética. Lo hace porque lo cree justo y punto. Tal y como se ha dibujado al personaje, no me lo creo. El tipo debió de tener ese dilema si es que no era un "friki" informático (que me entran dudas en cuanto a eso) y, por tanto, debió de sufrir moralmente más de lo que se nos dice.
Por otro lado, ¿dónde está el Stone que impactaba visualmente? Solo hay una secuencia, y más bien corta, donde pone de manifiesto el gran cineasta que ha sido. Desaprovecha vilmente el reparto que tiene (cosa que no hace con las breves apariciones que van saliendo en "JFK") y no les da oportunidad de lucimiento para nada. Deja a Wilkinson en un tío un poco timorato, al que le cuesta entender el asunto. Quinto está en segundo plano cuando Greenwald, el periodista al que interpreta, es el que destapó todo el asunto. Lo de Melissa Leo sigo sin entenderlo muy bien y ya viene siendo algo habitual que pase por la pantalla como una chica sin nombre. Coño, si hasta Cage saca más partido que ellos y mira que es difícil. Woodley...me caía muy bien con los Divergentes Detergentes pero es que no sale del registro risueño, todo le parece bien, todo es estupendo. El tío le pega unas decepciones de cojones y ella sonríe aunque sus palabras son de queja. Hombre, Oliver, un poquito de orientación, sobre todo si la chica es joven y todavía está encontrando su sitio. La puesta en escena, en general, es pobre. Parece que están en barracas en todo momento, sin demasiada dirección artística, como queriendo centrar la trama en lo que cuentan. Stone es irregular en la narración. Mete algo de caña en algún momento y, de repente, lo para todo y vuelve a arrancar.
Sinceramente, creo que el asunto es suficientemente apasionante como para haber hecho una película ambiciosa, con garra y expresividad, haciendo que los "flashbacks" sean puntos de atención y no esa cosa sosa y sin gracia que sale. La energía a la hora de dirigir una trama de este tipo es fundamental y creo que a Stone le empieza a faltar.
Abrazos con teclas (aún recuerdo cómo un imberbe intentó acercarse a mí hace años para decirme que había un director que había descubierto y que era la leche y que no sabía si yo lo conocía. Se llamaba Stanley Rubik).