viernes, 3 de marzo de 2017

JULIO CÉSAR (1953), de Joseph L. Mankiewicz

Amigos, cinéfilos, compatriotas, prestadme vuestros oídos. Vine para alabar una película y no para enterrarla. Y aquí está, versionada por Joe Mankiewicz mientras nosotros discutimos sobre si su valor reside en Marlon Brando, o en James Mason, o en Louis Calhern, o en Edmond O´Brien, o en John Gielgud, o en Deborah Kerr, o en Greer Garson…no os detengáis en los nombres sino en las formas puesto que rara vez se ha puesto en marcha el mecanismo de la manipulación con tanta sabiduría como en esta obra que habla sobre el poder y sus presentaciones. Alguien atractivo, con magnetismo y con elocuencia, puede embaucar al pueblo en una rebelión tan solo añadiendo que Brutus es un hombre honrado y, de hecho, lo es. Ha matado a un líder porque tiene miedo de que se convierta en un dictador y así ha hecho algo que el pueblo no le ha pedido pero que, sin duda, demandaba. Él era un hombre. Tentado por la deidad, César se preocupó de su pueblo pero eso podría esconder segundas y terceras intenciones solo porque Brutus lo dice…y Brutus es un hombre honrado. Todos ellos, todos los que han clavado sus dagas en el cuerpo de César, son hombres honrados y yo no voy a decir lo contrario. Antonio también lo es. Él solo busca mostrar la verdad al pueblo sobre el César muerto. El César despreocupado que lega a cada ciudadano setenta y cinco dracmas, sus parques y jardines y la belleza de una ciudad inmortal. Pero era conveniente su muerte porque lo dice Brutus…y Brutus es un hombre honrado. Y así, repitiendo una vez y otra la letanía sobre la honradez de Brutus, se nota cómo crece la ira en el alma desatada de los romanos mientras Antonio habla de una manera que no deja de encandilar a todos cuantos se acercan a escucharle. La guerra se avecina con su frialdad de cuero repujado y su armadura hendida por el filo de las espadas y solo queda la muerte de cadáver vigilado. Las velas arden por un espíritu de cierta pureza que estaba equivocado mientras la lucha de poder se desencadena con inquina en pos de la cabeza del imperio. La amistad se vuelve peligrosa y, cuando se acaban las justificaciones, la desesperación aparece como por ensalmo, intentando hechizar cada momento del futuro hasta acabar con él. Julio César muere para dar paso a nuevos tiempos que, quizá, sean incluso peores.

Historia que no debemos olvidar porque todo se repite cíclica e insistentemente en las luchas por el poder que se olvidan del ciudadano para convertirlo en un instrumento manipulable y prescindible. Nadie debe olvidar la propiedad de su conciencia y la objetividad de su mirada, cosa que no abunda en estos días que nos ha tocado vivir y ahí es donde el hombre debe demostrar la grandeza de su pensamiento y la elección de su altura. La noche cae sobre la verdad y hay que buscarla incluso hundiendo las manos en el fango ciego que se enreda en la piel como una trampa sin final. Shakespeare lo sabía bien y puso en pie este drama que Mankiewicz dirigió con tanta sabiduría que el texto parece que toma cuerpo delante de nuestra comprensión y nos describe una realidad que no conseguimos encajar hasta ese momento. Es el engaño que el poder siempre intenta trasladar al objeto de dominio. Usted.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Me encanta esta película, por lo que se dice y por cómo se dice. Y eso que me suena que al pobre Mank le impusieron desde la productora condiciones algo draconianas. Como meter más escenas de acción y en el campo de batalla, algo de lo que sin duda se resiente el film. El otro día precisamente pensaba mucho en esto del teatro filmado después de salir de ver "Fences" (hacía tiempo que no veía una sala abarrotada y me sentí feliz porque por mucho que los Osxcars y Denzel tiren mucho no es la típica película que revienta taquillas). Pensaba en la libertad que había tenido Denzel para hacer la película que él había querido hacer yéndose a las dos horas y cuarto largas sin cansar mucho. Tal vez los grandes autores del teatro filmado como Mank o Lumet se encontraron con estos problemas, y aún así nos regalaron muchos momentos de buen cine y alguna que otra obra maestra.

Es Mankiewicz ¡ Es Shakespeare ¡ Es Brando ¡ Es Manson¡ ¿Se puede pedir algo más?

Abrazos con toga

César Bardés dijo...

Es que, sin duda, la película empieza en el cien por cien y toda la segunda parte baja al ochenta, lo cual hace que sea un pelín desequilibrada pero me parece rematadamente buena. Ves a esos actores moviéndose entre medias de la conspiración, a ese John Gielgud que le mete pájaros en la cabeza a Mason, a ese ladino O´Brien, típico aprovechado que lanza la piedra y esconde la mano, a ese majestuoso Calhern que no teme las profecías y, sobre todo y ante todo, a ese impresionante Brando que te deja con la boca abierta, sobre todo si le escuchas en versión original (aún reconociendo que el trabajo en la versión doblada es muy bueno). Mank sabía muy bien lo que hacía porque lo hacía muy bien.
Abrazos siendo un hombre honrado.