Estas cosas sólo pasan
en algunos matrimonios. Un tira y afloja que termina yéndose cada uno de
vacaciones por su cuenta. Bueno, así se da tiempo a reflexionar un poco, a
respirar, a cogerse con más ganas, pero mira tú por dónde que ella se fija en
un tipo por esos mundos de Dios que es más atractivo que su marido. Bien es
verdad que él se ha fijado últimamente poco en ella. Es alto representante en
la Sociedad Naciones, precursora de lo que luego fue la ONU, y es una época de
altísimas tensiones geopolíticas. Él quiere salvar el mundo, su matrimonio ya,
si eso, tendrá que esperar. Ello no quita que él esté perdidamente enamorado de
su esposa. Es una belleza de tipo recalcitrante, es inteligente, es decidida,
tiene una enorme personalidad. La quiere muchísimo, pero las obligaciones son
las que son, así que mientras él está en Ginebra alternando papeles y ocio,
ella se coge un tren y se marcha a París, a ver a una antigua amiga cuyo
pasatiempo más socorrido es presentar a gente. En una de las fiestas de esa amiga
de procedencia noble, la esposa conoce a un tal Tony Halton y el tipo es tan
encantador, tan atento, que ella cae en sus brazos cual burbujas en una copa de
champagne. Sin nombres, por favor, así la separación será menos dolorosa. Él la
llama, simplemente, Ángel. Ella tiene que resolver su situación porque está
considerando seriamente irse con Tony a vivir una aventura de amor, de esas
irrepetibles y locas. Por aquellas cosas de la vida y del destino, que a menudo
es un bromista cruel, Tony y el marido se conocen en circunstancias de
desgracia y, no sólo eso, terminan siendo grandes amigos.
Pues ya está, ya
tenemos enredo Lubitsch. Y nadie dirige este tipo de comedias de equívocos y
pasiones inconfesables. Para ello, tiene a tres intérpretes de su gusto y
parte, Marlene Dietrich, Herbert Marshall y Melvyn Douglas. Con eso, a Lubitsch
le sobra campo para sugerir con puertas cerradas lo que a otros les encanta
mostrar con braguetas abiertas. Tú que sí, yo que no, él que tal vez. Y nos
intercambiamos los papeles. Y el Ángel se convierte en obsesión porque, con esa
luz que irradia, acaba por secuestrar los sentidos de cualquier caballero que
tenga dos dedos de frente en un mundo al que le faltan entendederas por todos
los lados.
El resultado es que
Lubitsch aquí no deja de hacer comedia, pero rebaja en varios grados la
hilaridad. En todo momento, el gran maestro se dedica a dibujar sonrisas y no
tanto carcajadas, que fue uno de esos sellos tan particulares que imprimió a su
cine basado en que toda persona hace el ridículo, al menos, dos veces al día. Aquí,
hay un leve aroma a melodrama planeando sobre estos tres personajes zarandeados
por los acontecimientos mundiales y ella, la Dietrich, es algo más que una
actriz, es una presencia luminosa, convenientemente fotografiada desde los
lados más favorecedores posibles, para que sea creíble que esos dos hombres,
caballeros ambos, pierdan la cabeza por ella. El problema está en que aquí las
soluciones nunca son a medias y lo que es un triángulo acaba por ser un polígono
de derivadas de coseno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario