martes, 30 de junio de 2026

ANGEL (1937), de Ernst Lubitsch

Estas cosas sólo pasan en algunos matrimonios. Un tira y afloja que termina yéndose cada uno de vacaciones por su cuenta. Bueno, así se da tiempo a reflexionar un poco, a respirar, a cogerse con más ganas, pero mira tú por dónde que ella se fija en un tipo por esos mundos de Dios que es más atractivo que su marido. Bien es verdad que él se ha fijado últimamente poco en ella. Es alto representante en la Sociedad Naciones, precursora de lo que luego fue la ONU, y es una época de altísimas tensiones geopolíticas. Él quiere salvar el mundo, su matrimonio ya, si eso, tendrá que esperar. Ello no quita que él esté perdidamente enamorado de su esposa. Es una belleza de tipo recalcitrante, es inteligente, es decidida, tiene una enorme personalidad. La quiere muchísimo, pero las obligaciones son las que son, así que mientras él está en Ginebra alternando papeles y ocio, ella se coge un tren y se marcha a París, a ver a una antigua amiga cuyo pasatiempo más socorrido es presentar a gente. En una de las fiestas de esa amiga de procedencia noble, la esposa conoce a un tal Tony Halton y el tipo es tan encantador, tan atento, que ella cae en sus brazos cual burbujas en una copa de champagne. Sin nombres, por favor, así la separación será menos dolorosa. Él la llama, simplemente, Ángel. Ella tiene que resolver su situación porque está considerando seriamente irse con Tony a vivir una aventura de amor, de esas irrepetibles y locas. Por aquellas cosas de la vida y del destino, que a menudo es un bromista cruel, Tony y el marido se conocen en circunstancias de desgracia y, no sólo eso, terminan siendo grandes amigos.

Pues ya está, ya tenemos enredo Lubitsch. Y nadie dirige este tipo de comedias de equívocos y pasiones inconfesables. Para ello, tiene a tres intérpretes de su gusto y parte, Marlene Dietrich, Herbert Marshall y Melvyn Douglas. Con eso, a Lubitsch le sobra campo para sugerir con puertas cerradas lo que a otros les encanta mostrar con braguetas abiertas. Tú que sí, yo que no, él que tal vez. Y nos intercambiamos los papeles. Y el Ángel se convierte en obsesión porque, con esa luz que irradia, acaba por secuestrar los sentidos de cualquier caballero que tenga dos dedos de frente en un mundo al que le faltan entendederas por todos los lados.

El resultado es que Lubitsch aquí no deja de hacer comedia, pero rebaja en varios grados la hilaridad. En todo momento, el gran maestro se dedica a dibujar sonrisas y no tanto carcajadas, que fue uno de esos sellos tan particulares que imprimió a su cine basado en que toda persona hace el ridículo, al menos, dos veces al día. Aquí, hay un leve aroma a melodrama planeando sobre estos tres personajes zarandeados por los acontecimientos mundiales y ella, la Dietrich, es algo más que una actriz, es una presencia luminosa, convenientemente fotografiada desde los lados más favorecedores posibles, para que sea creíble que esos dos hombres, caballeros ambos, pierdan la cabeza por ella. El problema está en que aquí las soluciones nunca son a medias y lo que es un triángulo acaba por ser un polígono de derivadas de coseno.

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