martes, 14 de septiembre de 2010

LOS CUATROCIENTOS GOLPES (1959), de François Truffaut


A modo de presentación para la película que se va a comentar esta noche en el programa de Radiópolis Sevilla "Conversacines" y en el que voy a tener el placer de participar, rindamos un pequeño homenaje a este título de este gran cineasta y que además, fue gran amigo de Claude Chabrol, que nos acaba de dejar. Si lo deseáis, podréis seguir el desarrollo del programa a través del blog www.conversacines.blogspot.com, donde se habla de cine y siempre rodeado de amigos.

Cuando se es niño, es muy fácil desorientarse por los laberintos del discurrir. No se comprende que un maestro intente enseñar a golpes. No es inteligible que tu madre se esté besando con otra persona que no es tu padre. No se llegan a procesar las consecuencias de ninguno de tus actos, entre otras cosas, porque llegas a creer que tus actos no tienen consecuencias. Y ahí es donde Antoine Doinel yerra en demasía, porque el mundo que le rodea y la vida que le espera hacen que el comer una simple miga de pan termine en una violencia enfundada con el guante de hierro de la rabia.
Antoine experimenta un desinterés irritante hacia todo porque, sencillamente, nadie tiene interés en él. Incluso en determinado momento, realiza una composición literaria brillante inspirándose en Balzac y en el colegio sólo recibe la ignominiosa acusación de plagio, un castigo denodado, una infamia más que, ya para él, es la rutina impuesta por los cientos de golpes que le han caído tan inmerecidamente como el de la permanente marca de los dedos en su piel.
Antoine no piensa mucho más allá que en mañana. Para él, el futuro es casi un sinónimo repetido hasta la saciedad del presente. Su lógica es la del animal que ha sido abandonado en un paraje desértico hecho de luces, aceras y coches. Sólo el cine llega a ser un refugio temporal, una pequeña victoria sin premio, una evasión por el túnel que le aleja del campo de concentración de la realidad.
Y es que, para él, perder es vencer, es hacer que la vida se fije en un niño sin rumbo cuando nada permanece, es conseguir que la sombra de sí mismo sea notada en el ambiente del fracaso anunciado. Es vencer a un destino que se burla con una sonrisa cruel y que le espera al final de un camino que guarda su ilusión y acaba en una mirada interrogante que, con una mezcla de desafío e inocencia, se atreve a plantear:
-. ¿Con qué derecho os atrevéis a juzgarme?
Y como toda respuesta, nosotros, los que asistimos al viaje a ninguna parte que emprende Antoine, sólo somos capaces de contestar con otra pregunta amarga y sin concepto:
-. ¿Y ahora qué, Antoine? ¿Y ahora qué?
Le enseñaron inglés, álgebra, redacción y poesía pero nadie se preocupó de mostrar a Antoine cómo se vive. Ése es el último de los cuatrocientos golpes que recibió François Truffaut, el verdadero nombre de un niño que perdió su identidad en medio de tantas bofetadas, de tanto desprecio, de tanta equivocación cometida por unos cuantos adultos que creían que la razón les habilitaba para el castigo. Un niño que decidió comenzar a crear porque estaba terminando su propia destrucción.
Todo el mundo debería ver esta película para sentir el cansino olor a madera del pupitre desvencijado, el color de una ciudad que sólo puede ser vista en blanco y negro, la estrechez de las paredes de un hogar semejante a una cárcel hecha con los barrotes de la indiferencia, la caída por un agujero de un niño que sólo pretendía algo de atención, la tonta diversión que sustituye a la inútil enseñanza, la decepción mascada a cada frío amanecer, la ilusión pisoteada a los pocos minutos de nacer, la ridícula pedagogía de quien no sabe comprender y las saladas lágrimas que resbalan por las mejillas de un chico que se despide del gris mate de su jungla propia, de sus luces de neón. Todo eso visto a través de la mirada de un adulto que nunca pudo olvidar que, un día, también fue niño y que luchó dentro de una sala de cine para alcanzar un mar que sólo fue arena y agua.

2 comentarios:

Chus dijo...

Con su permiso... enlazado al blog conversacineril.

Un abrazo.

César Bardés dijo...

Permiso concedido y el propio artículo se siente privilegiado.
Gracias y otro abrazo conversacineril.