miércoles, 14 de junio de 2023

SANGRE EN PRIMERA PÁGINA (1959), de Clifford Odets

 

Cuando se comete un asesinato que, a primera vista, puede parece pasional, hay más instigadores que los tres actores principales. Por un lado está esa mujer que parece cansada de un destino que no le ha sido favorable, que destaca por su tristeza y que debe tragar con una cascada de malos tratos psicológicos por culpa de un marido que no ha encontrado un remanso de paz cuando ha salido de su agotador trabajo. Por el otro, un hombre desencantado, muerto por dentro, que no sabe cómo seguir manteniendo el tren de gastos familiar porque el sueldo de detective del departamento de policía es más bien exiguo. Eso le lleva a la botella, y de ahí a la baja autoestima, y de ahí a la violencia. Por último, está ese joven que quiere una última oportunidad. Se casó en un matrimonio de conveniencia, fue a la guerra y permaneció a la sombra de su madre, cumpliendo sus deseos para mitigar sus frustraciones. Y está la madre…la madre…

En demasiadas ocasiones creemos que los hijos están para ayudarnos a superar nuestros propios fracasos. Creemos que son extensiones de nuestra carne y de nuestra mente cuando, en realidad, son personas totalmente diferentes, con sus pasiones, sus contradicciones, sus verdades, sus silencios, sus propios anhelos y también sus propias frustraciones. Y esa madre ha dirigido la vida de su hijo desde el principio. Le indicó con quién debía casarse, a qué se debía dedicar, cómo debía comportarse y, por supuesto, censuraba tajantemente la relación de su hijo con una mujer casada llegando al límite del chantaje.

El accidente o asesinato ocurre. Y nadie cree que pudo ocurrir porque se juntaron una serie de desgraciadas circunstancias. El marido muerto. Y los amantes son acusados. Y un abogado, un viejo amigo de la familia de la mujer, se jugará la piel para desmontar la impoluta posición de la madre o la agresiva actitud de un fiscal que manipula las respuestas a conveniencia exigiendo monosílabos o abundantes explicaciones. El juez, impartiendo justicia, tratará de poner orden. Y la opinión pública condenará sin perdón a los adúlteros porque no hay derecho que un hombre bueno, un policía que dedica su vida a servir a la comunidad, termine con un agujero en el pecho.

Excelente película, totalmente masacrada en el momento del estreno, que contiene una estupenda interpretación de Tony Franciosa en el papel de ese abogado que se juega todo lo que ha conseguido con tal de exculpar a la mujer y, por ende, al amante. Rita Hayworth está espléndida en su madurez aunque ligeramente inexpresiva, instalándose en la tristeza permanente. Gig Young es el amante, seguro por fuera, hecho añicos por dentro, estrellándose contra el muro de la moral. Hugh Griffith utiliza sus miradas inteligentes para dar entidad a un juez justo y determinante. Y, por supuesto, Mildred Dunnock encarna a esa madre posesiva, de apariencia frágil, pero carácter extremadamente dominante, implacable, corrupta en su propia moralidad excusada. Clifford Odets, extraordinario dramaturgo, se pone tras el guión y las cámaras y realiza un trabajo competente, sobrio, sin abundar en el sensacionalismo, con buen dominio del espacio judicial. Y es que, en el fondo, el veredicto tendrá que condenar todos los prejuicios que se han ido realizando con la información de la prensa y la sentencia de la moral. No es fácil administrar justicia. No es fácil llegar a la verdad. 

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