Webster McGee es uno de
esos aburridos programadores de computadoras que tanto proliferaron en los años
setenta. Su vida es tediosa y se ha dado cuenta de que, a su alrededor, no hay
más que una corrupción bastante ociosa. Así que ha decidido dar un giro a su
existencia. Se va a convertir en ladrón. Así robará con conocimiento de causa y
para él mismo. Es como uno de esos trabajadores que está harto de hacer que los
demás se encaramen en lo más alto y, sin un puñetazo en la mesa, con discreción
y elegancia, pone su propio negocio. El objeto de su nueva actividad va a ser
las joyas. Sobre todo, las valiosas. Nada de oro de dieciocho quilates. Nada de
diamantes tallados a medias. Va a por todo. Va a por más. Primero, debe
aprender unas cuantas cosas sobre cómo moverse en el mundillo y, cuando se
sienta preparado, hay que elaborar una lista de posibles víctimas. Todas ellas
acaudaladas y que, más allá de la ruptura en los sentimientos que eso supone,
no van a sentir en absoluto que les libre del peso de los quilates acumulados.
Están aseguradas. En el fondo, Webster McGee es un ladrón, sí, pero tampoco es
cruel en su nuevo trabajo.
Por el tortuoso camino
de la delincuencia elegida, Webster se va a topar con una chica que no es fácil
de olvidar. Está en la papilla social, se sabe mover como pez en el agua entre
fiestas, copas de champagne y arrogancias de lo más variado. Se llama Laura
Keaton y esa aparente indiferencia de Webster la vuelve loca. Además, el nuevo
amigo de lo ajeno va a plantearlo todo como si fuera una partida de ajedrez en
la que va a desafiar al experto que trabaja como analista del juego en el
Houston Post. Arriesgado ¿no? Sobre todo, cuando un investigador de una
compañía de seguros, nada despistado, empieza a meter sus narices en los
sucesivos robos. Cuidado, Web, ese tipo es un perro de presa de cuidado.
Realizada con suavidad
y elegancia, sin un momento de más ni de menos, El ladrón que vino a cenar es una comedia sin carcajadas, sólo la
sonrisa asoma tímidamente en algún momento y casi se podría decir que se
inclina más por la satisfacción que por lo hilarante. Bud Yorkin dirige con
estilo y sabe que en sus manos tiene a dos de los actores más atractivos del
momento como Ryan O´Neal y Jacqueline Bisset y, por si fuera poco, por debajo
de ellos hay una serie de secundarios de seguridad y tronío como un impagable
Warren Oates como ese investigador de seguros incesante e implacable, la
estupenda y dueña de un par de escenas Jill Clayburgh o el sempiterno toque
cómico de Austin Pendleton. El resultado es una película que se deja ver, sin
excesiva acción, sin estridencias, con una estupenda fotografía nocturna y un
ladrón de esos que recuerda a los guantes blancos de huella difuminada.
Así que no lo olviden. Asegúrense de depositar sus joyas en algún lugar seguro. Siempre puede haber algún aburrido chupatintas de ordenador que decida darle un giro de ciento ochenta grados a su vida y meter mano en el cajón de las alhajas. Eso sí, pueden estar seguros de que no será tan detallista y amable como éste. Déjenle algo para cenar, si quieren.

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