martes, 16 de diciembre de 2025

EL LADRÓN QUE VINO A CENAR (1973), de Bud Yorkin

 

Webster McGee es uno de esos aburridos programadores de computadoras que tanto proliferaron en los años setenta. Su vida es tediosa y se ha dado cuenta de que, a su alrededor, no hay más que una corrupción bastante ociosa. Así que ha decidido dar un giro a su existencia. Se va a convertir en ladrón. Así robará con conocimiento de causa y para él mismo. Es como uno de esos trabajadores que está harto de hacer que los demás se encaramen en lo más alto y, sin un puñetazo en la mesa, con discreción y elegancia, pone su propio negocio. El objeto de su nueva actividad va a ser las joyas. Sobre todo, las valiosas. Nada de oro de dieciocho quilates. Nada de diamantes tallados a medias. Va a por todo. Va a por más. Primero, debe aprender unas cuantas cosas sobre cómo moverse en el mundillo y, cuando se sienta preparado, hay que elaborar una lista de posibles víctimas. Todas ellas acaudaladas y que, más allá de la ruptura en los sentimientos que eso supone, no van a sentir en absoluto que les libre del peso de los quilates acumulados. Están aseguradas. En el fondo, Webster McGee es un ladrón, sí, pero tampoco es cruel en su nuevo trabajo.

Por el tortuoso camino de la delincuencia elegida, Webster se va a topar con una chica que no es fácil de olvidar. Está en la papilla social, se sabe mover como pez en el agua entre fiestas, copas de champagne y arrogancias de lo más variado. Se llama Laura Keaton y esa aparente indiferencia de Webster la vuelve loca. Además, el nuevo amigo de lo ajeno va a plantearlo todo como si fuera una partida de ajedrez en la que va a desafiar al experto que trabaja como analista del juego en el Houston Post. Arriesgado ¿no? Sobre todo, cuando un investigador de una compañía de seguros, nada despistado, empieza a meter sus narices en los sucesivos robos. Cuidado, Web, ese tipo es un perro de presa de cuidado.

Realizada con suavidad y elegancia, sin un momento de más ni de menos, El ladrón que vino a cenar es una comedia sin carcajadas, sólo la sonrisa asoma tímidamente en algún momento y casi se podría decir que se inclina más por la satisfacción que por lo hilarante. Bud Yorkin dirige con estilo y sabe que en sus manos tiene a dos de los actores más atractivos del momento como Ryan O´Neal y Jacqueline Bisset y, por si fuera poco, por debajo de ellos hay una serie de secundarios de seguridad y tronío como un impagable Warren Oates como ese investigador de seguros incesante e implacable, la estupenda y dueña de un par de escenas Jill Clayburgh o el sempiterno toque cómico de Austin Pendleton. El resultado es una película que se deja ver, sin excesiva acción, sin estridencias, con una estupenda fotografía nocturna y un ladrón de esos que recuerda a los guantes blancos de huella difuminada.

Así que no lo olviden. Asegúrense de depositar sus joyas en algún lugar seguro. Siempre puede haber algún aburrido chupatintas de ordenador que decida darle un giro de ciento ochenta grados a su vida y meter mano en el cajón de las alhajas. Eso sí, pueden estar seguros de que no será tan detallista y amable como éste. Déjenle algo para cenar, si quieren.

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