viernes, 7 de octubre de 2011

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! (1941), de John Ford

John Ford ganó su primer Oscar al mejor director con ¡Qué verde era mi valle!. La historia de una familia de hombres buenos y duros bajo la mirada del hermano pequeño. "Si mi padre era el cabeza de familia...no cabe duda de que mi madre era su corazón...". Así de extraordinariamente bien retratadas están las mujeres en el cine de John Ford. Mujeres fuertes, de un coraje ilimitado, que sufren en silencio pero defienden lo suyo más allá de lo imposible. En esa familia hay dos mujeres: la madre y la única hermana, Angharad (Maureen O´Hara), que dan un empuje de valentía a todos ellos y que, aunque también toman sus decisiones, no dudan en ser los puntos de apoyo en donde descansan los rudos varones que son más impulsivos y más fuertes físicamente pero también más débiles en el túnel tiznado de carbón que tienen apuntalado en su interior.
Luego vendrá una cuñada para el niño..."Sé que estarán pensando que yo era un niño pero sólo yo sé lo que sentía por ella". Tan recia como las otras, aguanta en las desgracias aunque sienta que el corazón se le rompe. El niño, inteligente como pocos, que da en la escuela con un profesor tan estúpido como arrogante al que se da una lección a base de golpes, crece con las virtudes de fortaleza de los hombres y el corazón agrandado por las mujeres. La maravillosa escena en la que los hijos, no estando de acuerdo con el padre, deciden, mientras comen, abandonar la casa y el hijo pequeño se queda sentado ante su plato y choca la cuchara contra el plato, tímidamente. El padre, con la vista baja, roto de dolor y enquistado en la roca de su carne, sólo murmura: "Sí, hijo mío...ya sé que tú estás aquí..." . Y todo ello, juntado en una sola película, hace que cualquier estúpido espectador de sueño y hueso, tiene que peinar su emoción para que su carne de gallina olvide su permanente y tenga la sensación de que se halla ante una de las obras maestras imperecederas de toda la historia del cine.
Mientras, Angharad, isla de belleza en medio de la oscuridad carbonífera, tiene que renunciar al amor de su vida por ser el capricho de un señorito que acabará siendo el futuro propietario de la mina pero ella, hecha de un material que no se puede romper, sabe que tiene que ser del hombre que ama o mejor no ser de nadie...y prefiere huir antes que vivir entre las rejas de la riqueza y del acomodo cuando su familia se deja la piel y la vida en las galerías atestadas de grisú y derrumbamientos.
Y así, con un inmenso cariño por la historia que se cuenta, con el trazado de unos personajes que ni el hielo, ni la tempestad, ni la pérdida, ni la derrota, ni la huelga, ni el dolor, ni la muerte pueden doblegar es como John Ford, tuerto genial, hizo una obra de arte y retrató un pedazo de vida que, al final, recoge sus cosas para no volver nunca y se lleva consigo el recuerdo indeleble de una desgracia que, en sí misma, también fue felicidad.

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