martes, 13 de enero de 2015

FRESAS SALVAJES (1957), de Ingmar Bergman

Durante las vacaciones se hicieron dos debates en "La gran evasión". El primero, impresionante, duro, sin concesiones a propósito de "Incidente en Ox-Bow" que podéis seguir aquí. El segundo fue divertido, desenfadado, un poco descarado, un poco celosón sobre "Bésame, tonto" que también podéis seguir aquí. Mientras tanto os dejo con este viaje, con la sabiduría de las arrugas, con el suave sabor de una juventud aprovechada pero ida. Bergman único.

  Volver. Volver a ir. Volver a volver. El viaje es de vuelta pero la vida siempre es de ida. Demasiados recuerdos acunándose en la mente anciana porque el tiempo ha sido el maldito enemigo, la Némesis del disfrute. Ahora, un homenaje más mientras se repasan aquellos días de amor juvenil, de ilusión adulta, de bondad truncada por las arrugas. La vejez no es más que un estado de ánimo que, casi siempre, aboca al mal humor. No porque ya no se puedan hacer cosas, no porque se hayan cumplido todas las metas, no porque se mire atrás y se recuerde con nostalgia aquel primer amor, aquel primer beso, aquellas primeras sensaciones de felicidad efímera. Solo porque se ha sido joven. Y hacerse viejo es un insulto.
La carretera parece reírse con su lengua de asfalto porque no cabe la menor duda de que el camino tendrá un fin. Esa es la burla del destino. No habrá nada ni mejor, ni peor, solo un final que acabará con los esfuerzos, con las esperanzas, con la felicidad de mirar la belleza y apreciarla. La vida siempre se recompone cuando algo hace temblar el futuro aunque hay que saber hacerlo. Cuando se está a las puertas de la muerte, no hay futuro así que nada puede temblar, ni siquiera el pulso vacilante que aparece, siempre traidor, avisando de la imprecisión y de los años consumidos, como fresas salvajes en el campo que se exprimieron hasta la sonrisa, hasta la seguridad de que esos momentos nunca tendrían final.
El coche, brillante, es una carroza excelente para emprender un último viaje que tampoco merece tanto la pena. Eso hará que uno se vuelva a encontrar con los hijos, espejos deformantes de todos los fracasos y de todos los éxitos. Tal vez ahí no radique la verdad de una vida aunque puede que para algunos sea así. Tal vez la verdad se halla mirando al mundo de frente y comprobando cuáles son las huellas que se han dejado detrás y si aún quedan fuerzas para realizar alguna más. Y hay que tener esa fuerza aunque los ojos estén cansados y la piel no sea más que un pergamino ajado por el agua y por el viento a punto de quebrarse por una caricia. Al menos, ahí, en las manos, están escritos muchos momentos que son eternos aunque, poco a poco, la escritura se vaya descomponiendo en recuerdos y de ahí a la nada solo hay un paso.

En el blanco y negro de la soledad se pueden dibujar aún muchas cosas siempre que el espíritu esté a gusto dentro del cuerpo. Y eso es lo que hay que tratar de mantener. Dios no tiene nada que ver con esto. Solo nosotros, nuestra conciencia, nuestro camino, nuestra verdad, nuestra satisfacción y nuestra frustración, nuestros deseos cumplidos, nuestras derrotas siempre presentes. Todo eso lo hemos hecho nosotros. Y ahora hay que hacer un último esfuerzo para recibir un último honor. Tal vez la muerte sea eso. Un largo camino hasta un sitio lleno de pompa donde Dios nos impone una simple condecoración, nos da un aplauso y nos pide que regresemos por donde hemos venido. Ingmar Bergman lo supo muy, muy bien. 

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Creo que no solo es una de las películas más impresionantes de Bergman sino también una de las más asequibles. La secuencia del sueño impacta y engancha a cualquiera. Hace muy poquito revisé esa especie de adaptación bufa que hizo Woody de "Fresas" en "Desmontando a Harry". Ese final con todos esos personajes en torno al maestro y al creador hizo que se me escapara una lagrimita.

Abrazos "honoris causa"

César Bardés dijo...

Sin decirte ninguna tontería o sin ser irritantemente categórico, es la película que más me gusta de él. Quizá aquí veo al Bergman más humano, más observador, un director que mira más hacia la tierra que hacia el cielo, que me está diciendo el valor de lo que vivimos y la satisfacción, también, de haberlo vivido. Creo que es una de las películas más entrañablemente humanas que se han hecho nunca. Y también, tengo que decirlo, es la película en la que he visto a Ingrid Thulin más guapa, un bellezón impresionante. Luego, no sé por qué, se me estropea en otras películas pero aquí Bergman sabe fotografiarla de tal modo que deseas ser tú el que estás en ese automóvil que avanza sin remisión y no el anciano Sjöstrom que, por cierto, está eminente.
Abrazos "cum laude"