jueves, 6 de febrero de 2020

JUDY (2019), de Rupert Goold


En apenas dos días se nos han marchado José Luis Cuerda y Kirk Douglas. La semana que viene dedicaremos sendos monográficos a estas dos entrañables figuras del cine a las que, seguro, echaremos mucho de menos. Este artículo va por ellos.

Judy Garland emprendió el camino de baldosas amarillas desde el mismo momento en el que decidió ser una estrella del cine y de la canción. El único defecto es que ese camino no llevaba al reino mágico de Oz sino que estaba empedrado de manipulaciones abyectas, decepciones sin asidero y soledades recalcitrantes. Quizá sí se encontró con algún que otro amigo y, desde luego, levantó respeto y admiración, pero el precio que tuvo que pagar fue demasiado alto porque nadie quiso ayudarla cuando más lo necesitaba. Y sólo pedía alguien en quien apoyarse.
Sus inseguridades se agrandaron hasta hacerse insoportables. Su mente enferma creyó que lo único que querían era succionar su voz y quedarse con el arte que ella podía ofrecer. Por su interior pasaron demasiadas dudas sobre su valía, su capacidad para ser madre, su certeza de que podía vivir con alguien y amar, simplemente amar. Tuvo que recorrer el camino por ella misma, a bordo de sus debilidades, siendo incapaz de odiar y obteniendo demasiados desprecios. Llegó al final de ese camino que tantas promesas ofrecía y sólo obtuvo incumplimientos, negativas, incomprensiones y caídas, muchas caídas. Al final del arco iris no había ningún baúl lleno de oro, sólo el fondo de un vaso vacío y de un frasco abierto.
Su mirada se halló perdida buscando unas respuestas que nunca consiguió. Procuró refugio en otro país para saborear las últimas caricias del éxito y no supo convivir con él. Sólo era otra canción, otro desgarro, otra derrota que aplastaba su talento y otra renuncia que significó el lamento más solitario de todos. Judy Garland fue un juguete roto desde el mismo momento en que decidió ser el mejor de todos ellos, sin poder valorar las consecuencias, sin poder disfrutar de sus ventajas.
Renée Zellweger es el centro de toda la historia. Ella domina la escena de principio y fin y realiza una asombrosa transformación física que, en determinados planos, hace que pensemos que Judy vuelve de entre los muertos para ofrecer un último concierto. Quizá su voz esté lejos del original, pero realiza un esfuerzo muy preciso para que sus vibratos se asemejen a los de esa cantante única y especial. Concentra la interpretación en sus ojos, y ellos lo expresan todo. Por ellos viajamos y sufrimos. Y también la acompañamos. Y también exagera un poco aquí y allá. Sin embargo, la película, basada en la obra de teatro Al final del arco iris, de Peter Quilter y que en España estrenaron Natalia Dicenta, Miguel Rellán y Javier Mora, resulta, en algunos instantes, floja, sin pasión, con demasiadas insistencias, dando vueltas a lo mismo hasta la saciedad, atrancando la trama que necesita de muy poco para captar la atención del público, siempre a favor de Judy. Incluso hay canciones desaprovechadas que no hacen justicia al apoteósico éxito que tuvieron en su día, como es el caso de uno de sus grandes temas, Get happy. Sin demasiadas ideas, sólo la interpretación de Renée Zellweger parece reservada a la fama porque, al fin y al cabo, su carne es la de Judy, su inquietud es la de ella y su desesperación es la de todos.
Las horas sin dormir no fueron canciones dignas de ser cantadas. Los jugadores de ventaja que intentaron aprovecharse de ella no fueron melodías inmortales. Las películas que nunca hizo no se convirtieron en románticas historias de amor que alimentaran al mito. Judy, sencillamente, era una mujer. No muy fuerte, pero irrepetible. Y su voz sigue resonando allí donde las leyendas encuentran su música.

3 comentarios:

dexterzgz dijo...

En mi opinión una película bastante sosa y que no está en absoluto a la altura de la Garland. No sé si el musical en el que se basa tenía más gracia, pero desde luego la pauta que le da el tal Goold es plana y previsible hasta decir basta. Una muestra de esa sosería es la última escena que debería haber sido de sacar pañuelos y ponerte la carne de pollo, y en cambio...

Por favor, que dejen de hacer biopics de estos o si los hacen que lo hagan con más salero y arriesguen más. Sin ir más lejos, el de Elton John de este año tenía su aquel, y a lo mejor si Malek no hubiese ganado el Oscar el año pasado, Taron Egerton estaría luchando este domingo por la estatuilla.

Que lo de la Renée tampoco es para tirar cohetes, y a mí desde luego me carga un poco que esta chica vaya a tener en su casa 2 muñequitos y Close, Benning o Sigourney sigan esperando su oportunidad. El único merito es que canta ella y se acerca bastante al registro de la Garland en esos años, pero luego los mismos mohines y morritos de siempre.

Pero está claro que no hay nada como interpretar a un personaje superfamoso para que te den un Oscar: Jorge VI, Lincoln, Hawkins, Churchill, Mercury, la Thatcher, Piaf... Cuántos llevamos así ya?

Abrazos más allá del arcoiris

carpet_wally@gmail.com dijo...

No he visto la película, si tengo últimamente una pereza enfermiza para ir al cine (la última que vi en salas fue la de Tarantino) esta me parece aburrida desde que se planteó a la productora... Y es una pena lo de mi pereza porque tengo el prejuicio de que ese año hay bastantes pel´ciuals que merecería la pena ver (Y es que no he ido ni a ver la última de Star wars....no sé si es una depresión por la edad o un estado de ánimo pasajero).

Pero es cierto lo de los biopic y es muy cansino, ¿quien el próximo? ¿Springsteen, Bob Marley, Madonna?,...¿Clinton, Gorbachov, Miterrand, Merkel?...¿Cooper, Heppburn y Tracy, Pepe Isbert?

Abrazos sin desgana

César Bardés dijo...

A ver, yo creo que Zellweger lo hace realmente bien. Quizá no sea una actuación tan espectacular como la que hace Malek en "Bohemian Rhapsody" o incluso Egerton en "Rocketman", pero creo que sí que hace un buen trabajo. Otra cosa es que ella sea capaz de levantar una película con su presencia, que no, pero sí que me parece la mejor interpretación femenina del año. Además, también es una tía extraña, que no se sabe muy bien de qué va y que parece un palo más que una actriz, pero realiza una excelente transformación física (no nos dejemos llevar por las manías) y canta bien, aunque disiento un poco con respecto a su imitación del timbre de la Garland. Es notoriamente más grave, lo que pasa es que tiene muy bien pillados los vibrato de la voz original.
En cuanto a las diferencias con la obra de teatro, las hay y muchas. La obra de teatro era más bien un musical de cámara, con diez canciones (no cuatro) y con orquesta en directo. Sólo salían tres personajes. Garland, Mickey Dean y el pianista que la acompañó durante muchos años y que, además, de alguna manera, era el canalizador de toda la historia. Aquí se ha borrado este personaje (algunas de sus reacciones están en la secretaria) que Rellán compuso maravillosamente en el teatro (en Londres fue Stephen Rea) y que además era descaradamente gay (sin llegar en ningún momento a la caricatura). Fue una obra de un éxito tremendo en Londres y en Broadway y en Madrid estuvo dos años en cartel en el Teatro Marquina. Por cierto, Natalia Dicenta sí que daba el timbre de la Garland. Y la obra se centraba muchísimo en la decepcionante relación con Mickey Dean.
Cierto es que la dirección de Goold es muy plana y que no tiene demasiado valor. Tal vez en manos de otro director más competente (no Dexter Fletcher) la película hubiera tenido más mordiente.
En cuanto a los biopics, bueno, pensemos un par de cosas. No es que sobren las ideas y la historia de todos estos ídolos son cultura viva del Siglo XX que el nuevo espectador empieza a no conocer. No es la primera vez que el cine intenta algo así. E incluso me atrevería a decir que esto, de biopic, tiene poco. Se centra en un hecho en concreto de una mujer que estaba ya al final de todo.
Abrazos intentando que seáis felices.