viernes, 18 de julio de 2014

EL MUNDO DE SUZIE WONG (1960), de Richard Quine

Seguro que con el calor y las ganas de irse a la playa ya no hay tanto interés con el cine así que con este artículo vamos a cerrar la temporada en el blog. Volveremos allá por el lunes uno de septiembre. Mientras tanto, descansemos, relajemos miradas, soñemos un poco, hagamos proyectos y cojamos fuerzas para todo aquello que nos aguarda que nunca es poco. Id al cine, aunque sea al de verano. Gracias a todos por la cantidad de visitas que he tenido este año. La próxima temporada espero hacerlo mejor.

Las respuestas no están en los cuadros, esperando a ser pintadas, como un reflejo de la pasión. Quizá las inquietudes del artista estén escondidas en el algún sucio club de Hong-Kong, entre las aberturas de una falda que se mueve entre el abismo de la indiferencia y el espacio vacío de la sordidez. O quizá la pasión por pintar tenga que ser reemplazada por la pasión por amar. Los callejones de esa ciudad perdida, con laderas de barro y asfaltos atestados, son los testigos de una historia que es amor, sí, pero que también es algo más. Y es que, a menudo, los artistas saben crear algo especial cuando el amor está ahí, habitando sus vidas, dando un poco de verdad a la mentira, haciendo que el sueño sea difícil pero único.
El mundo occidental, rígido y basado en las apariencias, se desmorona ante la aparición de una mujer que se instala en la mentira para fingir que hay un triunfo que se escapa entre la lluvia. Todos  hacemos lo mismo. Fingimos que nuestra vida está salpicada de pequeñas victorias que nos conceden… ¿qué? Dos o tres segundos de efímera importancia y una sensación agradable en el cuerpo porque se han soltado unos cuantos miligramos de adrenalina. Al fin y al cabo, todo el mundo miente para parecer más de lo que es y comenzar por el camino del arte siempre conlleva ser consciente de las propias limitaciones. Suzie cambia al occidental. Y el tipo ese, que es elegante, que es algo temperamental aunque siempre es correcto, cambia la mentira por un espejo en forma de lienzo, destierra esos segundos de triunfo por toda una vida de seguridades un tanto sufridas.

William Holden deslumbraba con su sonrisa allí por donde pasaba y se la llevó a Hong-Kong para pasear del brazo con Nancy Kwan por los arrabales de una ciudad que ahoga y que otorga un buen puñado de escenas costumbristas a su alma de artista. Richard Quine retrató con sensibilidad esta historia de amor que lucha en contra de las estúpidas convenciones sociales occidentales y trata de derribar las inútiles tradiciones basadas en la apariencia de la cultura oriental. Más que nada porque todos ellos sabían que el amor no entiende de hemisferios, ni de apariencias. Es un lenguaje universal que se pinta en el lienzo de unas vidas que merecen la felicidad aunque cueste mucho encontrarla. La desgracia, eso lo sabemos todos, siempre se ceba en los más débiles. Y tener una carta de recomendación no es suficiente para cambiar el destino. Entregar el alma, perseguir la verdad, poner en la orilla de los labios todo el arte, cuidar a quien se ama…todo eso es lo que hace que el destino sonría y cambie su sendero aunque no tiene por qué ser mejor. Tal vez sea más duro, o más cerrado, o más pobre. Nunca se sabe. Pero tendrá una ventaja sobre el anterior, algo que no se puede adquirir en los pintorescos mercados de las intrincadas calles de Hong-Kong: la sensación de que tus pasos ya no golpean en el suelo de la soledad.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Pásalo tú también este verano fuera de la metrópolis aunque te las tengas que ver con Fritz Lang.

Gracias por una temporada más de buen cine, buenas recomendaciones y buena prosa. gracias por una temporada más juntos. Sobreviviremos hasta el 1 de septiembre como podamos.

Abrazos acalorados

César Bardés dijo...

Gracias a vosotros por vuestras miradas certeras y vuestros análisis certeros. Es todo un privilegio no solo que escribáis aquí, sino contar con vuestra amistad.
Abrazos sin nubes.