viernes, 11 de diciembre de 2015

ADIÓS, MUCHACHOS (Au revoir les enfants) (1987), de Louis Malle


Dedicado a Dexter, incansable hacedor de buenos días, forjador de amistades y de cariños letrados. Con agradecimiento y verdad.

Ese olor inconfundible a madera cansada, a sudor reciente y a goma de borrar, a lápiz mordido y a hoja nueva. Vuelve el colegio y, de alguna manera, también regresa la soledad. Las frías mañanas jugando en el patio, con la escarcha como alfombra y el resfriado acechando. Los rezos a todas horas que suenan tanto a vacío cuando el mundo se desmorona. El piano que suena con eco mientras la profesora se lima las uñas. Los cuadernos con las esquinas vueltas recogiendo los pensamientos de los hombres en formación. Dentro de poco, la edad adulta. A la vuelta de la esquina, el terror.
De repente, un compañero. No es ni más alto, ni más guapo, solo es uno más. Tiene que soportar las gracias de los demás por ser nuevo. Al principio, la amenaza. Más tarde, la envidia. Por fuerza tiene que llegar la amistad. Por mucho que haya alguna pelea por la mayor de las tonterías. Es un chico extraño pero inteligente. Tal vez ya no haya lugar para más estrellas en la clase. Los baños calientes y acogedores que solo se permiten una vez cada dos semanas. El piano que ya no suena igual porque comienza a ser divertido. La atractiva clandestinidad. El juego en el bosque que termina siendo un hallazgo de sí mismos. El restaurante interrumpido. El día que parece que no acaba porque, más allá de los juegos, de las travesuras y de las correrías, están los libros. Ahí están Athos y D´Artagnan y Las mil y una noches, y un último regalo de letras antes de la despedida definitiva. El chico duro, el que saludó con una amenaza, el que jamás se inquieta, llora. Las mejillas lo agradecen. El compañero desaparece. Y aquella mañana solo quedará como el ambiente de la despedida más triste posible.

Y es que, muy a menudo, solemos ajustar cuentas con la infancia. Aquel gesto que te dejó en ridículo, aquella palabra que nunca debiste decir porque no se sabe en qué diablos podría estar uno pensando, aquella gamberrada que no tenía ningún sentido y aún menos gracia, aquel fastidioso ejercicio que se dejó de hacer a sabiendas que iba a ser pregunta de examen, aquella introversión que parecía tan desafiante y que luego se quedó perdida en algún lugar de la memoria. Para Louis Malle, la infancia fue la de la camaradería y del arrepentimiento, la de la soledad y de la oportunidad perdida. La de unas últimas palabras que nunca fueron dichas y la de un cariño que no se supo transmitir a tiempo. Días fríos de uniformes azules y pantalones cortos. Verdades alteradas para entonar la propia culpabilidad de una mirada a destiempo, de una risa que nunca vino a cuento, de una amistad que echará de menos el resto de su vida. Eso es Adiós, muchachos. La tragedia de una infancia que fue feliz pero fue profundamente desgraciada porque nunca estuvo a la altura de las circunstancias. Quizá el orgullo casi juvenil. Quizá el desprecio de dejarse arrastrar por una corriente que estaba totalmente equivocada. Quién sabe. Solo la mirada del niño que camina hacia el cadalso tiene que quedar grabada en un corazón que se partió en una fría mañana de 1944.

4 comentarios:

dexter zgz dijo...

Sin palabras. Yo pienso que lo único que se puede hacer ante cosas como esta es callar. Decir algo más lo estropearía todo. Sí hay que decir que nunca le agradeceré lo bastante a Malle habernos regalado esta auténtica joya, su verdadero testamento, aunque hiciera después otras 3 películas más antes de morir. Nunca le agradeceré lo bastante que tardara tanto tiempo en ajustar las cuentas con ese pasado traumático. En realidad, la amistad que se describe en la película nunca existió, Malle siempre sintió una envidia enorme por aquel chico nuevo que era más listo que él y se ganó el cariño de sus mentores. Por eso le costó tanto hacer la peli, por eso le costó escribir esta carta al amigo que nunca tuvo. Yo por suerte, tengo alguno.

Gracias César por este regalo, gracias por añadir emoción a la emoción

César Bardés dijo...

De hecho se ve mucho la envidia de Julian Quentin hacia Bonnet (por cierto, excelentes actores infantiles los dos, especialmente el "minus ego" de Malle). En cualquier caso, me alegro de que te haya gustado y de haber estado a la altura cuando es una película que despierta tantas emociones y te las deja sobre la superficie de la piel casi quemando.
Gracias a ti.
Abrazos sin despedida.

CARPET_WALLY dijo...

Que envidia os tengo...a los dos.

Abrazos de amigo sincero.

César Bardés dijo...

También participas en buena medida, Carpet. Te dejamos un sitio en el pupitre pero no destaques demasiado que luego nos ponemos los zancos y te tiramos a la nieve.
Abrazos colegiales.