viernes, 18 de diciembre de 2015

MISIÓN DE AUDACES (1959), de John Ford

Dedicado a Diego Luis Contreras, que tanto sigue este blog y es un fiel oyente de "La gran evasión". Con audacia.

Ding, dong, ding, dong…Las campanas llaman al combate a los hombres. A los hombres. No a los niños. Y la misión es de una audacia inaudita. Adentrarse por el territorio enemigo para cortar las líneas de suministros cuando se avecina la gran batalla. Por el camino habrá cabalgadas legendarias, reencuentros con viejos amigos que han cambiado de uniforme, pena por alguien que se va, piernas cortadas por no ser enfermos disciplinados, un coronel que tiene demasiado resentimiento entre sus carnes abiertas y un médico que está dispuesto a cerrar cicatrices por encima de la guerra. El alcohol correrá con un bar abierto mientras los heridos se quejan llamando a las madres porque el enfrentamiento es siempre amargo, siempre es cruel y rara, muy rara vez, es heroico. El polvo de los caminos será testigo. La rabia de una mujer, colina imbatible, será vencida. La escaramuza no puede tener más éxito.
Y es que no hay nada como mirar la vida con un poco de distancia y ser justo a pesar del uniforme que se lleva. Es fácil tratar como amigos a los traidores y no lo es tanto propinar unos sonoros puñetazos a los que se aprovechan mientras se regodean en su felonía. Sorprendente, realmente sorprendente que un coronel tan rígido, que tan bien sabía tocar las campanas de su ferrocarril ¿verdad, señorita?, tenga un sentido de la ética que no deja de ser la de un oficial y la de un caballero aunque la auténtica caballerosidad esté detrás de una bata médica. Ding, dong, ding, dong….barro en las botas pero la mirada limpia a pesar de esa amargura que pesa como una mochila llena de piedras. O, tal vez, como un deseo de echar la culpa de la desgracia propia a los que hacen todo por salvar vidas.

John Ford creó esta película a partir del episodio, parece que real, de unos niños que se enfrentaron a un regimiento de la caballería en una de las pocas batallas en las que no hubo víctimas, solo algunos traseros adormecidos y rojos y arañazos de un campo que se quedó sin sangre. Para ello, tiene a un cómplice comprobado como John Wayne y a ese médico, interpretado con absoluta maestría, enormes dosis de ironía y diálogos brillantes, a cargo de un William Holden que derrocha ternura y dureza, que se ríe de una mujer que trata de tomar el pelo a los soldados y de un soldado que deja caer su armadura fría e implacable para tornarse en un hombre de mirada sabia y equilibrada. Lo cierto es que no deja de tener su toque esta historia que, habitualmente, ha sido poco apreciada dentro del cine del tuerto genial. Tal vez porque no hay grandes llanuras aunque sí enormes horizontes, o porque no hay tanta lírica pero sí muchísima prosa emocionante. Retrato de hombres que tratan de llegar a su destino vital a través de las batallas y de la osadía. El coronel ambicioso que trata de hacer política con el triunfo militar, el coronel amargado que encuentra el amor que tanto le ha faltado, el capitán médico que se consagra a poner unas gotas de paz en medio de tanta locura. Ding, dong, ding, dong… 

2 comentarios:

diegoluiscl dijo...

Muchas gracias por la dedcatoria, Cesar!!

QUé decir de esta joya!! Una obra maestra que se saca de la chistera el maestro Ford.
Curiosamente, la primera vez que la vi no me dijo gran cosa. La pude apreciar en el segundo visionado. En pocas películas de Ford vi tanto humor y tan bueno. Igual que digo que las escenas de acción son de las mas conseguidas del genio de Maine.

Wayne sigue en racha tras Centauros... y Escrito bajo el Sol, haciendo un gran papel con muy logrados monólogos y escenas largas. De Holden hay poco que decir, es una obviedad alabar su papel en esta obra y en cualquiera.

César Bardés dijo...

Todo un placer, Diego. Siempre lo es cuando se trata del tuerto genial que se sacaba obras maestras de la manga con la facilidad de quien escribe un poema. Nunca olvidaré esa galopada del final, cruzando el puente, con un plano tomado desde el río. Épico, inolvidable, heroico e inmenso, a pesar de tratarse de una retirada.
Wayne estaba en lo mejor de su carrera trabajando con Ford (no olvides "El hombre que mató a Liberty Valance" algo más tarde) y Ford estaba ya rascando mucho más allá de la superficie para darnos obras tan raras y maravillosas como las que nombras o "El último hurra" con Spencer Tracy, un actor fordiano que solo trabajó con él una vez.
En cuanto a Holden, está fantástico. Es raro que Ford no contara con él en ninguna película más. Scott Eyman despacha su trabajo en "Misión de audaces" en su libro "Print the legend" que me parece una de las mayores injusticias escritas jamás sobre actor alguno: "En cuanto a William Holden, solo era un pobre hombre agarrado a una botella". Y es Scott Eyman, uno de los más reputados escritores de cine que existen. Mundo injusto donde las leyendas escasean y las pocas que hay, deben destruirse por las lenguas viperinas.
Esta es tu casa. Vuelve cuando quieras. Y gracias por las sugerencias que haces al programa. Como habrás podido apreciar, algunas prosperan y otras no.