miércoles, 20 de enero de 2016

UNA JORNADA PARTICULAR (1977), de Ettore Scola

En memoria del maestro italiano Ettore Scola, que tanto cine nos ha dejado.

Dos almas que se encuentran en medio de un edificio vacío que también tiene el brazo en alto para celebrar la grandeza del Duce. Una colada oportuna, unas frases dichas al azar, unas miradas de complicidad y parece que el tiempo queda suspendido en algún lugar entre el cariño y la compasión. Comienza la jornada particular. Los quehaceres de la vida diaria se entremezclan con naturalidad con las confidencias de dos vidas frustradas, llenas de rutina y desprecio, vidas donde un día habitó la belleza y ahora solo quedan ruinas deseando ser reconstruidas. El enorme edificio parece que mira con sus enormes ojos como ventanales y las piedras callan ante tamaña demostración de humanidad en medio de un mundo que pronto se derrumbará estrepitosamente. Dos almas que se encuentran en medio de un edificio vacío…
Tal vez no haya mañana para alguno, tal vez el mañana sea exactamente igual que el ayer, teñido de uniformes negros de incomprensión y de toques de odio. No importa. El momento es éste porque esas dos almas solitarias están aisladas de los gritos de fanatismo impostado. En algún momento puede que haya hasta un intento de amor pero no es posible entre dos almas que solo encajan en el refilón de sus soledades compartidas. El edificio habla con sus enormes patios de ecos de silencio y el aire sopla, como intentando llevar un poco de esperanza a los que no han ido a celebrar el triunfo de la intolerancia y del populismo. Mañana la cocina estará igual de sucia, la ropa habrá que lavarla, la colada habrá que tenderla en la azotea, el agobio de la soledad habitará entre medias de tanto quehacer y la derrota será una sombra que volverá de visita. La tristeza, en esta jornada particular, tendrá también un respiro, una oportunidad de entonar sus loas hacia lo que nunca debió de ocurrir y solo por un instante, por unas horas, dos corazones se sentirán libres, salvados, acogidos, aceptados.

Ettore Scola dirigió de manera brillante a Marcello Mastroianni y Sophia Loren en una película que arrancaba sentimientos tan encontrados y, sin embargo, tan brillantes que parecía que el día se convertía en una jornada particular solo por el hecho de haber asistido a esta historia de almas sin rincón. El dolor se agrupaba en el costado de sus protagonistas de una manera reconocible y sabia porque, de alguna manera, era un dolor que todos habíamos sentido. La esperanza también parecía querer abrirse un hueco en la cascada de sentimientos que nos provocaba. La decepción era una compañera que se sentaba en la butaca de al lado, sonriendo y esperando su oportunidad. Era como si la vida misma pasara ante nosotros a través de un ambiente que nunca habíamos conocido. Así era Ettore Scola. Nos hablaba de nosotros mismos mientras nos hablaba de los demás. Algo reservado solo a los grandes maestros. Por eso regaló tantas y tantas jornadas particulares a todos lo que amamos el cine. Por eso hoy también somos unas almas un poco más solitarias encontrándonos en la azotea con alguien que seguro que busca nuestra complicidad.

5 comentarios:

dexter zgz dijo...

Y aunque evidentemente nos puede recordar a otras historias de amores fugaces como "Los puentes de Madison" o "Breve encuentro" tanto en las situaciones como en el carácter de los personajes (ama de casa oprimida ella, espíritu libre él) Scola le puso su sello personal y lo contextualizó en una época muy determinada. Por cierto, que hace poco descubrí que el actor que interpreta al marido de Sophia al principio es John Vernon, una presencia muy infrautilizada en el cine según mi opinión.

Pues sí, se va un grande. Yo le tenía un especial cariño, por todas esas pequeñas grandes películas que te acabo de nombrar hace un momento en otro sitio. Siempre habrá un hueco especial para "La familia" o "La noche de Varennes".

Abrazos particulares

César Bardés dijo...

Yo creo, o al menos esa es mi lectura, que tampoco es que sea una historia de amor así por las buenas. Es una complicidad de soledades. Hay un magreo por ahí pero él lo aborta porque no le va...no sé, es arriesgado quizá decir esto pero yo creo que no hay amor sino complicidad y por eso he insistido tanto en esa palabra en el artículo.
Cierto lo de John Vernon, alcalde en "Harry el Sucio" o trasunto de Fidel Castro en "Topaz", de Hitchcock...se dedicó mucho al medio televisivo. Un físico interesante cuando menos.
Y no te olvides de "El baile", ese maravilloso fresco sobre el tiempo pasando sobre una sala de baile.

No sé si lo puse ya en otra ocasión pero aquí tenéis un corto de Scola que todo amante del cine debería ver y que da una idea de cuánto amaba al cine.


https://www.youtube.com/watch?v=ks8gqngvF_A


Grande, de verdad, Ettore.
Abrazos jornalescos.

dexter zgz dijo...

Bien apuntado el matiz.

Abrazos cómplices

CARPET_WALLY dijo...

Bueno como yo lancé la piedra al hablar de "los puentes de Madison" en otro sitio, quiero también matizar mi sugerencia. Ya comenté que no era lo mismo ni en lo que cuenta ni en lo que persigue con lo que cuenta. Es precisamente en esa complicidad de soledades que comentais donde le veo el paralelismo. Y obviamente en la aceptación resignada del ama de casa insatisfecha de su mundo hasta que aparece un personaje también sólo pero muy diferente, en este caso homosexual, en el caso de Clint un aventurero, que le fuerza a replantearse al menos durante ese tiempo su estabilidad.
En el caso de Sofia su mundo cotidiano es aceptado e incluso valorado, recordemos que es una entusiasta del fascismo de Mussolini. Francesca también lo asume y no se plantea más alteración que el de sus devaneos imaginarios y su música. Ambas solas dentro de su matrimonio y su familia.
Tanto Marcello como Eastwood están solos de la misma manera, forzado en el caso de Mastroiani y legido en caso de Clint, pero ambos parecen estar buscando algo a lo que agarrarse y lo encuentran en esa mujer que durante un tiempo y quizá para siempre logra que la soledad se olvide.

En fin, ýo lo veo así. Y sobre todo como digo, veo a Meryl en el porche de su casa fumando un cigarrillo y recuerdo a Sofia y su colada, ambas bellas y ocultas por un mundo que está ciego.

Abrazos tendiendo la ropa.

Recordaba el cortometraje, pero aun así un placer revisarlo.

César Bardés dijo...

Yo creo que tienes razón en parte y en parte, no. Creo que en "Los puentes de Madison" sí que hay un amor muy fuerte, un restallido de pasión que lleva reprimido mucho tiempo por parte de Francesca y, como bien dices, un asidero para Kincaid. Es evidente que en ese restallido también hay complicidades que puede ser el punto de contacto. Está bien dicho que las películas persiguen cosas diferentes y que solo coinciden en esa complicidad y también en ese replanteamiento que hacen las dos mujeres al aparecer un personaje extraño y, a la vez, fascinante en sus vidas. Ambas son mujeres que se están confundiendo con el fondo, que están a punto de desaparecer, de hacerse notar más allá de la realización de sus obligaciones, en todo caso, impuestas, bien por el devenir de la vida, bien por el rol que les ha tocado ejercer y que se replantean con la aparición de ese nuevo personaje en sus vidas.
Frustraciones en ambos casos aunque creo que Francesca consigue más de lo que consigue Sophia.
Abrazos con pinzas.