viernes, 15 de enero de 2016

EL COMPROMISO (1969), de Elia Kazan

Vivir la vida que no te corresponde siempre es un vaso a punto de rebosar. No importa que el éxito se haya instalado en tu vida, que la comodidad sea la regla, que el talento, sea poco o mucho, se emplee en algo que consiste en engañar a todo el resto del mundo. No es eso lo que habías soñado. La mujer, la hija, el padre, la amante. Todo son piezas de un puzzle que no acaba de encajar porque tú lo que quieres, lo que realmente deseas, es no hacer absolutamente nada. Dejar que la vida pase por delante sin saludar, que la rutina diaria sea un lago en calma, que la risa sea lo natural y no lo fingido. Uno ya tiene la sensación de que venderse uno mismo en todos los actos de la vida es un lento asesinato con el dinero clavado en el corazón. La vida no es eso. No, no es eso.
Y así, un buen día, consideras que es buena idea arrojar el coche a los pies de un camión. Tal vez porque no deseas morir sino que quieres que tu vida muera. Los intereses que te rodean se ven obligados a mostrar sus oscuros engranajes para que el lujo no huya despavorido por la locura. Por la aparente locura. Por la dulce locura. El peso del pasado es demasiado evidente porque, a menudo, los fracasos no son repentinos, son paulatinos y eso es una forma de vender tu alma a trozos. La muerte quizá solo sea la expresión máxima de una soledad que se anhela desde el mismo momento en que te das cuenta de que eres prescindible desde un punto de vista humano. No hay cariños alrededor, solo intereses, solo empujones para que sigas llevando la vida cómoda, el trabajo envidiable, el rostro del triunfador. Y tú sabes que dentro de ti habita un soñador que, un día, soñó con escribir y aportar algo, aunque fuera mínimo. Por eso adoptas ese papel de rey pirandelliano, ultrajado y desquiciado. Para que te dejen en paz.
Ni siquiera cuando crees encontrar el amor encuentras el remanso de paz que tanto buscas. Solo es una evasión momentánea que te distrae de ese mundo de casas insultantemente lujosas, de coches extraordinariamente arrogantes, de bienes que solo están reservados para unos pocos y escogidos. Burgueses vacíos que han suplantado todas las misiones de sus vidas por el consumismo loco y falaz. Quieres sexo, pero sin obligaciones. Quieres paz, pero sin tener que trabajar para poseerla. Quieres que deje de haber tanto ruido a tu alrededor pero no pones el silenciador. Y todo es una mirada perdida, un sueño roto, una quimera imposible, tierra sobre el cuerpo, la nada.

Una de las películas más personales de Elia Kazan y menos comprendidas con un reparto que incluía nombres tan excepcionales como Kirk Douglas, Deborah Kerr, Faye Dunaway, Richard Boone o Hume Cronyn fue, como no podía ser menos, un rotundo fracaso en la época de su estreno. Tal vez porque esta película te obligaba a ponerte delante del espejo y preguntarte muy seriamente si llevabas la vida que realmente querías vivir o si todo era un montón de dinero que te impedía ver tu propia cara. El dinero que tienes y que no tienes. El deseo que tienes y que no tienes. Las deudas que tuviste y que nunca quisiste saldar. La ternura en fuga. El engaño presente.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Hace poco comentábamos aquí a propósito de la publicación de tu libro el antes y el después que supusieron los 60 y en concreto la era Kennedy para el devenir del cine. Aquí hay una muestra, compara esta película o "El último magnate" con "Al este del Edén" o "La ley del silencio" y no parecen del mismo autor. Y eso que a Kazan lo considero dentro de su clasicismo un director bastante moderno y que incluso se atreve a transgredir y a contar cosas que en su tiempo quizá pasasen por incomprendidas. Pero qué duda cabe que con todo y con eso hay una evolución en el lenguaje y las formas evidente.

Kazan, el gran chivato y el gran incomprendido. No sé si te has hecho ya con "Una carta a Elia" de Marty pero desde luego es para aplaudir y ponerse en pie.

Abrazos comprometidos

César Bardés dijo...

Pues sí, es una muestra de ese "cine de vuelta" que hubiese sido incomprensible una década antes. Estoy totalmente de acuerdo en tu valoración de Kazan como director de un modernismo muy poco reconocido (aunque muy, muy atento a las evoluciones de sus intérpretes, su estilo es siempre muy contemplativo y muy cercano) y que también le gustaba contar las cosas al estilo más clásico. No así aquí en "El compromiso" que cuenta la historia de forma muy desordenada para entender del todo la decisión que toma Douglas de meterse debajo de un camión. Kazan no fue nunca un conformista (aunque hiciera esa cosa horrible de propaganda anti-roja que era "Fugitivos del terror rojo") y yo creo que para él, la delación, fue un proceso muy doloroso. Juzgar a un hombre por eso no digo yo que no sea justo pero cuando menos debería ser pensado.
Tengo "Una carta a Elia" pero aún no la he visto. Entre el libro, las maravillosas Navidades y ahora los Oscars va a tener que esperar al menos hasta Semana Santa. Stress para qué os quiero.
Abrazos sin delación.