martes, 14 de noviembre de 2017

EN UN LUGAR SOLITARIO (1950), de Nicholas Ray

Dixon Steele nació cuando te conoció. Se hallaba perdido, sin rumbo, a muchas millas de cualquier lugar, tratando de encontrar su sitio en una vida que siempre ha despreciado. Tal vez porque su profesión de guionista le condenaba a adaptar obras mediocres de otros o, tal vez, porque estaba demasiado solo. Y esa soledad le ha forjado un carácter difícil, errático, algo bipolar. Llegaste tú y todo cambió. El sol le volvió a dar en la cara y, de repente, la sonrisa hizo visitas inesperadas. La inspiración regresó de un largo viaje y comenzó a escribir febrilmente, haciendo de un libro olvidable, un guión para una película que se recordará. Volvió a nacer, sí. Porque supo que había una razón para seguir adelante, para vivir y para permanecer en la vida saboreando cada instante. Tenía todos los espectadores que deseaba. Solo tú.
Dixon Steele vivió unas semanas mientras te amó. Aunque no consiguió quitar de sí mismo la parte más oscura de su personalidad. Esa misma que salta como una fiera rabiosa cuando se le arrebata algo que cree de su propiedad. Pero ahí estuvo, con su máquina de escribir echando humo, deseando volver sus ojos hacia ti para que las palabras brotaran solas y los sentimientos brincaran por la habitación. Dixon tiene prisa para ser feliz porque ya se ha olvidado de lo que eso significa. Y comete errores. Cree que lo tiene todo ganado y alguien debería susurrarle al oído que una mujer tiene que ser conquistada todos los días. No basta con las sensaciones que llaman insistentemente con intención de quedarse. Hay que mantenerlas. El amor es insaciable y esas semanas fueron generosas. Vivió unas semanas. Supo lo que era vivir porque estabas a su lado. Y quiso perderse entre tus miradas, tus besos, tus presencias…

Dixon Steele murió cuando le abandonaste. Tal vez porque supo que lo había hecho rematadamente mal, que había dejado salir a esa bestia que siempre le ha roído las entrañas y que impide poner límites a la furia, a esa rabia que sale cuando las cosas no son lo que deberían ser, como su amor, como su vida. Sí, murió porque pasó del cielo a la soledad, volvió a ese lugar solitario del que, tal vez, nunca debió salir, ese lugar en el que nadie, nunca más, volverá a acordarse de él. Ese lugar del que nadie volverá a rescatarle. A partir de aquí, la única compañera será la tristeza, el desánimo y el tremendo dolor que también acabará por dormir definitivamente a la bestia.

2 comentarios:

Leonardo Collao dijo...

Obra maestra,solo saludarte Cesar ,siempre los escucho por cinema la gran evasion .Abrazos desde Chile

César Bardés dijo...

Encantado de devolverte el saludo, Leonardo. Perdona la tardanza en contestar pero se me perdió el comentario y ahora lo he vuelto a recuperar. Gracias por escucharnos (por cierto, muy halagado de tu comparación con Torres Dulce pero ya quisiera yo). Abrazos desde España.