jueves, 2 de enero de 2020

CATS (2019), de Tom Hooper



A veces se puede llegar a la conclusión de que no todo lo que funciona en el teatro también vale para el cine. Quizá la impresión de un escenario replicado a tamaño gigantesco resulta impresionante desde la escena y no causa la misma impresión cuando se quiere hacer lo mismo con un buen puñado de efectos infográficos dentro de una visión poco afortunada. O, tal vez, resulte un error cambiar la coreografía original, uno de los puntos más fuertes de la versión teatral, por otros pasos de  baile, en teoría, más modernos, con ínfulas de espectacularidad, pero indudablemente menos acertados. Lo cierto es que todo es una cuestión de talento. O de falta de ello, más bien.
No es mejor insistir en un montaje de tiros cortos para negar una visión general de un conjunto que acababa por ser escalofriante. Y eso es algo que el director Tom Hooper ya hizo con premeditación y alevosía en Los miserables. No cabe duda de que la partitura de Andrew Lloyd Webber sigue siendo igual de brillante (a pesar de que alguna lumbrera del oficio crítico llegue a afirmar que la música es floja) y que Jennifer Hudson dista mucho de hacerse con el mítico Memory aunque tenga voz más que suficiente para ello. Es toda una experiencia la interpretación de Ian McKellen en la piel del viejo Asparagus mientras que lo de Idris Elba como Macavity es casi un chiste. Quita seriedad al intento la invención de hacer volar a los mininos incluso por arte de magia cuando Míster Mistoffeles era una auténtica fiera bailando. Y no hace falta insistir tanto en movimientos felinos imposibles cuando basta con sugerirlos esporádicamente debido a que tienes un maquillaje que ya está suficientemente recargado.
Cats, por tanto, deja de ser una experiencia fascinante con un argumento cogido siempre con las pinzas de un poemario a través de la presentación de unos cuantos felinos dispuestos a asumir una vida más divina y pasa a convertirse en una ensoñación bastante esclava de unos innecesarios efectos informáticos repletos de croma y algo de chapucería. Incluso contiene algunas escenas que parecen repletos de broma y algo de tontería. El caso es que se queda muy lejos de ser aquel espectáculo místico y total que se llegó a ver en el teatro de Madrid (también alguna mente preclara ha llegado a declarar por esas líneas del mundo que fue un fracaso cuando fue todo un éxito) y no es más que una alucinación con algunos momentos de tenue brillantez que no consigue atrapar, ni arañar, ni siquiera maullar con entidad de buen musical.
Así que no valen las razones felinas para esa mítica reunión de gatos jélicos que tratan de renovar sus espíritus una vez al año. Los humanos casi huyen de sus garras despavoridos porque el día comienza de nuevo y el tiempo corre en contra de esos seres de siete vidas que siempre caen de pie. En esta ocasión, no se puede disfrutar de aquellos bailarines que asombraban con unas interpretaciones coreográficamente impecables, ni de aquellos escenarios que despertaban tanta admiración y curiosidad. La magia ya ha pasado y no se puede volver a contemplar en todo su esplendor. Esto es sólo un sucedáneo que, al ser un musical, ya lo tiene todo en contra de despreciadores habituales porque ni siquiera han podido ver lo que fue en las tablas. Se quedarán con la idea simplista de que los gatos sólo son animales que juegan cuando ellos quieren, aman cuando les apetece y mueren como todos los demás.

2 comentarios:

Raúl Gallego dijo...

Que difícil es captar la esencia de un gran espectáculo Muy buen artículo, me quitó las ganas de verla y al mismo tiempo despertó mi curiosidad.

César Bardés dijo...

Pues no puedo imaginar un mejor elogio para un artículo que tira hacia abajo a una película y que, al mismo tiempo, despierta la curiosidad en alguien para verla. Gracias por tus palabras.