viernes, 10 de enero de 2020

RICHARD JEWELL (2019), de Clint Eastwood



Del mismo modo en que el principal sospechoso en un asesinato es el último que vio a la víctima, el objetivo de la policía debe centrarse en el primero que ve el paquete que contiene una bomba. De esa manera, y con la inestimable colaboración de la prensa voraz que sólo quiere el titular del día siguiente, se hace pasar a un tipo de héroe a villano en apenas tres días. Para añadir más leña al fuego, responde a todos los perfiles psicológicos de alguien que quiere llamar la atención para demostrar al mundo que existe. Aunque la verdad, casi siempre, suele ser la explicación más sencilla. Y, en este caso, es que Richard Jewell era el prototipo de ciudadano que cree en la justicia, en las fuerzas del orden. Tanto, que incluso quiere formar parte de ellas.
Así que alrededor de este pobre hombre, de inteligencia corta e ingenuidad larga, se tejen una serie de burdas pruebas para demostrar que la policía actúa con prontitud. Los periódicos colaboran en el empeño porque, en realidad, es un hombre tan ridículo que casi merece la humillación de todos los días en las portadas más sensacionalistas. Sólo es un peón más en la inmensa maquinaria del espectáculo que rodea un posible caso de terrorismo. Sin embargo, no se les ocurre pensar en algo tan simple como que ese hombre es el equivocado. Siempre insistirá en su inocencia y, cuando alguien es tan demoledoramente inocente, por mucho pasado que tenga y mucho perfil se acerque, no se van a poder encontrar pruebas de cargo. En este caso, la resistencia será la victoria. Y, a pesar de la perseverancia de algunos, las lágrimas serán el desahogo de los ganadores.
No cabe duda de que Richard Jewell es una buena película. Eastwood, a sus casi noventa años, sigue estando lejos de Sin perdón o de Mystic River, pero ha rodado una película interesante que puede estar al mismo nivel de Sully, por nombrar alguno de sus títulos de los últimos años. Para ello tiene la colaboración de esa enorme masa de humanidad que es Paul Walter Hauser, secundado con ternura por la gran Kathy Bates. Y, sobre todo, por el gran dominador de todas las escenas en las que aparece y que responde al nombre de Sam Rockwell. Con secuencias brillantes, compone un personaje que pasa de mirar por encima del hombro a batallar en las mismas trincheras que el protagonista, poniendo en duda la garantía de los derechos constitucionales más básicos cuando los intereses se conjuntan para lograr culpabilizar a un inocente. Por lo demás, la película está inundada de corrección, de secuencias brillantes y de diálogos para recordar, alcanzando, incluso, la excelencia en algún momento aislado.
Así que no hay que olvidar a aquellos que creen de verdad en que el servicio a los demás es la razón de su vida. Sólo porque tengan fe en ello no les convierte en sospechosos de nada. El Estado, cuando se mueve, piensa y actúa como una apisonadora tratando de alcanzar un objetivo de cara a la galería, es el verdadero enemigo. Tal vez, incluso, porque rehúsa mirar en la dirección correcta, porque destina recursos a la inutilidad o porque se preocupa de fabricar unas falsedades gigantescas con tal de sostener una razón obcecada y demasiado difusa. Más que nada porque ése es el auténtico fascismo que pretende denunciar ese pintor del alma humana que es Clint Eastwood. Y olvídense de todo lo demás que se ha dicho de esta película. Si hacen caso a los voceros de la infamia, se perderán una estupenda muestra de la corrupción y de la integridad en un solo largometraje.

2 comentarios:

Chus dijo...

Ayer, aprovechando mi reciente baja de paternidad (si César, la vida se abre paso), procedí a tachar de mi lista de cosas pendientes el visualizar la última de Clint. Un Eastwood que entre esta película y lo que hizo con La Mula (interpretación incluida) hace que aquello que dice siempre Tarantino de los directores, la vejez y la calidad de las películas se quede en la nada mas absoluta. Y eso que venía de un par de bajones.

Carajo... me ha encantado la peli. Una historia donde poco a poco y sin que de tes cuenta, de la nada mas absoluta y de la normalidad mas rutinaria... nuestro querido maestro te saca un Gran Carnaval intenso, sólido y solvente.

Me ha parecido una maravilla como está filmada y ejecutada, y como se maneja con el ritmo, el montaje, la dirección artística (va de arriba a abajo en esa torre de televisión) y la puesta en escena (la secuencia en la que se va desarrollando el tema de la bomba es un pasada, desde planos sencillos y espaciados con posicionamientos regulares, a planos cada vez mas cortos, con injertos de travellings laterales de cámara, posicionamientos atípicos y un manejo de la situación con tratamiento de personajes incluidos muy interesante. Que pasada de director.

El guión tiene alguna cosilla a la que le pongo pega (como en muchas de las pelis de Clint) para intentar hilvanar cosas y queda un poco forzado (la conversación abogado-periodista por ejemplo)

Y me ha encantado el papel de Sam Rockwell (dotando de poso al personaje) y de Paul Walter Hauser (que le he visto últimamente en papeles muy interesantes).

Para los que acusaban al maestro de rancio patriotero conservador, Clint se queda a gusto y dispara con bala a todo lo que se mueve y con 89 años se casca una cinta que ya quisieran muchos de los jóvenes modernos de hoy en día.

Que placer volver a disfrutar con el maestro.

Abrazos Gil Parrondianos.

César Bardés dijo...

Bueno, antes de nada, miles de felicidades por esa paternidad. Me alegro mucho cuando viene un nuevo cinéfilo al mundo, y, en esta ocasión, aún más. Todo lo mejor para ti y para la madre y espero que estéis bien. Disfruta mucho de estos años que vienen ahora, son lo mejor. Cuando vengan los doce y los trece te vas a enterar de lo que vale un peine.
Pues estoy, en general, de acuerdo con tu valoración de la película. Está filmada con maestría, ejecutada con sencillez y poniendo énfasis en lo justo. A mí no me pareció nada forzada la conversación abogado-periodista porque ahí, de alguna manera, se está viendo que el abogado, aunque parece que tiene dobleces, se porta con una honestidad envidiable y la periodista, que tendría que dar ejemplo informando sólo de la verdad (tenemos muchos ejemplos hoy en día) resulta que sólo va detrás de la primicia y del sensacionalismo más barato que no hace más que daño a los perjudicados. Y, a veces, un daño irreparable.
Creo que Rockwell está excelso y, desde luego, Paul Walter Hauser está estupendo. También Kathy Bates, que en la rueda de prensa da un "aquí estoy yo y luego los demás". Es una pena, en el caso de Hauser, que su físico le vaya a limitar tanto en la elección de papeles (a destacar el enorme papel que hace en "Yo, Tonya", por cierto).
Clint siempre es Clint. Haga lo que haga. Él sabe lo que hace y cómo lo hace. Y nos queda muy poquito de ver esa maestría.
Abrazos con hamburguesas.