viernes, 17 de enero de 2020

EL ENIGMA DE GASPAR HAUSER (1974), de Werner Herzog



Una figura estática en una plaza cualquiera de algún lugar de Alemania. Es un hombre y no se mueve. Ha aparecido de la nada y es bastante probable que también quiera desaparecer en la nada. En su rostro, miedo. Es un entorno que no conoce, al que teme. Un territorio ignoto que está más allá de sus difusas y muy limitadas fronteras de la razón. Él sólo ha conocido unas paredes de piedra, una minúscula ventana, un suelo de heno. No sabe lo que es una cama, una voz amiga, un libro, un carruaje, un caballo o un simple pañuelo. Es una sombra inmóvil en medio de ninguna parte esperando no se sabe muy bien el qué. Y ese hombre apareció en la realidad para constatar que había sido un náufrago de la vida, varado desde su nacimiento, olvidado por todos, aislado por crueldad, privado de las más elementales necesidades, sin saber hablar, sin saber interpretar ninguno de los sonidos que le llegan, sin saber enfrentarse al próximo paso en ese extraño suelo hecho con baldosas de cemento que se halla por toda la plaza. Está solo. Completamente. Y eso, posiblemente, es lo que más miedo le da. Porque, por primera vez, ve el cielo tal cual y le parece tan grande que no hace más que sentirse más pequeño. La vida espera. Y va a ser de repente.
Sin embargo, ese momento de pánico solitario, de tentación para apartar la vista y cerrar los ojos para no abrirlos nunca más, da paso a un maravilloso mundo de conocimiento que también espera a ese hombre. Es adulto y tendrá que empezar de cero, pero cualquier descubrimiento se transformará en todo un acontecimiento. Cualquier observación ante el espectáculo de la vida será un gozo para unos sentidos plenamente desarrollados. El lenguaje se hará presente por necesidad, la escritura vendrá pausadamente, a ritmo de hormiga. La lógica expresada con candor será lo siguiente y así, poco a poco, Gaspar Hauser se irá transformando desde ese hombre sin pasado ni razón hacia un ser privilegiadamente inteligente, consciente del auténtico milagro que supone la capacidad de aprender, de sentir, de abrirse a un mundo que, desde luego, es hostil, pero que, en muchos de sus rincones, ofrece conocimiento, cultura, belleza, naturaleza, fascinación y la transgresión de todas sus fronteras. Así es cómo Gaspar Hauser se convertirá en un enigma repleto de admiración.
Werner Herzog dirigió su primera película con una delicadeza extraordinaria para hablarnos de este caso real que ocurrió en Alemania en el siglo XIX. El cuidado de sus imágenes, de sus composiciones y de su lenta y elegante narrativa nos hace ver a un cineasta que, más tarde, renunció a todas sus virtudes para centrarse en sus obsesiones. Aquí, Herzog, se descubre como impecable y verdadero, con una historia muy interesante para contar, con múltiples visiones sobre la gracia o desgracia de este joven que apareció de la nada en una plaza de una villa cualquiera. Sólo para darse cuenta de que, al salir del encierro, hay todo un mundo que conquistar y toda una fantasía para absorber. Es el destino del hombre, por muy ingenuo que sea.

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