martes, 14 de enero de 2020

ENSAYO DE UN CRIMEN (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz) (1955), de Luis Buñuel



Archibaldo de la Cruz tiene un trauma. Y no es baladí. Quiere ser un asesino en serie de tronío y no le sale demasiado bien. Todo empezó en su casa, con aquella cajita de música que parecía encerrar los misterios de los deseos del Archibaldo más niño y que hizo que se librara de aquella institutriz a la que mató una bala perdida mientras sonaba la musiquita en cuestión. Y además fue la primera mujer a la que le vio las ligas. Y, claro, pues el sexo y el crimen parece que tienen una unión indisoluble dentro de la mente del pobre Archibaldo. Sí, porque se cree culpable aunque no ha matado a nadie. Y el comisario, pobre hombre, le dice que no puede encerrar a la gente por el mero hecho de querer matar a alguien porque, si no, tendría a media Humanidad entre rejas. Porque las confesiones son muy peliagudas. En muchas ocasiones, se mezcla realidad y ficción así como sin querer y, la verdad, resulta muy farragoso intentar separar la una de la otra. ¿Quiere usted matar? Mate. ¿Sueña usted con matar? No mate. Pero el verbo tiene que estar claro. Y el motivo, prístino. Si quiere usted que sea económico, adelante, pero lo va a tener que demostrar. Y más aún si su afición es hacer cerámica con maniquíes. No, Archibaldo, va a tener que curarse de sus traumas en otra parte. Esto es la justicia y actúa siempre después, no antes. Mal que nos pese.
La misoginia parece que es una de las obsesiones que asedian a Archibaldo, pero lo gracioso es que nunca ejecuta sus fantasías. Todo ocurre a un nivel por debajo de lo psicológico porque Buñuel, además de reírse de la burguesía y de sus tontos caprichos malcriados, también se recrea en la surrealista vida de este pobre hombre que, al fin y al cabo, de lo que se queja es de no alcanzar ninguno de sus sueños. Quizá don Luis sabía que todo era demasiado cruel como para reírse de ello y, sin embargo, en alguna ocasión nos arranca esa carcajada. Más que nada porque es difícil ver a un no-asesino tan torpe como el ínclito de la Cruz. En la cajita de música está encerrada su virilidad, su poder y su falso dominio sobre las mujeres. Sí, porque en realidad, esa misoginia que parece tan cultivada y tan elaborada no es más que la excusa perfecta para ser dominado. Y así, como quien no quiere la cosa, Buñuel llega a un acuerdo con el espectador. Usted relájese, no forje opiniones, no crea que aquí se odia a las mujeres. Más bien es al contrario, por muy irritantes que sean, no mueren. El que merece todo el desprecio es ese justiciero de la conciencia que se llama Archibaldo de la Cruz y que, en el fondo, es un perdedor como una casa colonial. Y, sobre todo y ante todo, quédense con eso que dice el potencial asesino: “Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestro sentimiento e, incluso, nuestra acción”. A partir de aquí decidan si quieren ser amantes y devotos esposos y esposas o asesinos en serie aupados por la premura de sus deseos.

6 comentarios:

dexterzgz dijo...

Pues no deja de tener su conexión el post que has colgado hoy en el gus y en tu blog. Tanto Tanto "El honor de los Prizzi" como "Archibaldo de la Cruz" son dos piezas maestras de ese humor socarrón del que, cada uno a su modo, solían hacer gala Huston y Buñuel. Dos autores que se lo podían tomar todo muy en serio si querían, pero si se lo proponían también podían hacer coñas como estas.

Quizá sea una reflexión todo a cien algo pillada por los pelos. Huston, Buñuel, qué mas da. ¡Viva el cine¡ ¡Vivan los maestros¡¡

Abrazos en llamas

César Bardés dijo...

Yo es que creo que uno de los sellos distintivos de la genialidad es que, de vez en cuando, ponen en juego su sentido del humor. A veces, aciertan, otras, no. Y además hay un elemento en común que tú nombras acertadamente: la socarronería. Todos estos grandes realizadores que han hecho obras mayúsculas, cuando tratan de hacer algo parecido a la comedia (casi siempre bastante negra), apuestan por lo socarrón o por lo irónico. Truffaut lo hizo, Ford lo hizo, Huston lo hizo, Buñuel lo hizo, Mankiewicz lo hizo...y así podría seguir hasta el infinito. Quizá, para ser un gran director, hace falta tener sentido del humor (aunque bien pensado, Bergman podría ser la excepción).
Abrazos con el maniquí.

dexterzgz dijo...

Corrígeme si me equivoco. El título no se me olvidó por lo chocante de la cosa, pero creo que "Una lección de amor" de la primera época de Herr Ingmar es lo más parecido a una "screwball" que te puedes encontrar en el cine sueco. Con un humor muy sueco, eso sí.

Abrazos escandinavos

César Bardés dijo...

Pues aunque sea un Bergman antes de Bergman, tienes toda la razón del mundo y más. Eso no hace más que confirmar lo que decimos. ¿Cambiamos la excepción a Visconti?
Abrazos humorísticos.

dexterzgz dijo...

No me tientes porque acabamos en Tarkovsky y ya me contarás...

Abrazos soviéticos

César Bardés dijo...

Bueno, es que Tarkovsky tiene ocho peliculas y nada más. Quizá no le dio tiempo. Bien es verdad que Kubrick tiene trece y aún le dio tiempo a "Teléfono rojo". Estos europeos tan seriotes...
Abrazos sobre la bomba.