jueves, 23 de enero de 2020

EL FARO (2019), de Robert Eggers



Dos seres al borde del desquiciamiento quedan aislados en una roca en medio del mar para cuidar de un faro. Uno se pierde en ensoñaciones fantásticas que simulan al Capitán Achab en busca de la ballena blanca. El otro sólo quiere olvidar su pasado, su odio hacia todos y su alcoholismo enfermizo. La tormenta se cierne y el ambiente es irrespirable. Hasta las gaviotas parecen oler la carroña y se atreven a porfiar con una extraña confianza en el territorio vital de los dos náufragos de la razón. Mientras tanto, la luz del faro sigue dando vueltas y la sirena de aviso no deja de atronar y aturdir. Son los sonidos de la locura.
Lo que podría ser un apasionante duelo de terror se convierte en un absurdo juego de humillaciones que no conducen a ninguna parte salvo a lo que se prevé desde un principio. El agua ponzoñosa resbala por la garganta de estos dos lisiados morales acompañada de mentiras, alucinaciones y onanismos dolorosos. Los diálogos comienzan a perder el sentido y todo se transforma en un drama de sentimientos heridos, de supersticiones marinas hundidas en el alma, de engaños amorfos y comidas intragables. El mar se enfurece y la violencia entra al derribo. La razón se suicida y ya sólo queda un áspero sabor a tiempo perdido e interminable.
Es justo reconocer en esta película el espléndido trabajo fotográfico de Jarin Blaschke, con un apasionante uso de la luz en un formato de banda estrecha en el fotograma y, desde luego, es obligatorio destacar el esforzado intento de los dos intérpretes, Robert Pattinson y Willem Dafoe, por mantener la intensidad entre las iras de un mar embravecido, pero la película no contiene mucho más. Hay quien ha dicho que se puede adivinar la influencia de Fritz Lang, algo que se antoja rematadamente falso al obviar la principal de sus constantes como era el destino extrañamente dominador sobre sus personajes. La trama se reduce a una serie de parlamentos grandilocuentes extraídos de los textos de Herman Melville y a contemplar cómo dos hombres se torturan olvidándose de la sutilidad y de la inquietud que se podría haber generado. En lugar de eso, pasamos de un estado de ánimo al otro, poniendo especial énfasis en lo desagradable y en la obsesión por componer una serie de estampas relacionadas con la muerte que no sostienen en absoluto al resto del conjunto. Al final, la luz del faro acaba quemando a quien se atreve a acercarse.
Así que más vale que se sacudan los párpados ante la vileza de algunas situaciones o frente a algunas imágenes nacidas de la obsesión y del aislamiento. Esa roca de lamentos en la que dos fareros tratan de desahogar sus pecados se convierte, también, en una insoportable masa impávida que no sugiere nada al público, siendo solamente un rompeolas abatible ante los embates de esa crítica que se deja impresionar por la atractiva situación de partida y obvia el cargante desarrollo de la historia. Por lo demás, se asistirá al asesinato de Neptuno, a la represión sexual, al irresistible canto de las sirenas, al traicionero capricho del viento, a la irritante familiaridad de las gaviotas como si fueran almas dispuestas a llevar el mensaje del infierno, a la atrayente luz que acaba por ser un árbol del Edén y a la seguridad de que cualquiera que haya visto dos o tres películas camina por el abismo de la tomadura de pelo. 

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