martes, 31 de marzo de 2020

LA CACERÍA (1985), de Alan Bridges



Hubo un tiempo en que los grandes asuntos de la burguesía y la aristocracia se trataban mientras un puñado de invitados a una enorme mansión se entretenía pegando cuatro tiros a todo lo que pasaba volando por allí. En esta ocasión, hay que asistir a las opiniones de unos cuantos ociosos cuando la Primera Guerra Mundial está a punto de estallar. De algún modo, también viene a significar una especie de despedida. A partir de este momento, ya no habrá fines de semana interminables con tazas de té impolutas, conversaciones que oscilan entre la futilidad, la inutilidad, la trascendencia y el infantil juego del poder. Y hay una cierta sensación de melancolía porque, aunque no acaban de definirlo, todos estos oligarcas presienten la hora de la despedida. El mundo eduardiano entona su cántico de adiós y las interrelaciones que existen entre estos ociosos cobran una especial importancia entre la pesadumbre. Entre carreras, discusiones de arte y política, mascaradas, juegos de cartas, largos paseos bajo el frío y meriendas campestres, la discreción preside sus inquietudes. Hay favores sexuales para saldar deudas de juego, mantenimiento enfermizo de apariencias, tensiones, amenazas permanentes hacia el orden establecido y, por supuesto, un desprecio insultante hacia la posibilidad de una guerra que nadie desea. Un sirviente rescata unas cartas de amor para escribir él mismo unas líneas a su amada, existe una cierta agitación social porque, como siempre, unos viven demasiado bien y otros no tienen nada. El cambio está a punto de llegar mientras, escondidos tras las escopetas, esos aburridos y pretenciosos integrantes de la clase más alta creen que el imperio perdurará mientras consigan someter a esos provincianos ruidosos. Al fin y al cabo, la seguridad es algo a lo que no se puede renunciar, por mucho dinero que se tenga.
Los más nobles ideales, cuando se alejan de la realidad, deben terminar en un sonoro fracaso o, lo que es aún peor, en una ridícula catástrofe. Y el amor, en tiempos en los que ya se engrasan los cañones, también se convierte en un ideal que se antoja casi inalcanzable. El drama acaba por desatarse cuando, de forma totalmente accidental, un aristócrata hiere a un sirviente. Cuando eso ocurre, y con la perspectiva histórica en la mano, no se puede pensar otra cosa que precisamente eso es lo que ocurre en la guerra. Millones de sirvientes muertos por culpa de una clase dirigente que no sabe apuntar con propiedad.
La última película de James Mason ofrece una memorable interpretación de este gran actor, acompañado por un elenco de prestigio incontestable como Edward Fox, Gordon Jackson o John Gielgud. El ritmo que imprime la dirección de Alan Bridges, así como su puesta en escena, remite invariablemente al de James Ivory, aunque, quizá, con mayor mordacidad e incomodidad. Y aún así, se puede terminar la película con una sensación de que los personajes son comprensibles, con actitudes coherentes ante su posición, en muchos casos injusta, en la vida. La transformación de la sociedad está ahí delante, al otro lado de unas cuantas bombas, y los tiros ya no se van a pegar a unos patos, sino a personas. Sí, la cacería va a terminar, y va a ser todo un éxito.

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