martes, 18 de mayo de 2021

EL FRANCOTIRADOR (2012), de Michele Placido

 

Vincent Kaminsky tiene mucha paciencia. Él espera el momento adecuado para intervenir e, incluso, prefiere no hacerlo. Gradúa la distancia, apenas se mueve y dispara. El robo es perfecto. Unos tipos entran en el banco y él, sencillamente, espera en un tejado por si acaso aparece la policía. Cuando tiene que apretar el gatillo, lo hace procurando no matar a nadie. Sólo heridas. No es poco. Pero tampoco es cruel. Uno de los atracadores resulta alcanzado porque la pasma estaba esperando. Y por ahí es por donde el plan comienza a hacer aguas. Hay que llevar al herido a alguien que le cure. Ése es el punto flaco. Otro jugador empieza a mover sus fichas. El médico que le extrae la bala quiere algo más que una paga por el servicio. Vincent es detenido y el resto de los miembros de la banda de atracadores van cayendo. Al otro lado, está el comisario Mattei. Por alguna razón, ambos hombres están unidos. Y van a tener que averiguarlo en un juego imposible de gato, ratón y perro.

El comisario tiene brechas de dolor que aún no están cerradas del todo. Vincent ha visto demasiadas cosas que le hicieron abandonar el ejército. Nunca se unirán. Pero, tal vez, en algún lugar de sus almas, ambos desean el perdón. La excusa será cazar a ese médico inhabilitado que se ha vuelto demasiado ambicioso. Y, de paso, se podrá comprobar hasta dónde llega su crueldad. Los disparos van a tener que ser de muy largo alcance. Las balas buscarán a su hombre con un silbido. La sangre va a correr y la despedida de viejos amigos se hará inevitable. Incluso Vincent va a perder parte de su frialdad porque le arrebatan lo único que quiere un poco más. Es la ley. La de la justicia y la de la calle. Morir, a veces, es una bendición. Y el dinero estará maldito.

Michele Placido dirigió esta película con algo de nerviosismo en sus primeros compases, pero con la ventaja de contar con un argumento sólido y la estupenda interpretación de Matthieu Kassovitz que, con su frialdad, dice muchas cosas y expone sus cariños. Daniel Auteuil, en la piel del comisario Mattei, se debate entre la indecisión y el deseo de venganza que, sencillamente, no posee. A destacar las apariciones especiales del propio director y de una extraordinariamente bella Fanny Ardant poniendo las cosas en su sitio, con un despliegue de producción amplio y atractivo y con referencias evidentes a Heat, de Michael Mann, y al cine maravilloso de Jean Pierre Melville. Una buena muestra de cine de acción europeo, con algún que otro salto no demasiado comprensible, pero que deja buenas sensaciones.

Y es que guardar las espaldas de los amigos no siempre es tarea fácil. Buscar, al mismo tiempo, al responsable de tanto dolor complica mucho las cosas. Más aún cuando se supone que es alguien que ha estado de tu lado aunque no haya participado directamente en el golpe. Las balas, a veces, pueden dar la vuelta y acabar con las únicas personas que se han preocupado de hacer que Kaminsky olvide el color de la sangre sobre la arena del desierto y los días, desde el momento de la pérdida, serán de un color gris azulado porque tendrán el aroma de la libertad más triste, de las cuentas bien ajustadas y de la sensación de que, para seguir adelante, nunca hay que mirar atrás.

No hay comentarios: