miércoles, 19 de mayo de 2021

EL DETECTIVE (1954), de Robert Hamer

 

La luminosa interpretación de Alec Guinness es la principal y convincente razón para ver esta película. Encarna, con magistral sentido del humor e inteligencia, al mítico Padre Brown tratando no sólo de encontrar a un reputado ladrón de joyas eclesiásticas, sino también de salvar su alma. La narración oscila entre el sentido del humor más británico y la historia de misterio a través de Roma para hallar el paradero de la Santa Cruz de San Agustín. De hecho, la policía tiene la mosca tras la oreja porque el Padre Brown ha sido detenido con un buen puñado de dinero en los bolsillos cuando, en realidad, lo único que intentaba era devolver el dinero de las limosnas que un fiel arrepentido había robado. No deja de haber oscuridad en el relato porque, a pesar de los esfuerzos del esforzado sacerdote, el ladrón de joyas de la iglesia no tiene muchas ganas de expiar sus pecados.

Guinness se halla lejos de la pausada y reflexiva interpretación que hizo Kenneth More del personaje en la celebérrima serie hace unos cuantos años, y aún más de la algo atolondrada que realizó Mark Williams en años recientes. Su Padre Brown es avispado, siempre atento aunque no lo parezca, sonriente y bienhumorado, usuario adicto a la lógica hasta en los asuntos del espíritu. Toda una creación en un actor que intuía a la perfección los límites de los personajes y hasta dónde debían llegar.

Parece que la sombra de la Ealing se acerca peligrosamente a los dominios de lo divino y Guinnes caracteriza a su personaje con las tuercas bien apretadas porque no deja escapar a su presa que, por otra parte, no es tan misteriosa en esta ocasión, entablándose un interesante duelo de inteligencias entre ambos que incluye, cómo no, la discusión de la fe que desemboca en una mutua admiración. Algo impensable entre ratón y gato, pero que, sin embargo, en alguna ocasión, llega a ocurrir. La soberbia, a menudo, se esconde bajo un disfraz, pero siempre, y esto es algo que olvidamos con demasiada frecuencia, hay alguien que es más listo. El Padre Brown se encargará de eso con bendición incluida.

Y es que rara vez la filosofía se convierte en un arma de caza. Almas desviadas por los dedos largos son abundantes en este valle de lágrimas y medirse con un rival a la altura siempre es un desafío que muchos aceptan, pero pocos ejecutan. Estamos inmersos en una de esas geniales paradojas de Chesterton en las que se pone en evidencia que no todas las joyas son de oro. Al final, puede que los escépticos de siempre se lleven las manos a la cabeza proclamando que es imposible la conversión de un pecador en base a la inteligencia… pero ¿es que acaso hay otro modo? De alguna manera, hay que romper los cristales con los que se mira y reemplazarlos por otros que puede que no sean mejores, ni peores, pero que son distintos. A veces, no hay más caminos si se quiere recuperar el objeto de latrocinio y rescatar la verdad del fondo de algún corazón descarriado. Y eso, nos guste o no, también ocurre.

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