martes, 1 de marzo de 2011

LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS (1944), de Edgar Neville

En las entrañas de una ciudad yace el mal deforme puesto en perfección por espejos de ensueño. Los fantasmas cruzan el cristal de la realidad y adivinan jugadas y denuncian asesinatos. E, incautos, nos sumergimos en el expresionismo costumbrista de un misterio enterrado en una torre con su joroba incrustada en la tierra, a la inversa, con escaleras concéntricas, con ambiciones puestas del revés y miradas arreadas por el interrogante que siempre abre el deseo.
La sonrisa aparece, pero lo hace como entre brumas, como si resucitara de entre los muertos y con una leve elegancia de belle epoque que nunca ocurrió. El escenario es un Madrid que tiene más de villa que de Corte, con cuestas empinadas, parques de mucho marrón y poco verde, de plazas de antigüedad en las piedras y restaurantes de langosta y solomillo. Y es que Edgar Neville supo ser una voz solitaria en los años cuarenta en el desolador panorama cinematográfico español de aquellos años en los que un país salía de una guerra y parecía inmerso en una tristeza expresada en parálisis.
Y así, Madrid está lleno de hombres que parecen tener torres a sus espaldas, que parecen aliados en un pueblo de simpleza y orden, de superstición y rechazo. A veces, para los que están permanentemente instalados en la burla y en el inocente dedo que los niños siempre tienen cargado, la clandestinidad es la única salida posible. La patita de un científico no hace más que dar la latita y hace cuaracuacuá. Madrid castizo. Madrid sonriente. Madrid intrigante. Madrid pobre. Madrid soñado. Madrid en amor. Madrid en muerte. Madrid a través de los ojos de un hombre que vio todo y que fue él mismo parte de una ciudad que crecía para perder personalidad.
Nada es lo que parece. El espíritu con un parche en el ojo es guardián de la honradez y de la honestidad, en esta tierra y en aquella. Napoleón aparece porque está harto de que le llamen en sesiones espiritistas. Los jeroglíficos son placas de calle dibujados con tiza y lo que es inexplicable, es evidente. Una cueva para judíos que se negaron a la conversión. Una cueva para seres deformes que se negaron a ser arte y parte de la sociedad por obra y gracia del oro que, se supone, se halla siempre escondido en los rincones de una ciudad invivible pero insustituible.
Antonio Casal recorre la Plaza de la Paja con aires de ingenuo en busca de un tesoro que solamente puede hallarse en el rostro de Isabel de Pomés. Guillermo Marín, el Tenorio más impresionante que haya podido dar la escena española, es psicólogo, traidor y camina por las aceras por donde coincide con Caligari sólo que no es el escenario el que traza líneas imposibles, sino el mismo cuerpo. Felix de Pomés lleva marcado el trazo de la muerte y, bajo una máscara horripilante de capa, parche y chistera, hay un soterrado sentido del humor que hace que todo sea encantadoramente absurdo. Y Neville, el elegante y galán Neville, culto, hacedor de imposibles y director de nadas que rozaban la genialidad, se ponía detrás de una cámara para retratar el hechizo y la sorna de un cuento de horror y risa.

6 comentarios:

Eme soy dijo...

Como siempre César, una se encandila con sus palabras ordenadas y bien puestas que dicen mucho más que cualquier imagen.

Saludos.
María

César Bardés dijo...

Ojalá fuera así, estimada María. En todo caso, por lo menos se intenta. Fantástico como siempre tu trabajo de investigación en el que se aprende como en la mejor clase y, en cuanto tenga un ratito, ya sabes que dejaré un pequeño comentario en el blog que compartimos. Un beso y gracias.

Raquel dijo...

Si no hubiera visto la película te aseguro que leyendo esto desearía verla. Amas el cine hasta la extenuación, no hay duda. Genial la metáfora de la torre hundiendo su joroba.
Esta vez lo siento por Neville, pero me ha gustado más tu artículo que la película.

Un saludo

César Bardés dijo...

Bueno, bienvenida por estos lares, Raquel. Ya sabes que ésta es tu casa y que estamos a tu disposición para lo que quieras. Vaya primera aparición que haces, sacándome los colores. Probablemente, si Neville viviera y leyera el artículo me lo alabaría tanto que sonaría a falso. Y no lo digo por casualidad. Dicen que su gran amigo Tono (te recomiendo la lectura de su "Diario de un niño tonto") se compró un seiscientos y fue a enseñárselo a Neville. Fíjate, a Neville, hombre de carrera diplomática, muy acomodado, con tres cochazos en el garaje y demás. Bueno, pues cuando Neville vio el seiscientos no dijo más que esto:
- Tono, ¡es precioso! ¡qué cochazo! ¡No comprendo cómo eres capaz de haberte comprado este cochazo! ¡Es fantástico! ¡Qué coche, Tono, qué coche!
En todo caso, Raquel, ya quisiera yo hacer algo que se pareciera aunque sólo fuera un poquito a lo que hacía Neville. Gracias por tu comentario y por todo este ánimo que me has transmitido.

Chus dijo...

Felicidades por el artículo amigo. Es muy bueno.

Un abrazo.

César Bardés dijo...

Muchas gracias, Chus. Ya te digo que no llego ni a la suela del zapato de todo lo que merecería la película pero siempre sirven esas palabras para animarme a mejorar. Un abrazo.