viernes, 6 de junio de 2014

LA LISTA DE SCHINDLER (1993), de Steven Spielberg

Hoy hace un año que se fue mi padre. Me descubrió un mundo de películas porque amaba el cine, porque su infancia estuvo poblada de héroes y princesas, porque le gustaba soñar. En los últimos años, no se cansó de repetir que la última gran película que había visto era esta. Así que por él va, por uno de los cinéfilos más geniales que he conocido, por uno de mis mejores amigos, por mi padre.

Más allá de los abismos de unas hojas mecanografiadas se extiende la oscuridad de la muerte. En su rectángulo de papel brilla la luz de las velas que simbolizan la vida como valor supremo de una existencia que estuvo condenada al mayor de los sufrimientos. Solo porque a un hombre se le ocurrió la idea de gastar todo su dinero para salvar más de mil trescientas almas. Su talento como hombre de negocios se aplicó a comprar vidas y mantener la esperanza. Con sus defectos de vividor, supo mirar para convencer, para encandilar, para, incluso, apelar a la erótica del poder de la decisión entre la vida y la muerte de unos miles de personas inocentes para que el insensible, el monstruo, tuviera algo de piedad en su interior aunque solo fuera por unos instantes. Los cánticos judíos entonan oraciones de muertos que, en el fondo, suplican por vivir. Vida y muerte, todo reunido alrededor de una lista de nombres. Y mientras el dinero se fuga, tal vez, porque siempre tiene ganas de evadirse.
Un rojo en medio del gris, la palabra justa en la situación crítica, una idea brillante en medio del caos de una guerra y de la decidida exterminación de todo un pueblo. Los disparos suenan secos, implacables, crueles. La sangre apenas se confunde con el frío y basta una palabra en contra para perder la vida. ¡Qué fácil es perder la condición humana! Unos la extravían embebidos por la crueldad, por la seducción de no sujetarse a las normas propias del derecho natural. Otros la pierden porque les es arrebatada por la brutalidad, por la injusticia y por un odio visceral. Los cuerpos quemados levantan una humareda que lleva a un soldado a gritar de desesperación porque no puede soportar tanto horror amontonado. La intimidación es un arma que no se puede tocar pero se puede sentir penetrando en los huesos y acabando con el espíritu. Solo la risa histérica de las mujeres en unas duchas verdaderas o el ingenio de los niños puede combatir el miedo con admiración. En aquellos tiempos, el hombre escogió el asesinato indiscriminado. Y siempre deberíamos volver la mirada hacia aquellos días para tener la certeza de que, por vergüenza, por dignidad y por justicia, nunca más debería haber ocurrido algo así. Y, sin embargo, sí ocurrió.
Siempre he pensado que La lista de Schindler es una película extraordinaria, un acercamiento clarividente a lo que pasó en unos tiempos de locura y de crimen en la piel de los inocentes solo por el hecho de pertenecer a una raza. Spielberg supo lo que quería desde el principio, aunque quiso ofrecer primero la dirección de esta película a Billy Wilder que la rechazó alegando que “yo ya no estoy cerca de la gente para llevar adelante esta historia”. Muchas críticas tuvo el director con respecto a ese epílogo que muestra a actores y personajes reales llevando su particular homenaje a la tumba de Oskar Schindler pero, salvo la elección del color, creo que es algo que carece de importancia. No tanto esa escena en la que un Schindler que ha sido dibujado durante toda la historia como alguien capaz de sobreponerse a todo sentimiento, que negocia con los asesinos, que gana dinero con ellos y luego también lo gasta con ellos, en la que es homenajeado por la misma gente que ha salvado con el regalo de un anillo y él comienza a llorar creyendo que vendiendo el coche o la insignia podría haber salvado diez o doce vidas más. Una escena que habría quedado redonda recogiendo el anillo del suelo con ansia por no perderlo y alejándose como un fugitivo.

Pecado mínimo para una película enorme, lo reconozco, que debería ser de obligada visión en las escuelas y que resulta modélica en cuanto a su forma y contenido. Spielberg hizo que pensáramos cuántas veces se ha puesto precio a la vida humana. La respuesta es que esa vida no tiene precio.

4 comentarios:

dexter zgz dijo...

Uff, cuántas emociones así de golpe.

Viniendo aquí escuchaba por la radio la noticia del aniversario del día D y mi mente cinéfila ha volado precisamente hacia Spielberg.

Recuerdo perfectamente la noche en la que asistí al estreno de "La lista de Schindler". Salí mudo y sobrecogido. Despúes comencé a oír las primeras voces discordantes, todas apuntando a lo de siempre: que si es blanda y superficial, que si se le ve el plumero, que si... Pamplinas.

Y sí es verdad que ese final por ejemplo en manos de otro y en otro contexto hubiese podido resultar más cuestionable. Spielberg lo cubre todo con tal capa de emoción y sensiblidad que no hay opción.

Billy Wilder dijo nada más ver la película que se paso todas las escenas en las que aparecen los vagones de la muerte intentando localizar a su madre entre los hacinados. Con eso se dice todo. Además de ser una obra de arte, es un documento que en efecto debería ser obligatorio en las escuelas.

Abrazos emocionados

César Bardés dijo...

Es muy curioso que todos se hacen eco del día D y que, si visitas blogs de cine, ninguno habla sobre las películas que tienen como tema principal el desembarco de Normandía. Pasan por encima de "Salvar al soldado Ryan" y de "El día más largo", en parte porque hay muchos que no conocen la segunda y la primera está más que hablada. Como esta fecha es tan señalada para mí, he preferido aunar los dos acontecimientos y creo que no ha sido mala la elección.
Steven Spielberg ofreció a Billy Wilder la dirección de "La lista de Schindler", se ofrecía a financiarle y a buscarle una compañía de seguros que quisiera arriesgarse con él. Wilder lo rechazó diciendo: "Steven...¿crees que yo todavía sé cómo es la gente?". Cuando la vio dijo una frase que se me ha quedado grabado: "No sé si yo hubiera dirigido La lista de Schindler mejor de lo que lo ha hecho Steven Spielberg, pero, desde luego, lo habría hecho de otra forma". Muchos le tildaron de arrogante...yo creo que era una autocrítica. Él sabía que era una película muy difícil de superar y, probablemente, sea una película definitiva sobre el tema.
Es cierto, con esta película, no hay opción.
Abrazos fuertes, únicos.

CARPET_WALLY dijo...

Os puedo dar una buena noticia, al menos en el Instituto de mis hijos, se oporyecta "la lista de Schindler" ( en varios días porque no cabe en una sóla hora de clase) creo que es en Sociales (Historia), pero podia ser en Ciudadania (que aun se imparte pese a Wert).
Tras verla mis hijos me la pidieron para volver a verla en casa y descubrí extrañado que no la tenía. Caso resuelto me fui al Vips y la compré encima de oferta.
ya llevamos varias conversaciones ( no cinematográficas precisamente) desmenuzando la película, la historia más bien...y hay una parte que no puedo solucionarles porque yo mismo no tengo la respuesta...¿Como podía ser posible que sucediera?

A mi me parece también una película excepcional, no encontraba ninguna justificación a las críticas habituales a Spielberg, el final es emotivo y tal vez forzado, en el sentido de que juega a tocar de forma definitiva nuestra vena más sensible , como si a estas alturas no estuvieramos ya deshechos, pero lo que muestra es un final que nos reconcilia con la especie humana, algo que hasta ese momento nos estaba costando quizá demasiado. la crítica a ese final también se le hizo a Tornatore tachando de tramposo el final de "Cinema Paradiso"...como si emocionar tuvisese que estar penado.

Recuerdo de esta película con especial impacto las muertes secas del disparo a quemarropa, mucho más reales que las previsibles en cualquier película de estetipo...alguien chillando, alguien corriendo, alguien rezando, alguien llorando...y acontinuación un disparo y un guiñapo donde antes había un ser humano. Tan veraz y tan terrible.

Un gran post...un inmejorable recuerdo.

Abrazos a tu lado.

César Bardés dijo...

Hay que reconocer que los dos habéis sabido tener una elegancia absoluta en una fecha tan señalada para mí. Gracias por ello. Hay cosas que no tienen precio.
Tengo la suerte de que mi mujer sí es bastante conocedora de todos los entresijos del nazismo porque lo ha tenido que estudiar y desmenuzar con mucho cuidado y tino así que, aunque todavía no se la he puesto a mi hijo, está ahí esperando a que se le dé la salida para que hagamos lo mismo que haces tú con los tuyos, Carpet. Es más, os contaré un secreto. No sé la versión de vídeo que tienes pero si la tienes con la parte en la que los alemanes, cuando hablan, tienen subtítulos, los puso ella.
Aplaudo esa parte humanista que intentas transmitir y eso es maravilloso para un hijo, una deuda impagable, tal y como mi padre hizo conmigo.
Sí es verdad que el final que impone Spielberg es, además de una tuerca más hacia la emoción, una especie de reconciliación con la raza humana, una esperanza en las nuevas generaciones para que aquello no se vuelva a repetir nunca más.
Yo también tengo un recuerdo impactante de esas muertes, de cómo la vida se escapa con un estampido, de cómo parece que se cortan los hilos de la vida y no queda más que un muñeco. Especialmente recuerdo una de las primeras muertes, la de la chica que es arquitecto (me niego a escribir arquitecta) y avisa a los nazis de que el edificio que están construyendo se va a derrumbar. Como premio por el aviso, una bala en la cabeza y, a continuación, el oficial da orden de derribar el edificio y volver a empezar. Todavía se me pone la piel con un tacto parecido al de la lija. Qué terrible, qué terrible.
Gracias por vuestros abrazos. Son inmejorables y también un tesoro. Es la vida palpada.