martes, 17 de febrero de 2015

OCHO Y MEDIO (1963), de Federico Fellini

La semana pasada se me olvidó incluir en el blog el debate que sostuvimos en "La gran evasión" sobre "Solas" con la invitación muy especial que hicimos a Carlos Álvarez-Nóvoa para que nos hablara de la película. Si aún queréis escuchar todo lo que dijimos podéis hacerlo aquí. Así mismo estuvimos el martes pasado hablando sobre "La mujer del cuadro", de Fritz Lang, todo un rato de ensoñación que también podéis escuchar si os apetece aquí. Hoy hablaremos sobre esta magnífica película sobre la angustia de la creación de Federico Fellini.

La vida es un guión que no tiene ningún sentido. Por la imaginación real pueden pasar mujeres alocadas, mujeres locas, mujeres pocas y mujeres ocas. Da igual. A todas hay que mantenerlas a raya con un látigo o si no te devoran cual fieras en la pista central de un circo. Es fácil tomar una copa en una terraza soleada y quedarse ensimismado pensando en que esa chica que está un par de mesas más allá tiene una historia de amor contigo. Apasionada y falsamente. Y es que, a veces, el cine es más real que la propia realidad. Una realidad que golpea con preguntas inútiles, que arrastra hacia el nerviosismo más diletante, que inutiliza al que se atreve a vivir. La fantasía es más placentera, es moldeable, es un refugio pero también tiene algo con lo que aprendes y vives. Es la magia que parece que se esconde entre las sucias casas grises que esperan siempre el regreso del trabajo. Sí, ese trabajo que parece también algo extraordinario cuando, en muchas ocasiones, es tan aburrido que dan ganas de tirarse por el balcón. La luz, amigo, la claridad. Sí, es eso que esquiva la mirada y el pensamiento cada dos por tres. O cada ocho y medio.
Y es que incluso los momentos de solaz están extraídos de una mente corrupta que lucha por acabar con esos instantes con la mayor celeridad. No basta con coger elementos reales para hacer una película, hay que coger lo mejor de las ensoñaciones para dar a todo un aire caótico y ciertamente coherente. La copa quema en el interior y siempre viene el pelmazo de turno a sacar a la persona del momento. Cuánta estupidez. Cuánta nadería. Lo importante de la vida es la vida misma y no cómo ganárnosla sin reparar en los minutos que pasan por el corazón y por el sentimiento aunque se puede aceptar que esos sentimientos estén tan vacíos como una cámara que va grabando mecánicamente todo cuanto pasa por delante de ella. En el fondo, la mente es el circo donde se recrean las más fabulosas atracciones, donde está el verdadero espectáculo. Lo otro no es más que una pobre sesión continua llena de chapuzas en la que el director es un auténtico lerdo con ínfulas. La peor clase de lerdo que hay.

Federico Fellini llenó sus fantasías de comedia y puso a Marcello Mastroianni para llevar adelante sus inquietudes en esta película que, quizá, sea la mejor de toda su filmografía. En todo caso, eso no es más que una frase que, probablemente, no haga sino atormentar al gran director italiano mientras se encierra, una vez más, en su delirante imaginación en la que la mujer ejerce de crítica feroz de su forma de vivir, aún peor que esos falsos intelectuales que se dedican a juzgar sus películas. Y es que el circo no debe parar. Al fin y al cabo, solo quedan ocho y medio para acabar la función. Algo más que un número perfecto. Quizá una oronda mujer sentada esperando a que la extraviada fracción vuelva de su paseo por las nubes.

2 comentarios:

Raúl dijo...

Y sin embargo siempre nos quedará el magnífico blanco y negro de esta gran película, las secuencias de los sueños que quedan marcadas en uno para siempre, y las magnificas mujeres del reparto, entre ellaa Claudia Cardinale como la más bella, Cardinale es real o una ensoñación más? Cuando una ve esta película más de na vez va entendiendo que no es tan rara como a uno le pareció en un principio, que es eso, realismo ambiguo, la historia de un artista que vive una crisis mientras intenta crear.

César Bardés dijo...

Yo creo que Claudia es una ensoñación más como la mujer ideal, inalcanzable. Esa que sería la protagonista de todas tus películas y, sin embargo, resulta siempre tan difícil de encontrar. La misma dulzura encarnada en unos ojos, en unos labios, en una ensoñación de mujer. Quizá la aparición de una mujer como esa a tiempo hubiera dado lugar al rodaje de la película de Guido Anselmi.