miércoles, 25 de noviembre de 2015

EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE (1957), de Jack Arnold

Menguar hasta ser una minúscula gota de polvo que, poco a poco, se va fusionando con el universo. Contar cada vez menos porque tu mujer ya no te ve como un hombre sino como un niño que cada vez tiene menos estatura moral y física. Una nube radioactiva que pasa dejando una estela de purpurina y maldición y que se convierte en una condena hacia la nada más tremenda y absoluta. La casa, que, poco a poco, se va convirtiendo en una cueva gigantesca hasta tener que ser recluido en una estúpida casa de muñecas. El gato que se convierte en una bestia salvaje, consciente de su superioridad y que quiere engullir una presa fácil. La araña que se transforma en un monstruo insalvable e invencible, instintivo y depredador que quiere tejer su tela con un ser inferior que apenas puede defenderse. La caja de cerillas que, por momentos, se erige como una guarida ideal con puerta de observación y acogedora en un silencio gigante que apresa y oprime…Objetos cotidianos que pasan a ser, por culpa de la inferioridad, armas letales, baluartes defensivos o trampas con olor a muerte. El hombre ya no es un hombre, es un ratón. Y después es una mosca. Y después es menos. Y después es nada. Y después no existe. Y después…

Imaginativa y terriblemente incómoda es esta historia de Richard Matheson llevada al cine con la modestia asumida de una serie B pero efectiva como muy pocas películas del género fantástico han llegado a ser, El increíble hombre menguante no deja de ser una parábola brillante sobre la insignificancia del hombre dentro del universo infinito que lo contiene. Apenas una mota de polvo que surca el aire que se respira abulta más que el ser humano que, a pesar de todos sus avances, de todas sus responsabilidades y de todos sus miedos, no influye en el mayor misterio de todos que es el orden universal, el sobrecogedor teatro de marionetas que hace que todo esté sostenido por los hilos invisibles de un extraordinario rompecabezas gravitatorio. El hombre no es nada, por mucho que influya, por mucho que invente, por mucho que destruya. Es un leve inconveniente fácilmente eliminable. Más allá de eso, también forma parte del misterio que envuelve cada uno de los movimientos cósmicos aunque sea un interrogante que apenas merece la pena resolver. El más leve de los estremecimientos puede que sea algo desoladoramente devastador en la vida del hombre y cada vez, arrogante como es, cree que tiene más importancia, que es decisivo, que forma parte de un equilibrio que, sin él, se resquebrajaría cuando ni siquiera se oye su voz en medio del enorme espacio del que forma parte. Es la contradicción primigenia. Es la verdad dicha de forma barata, cercana, disfrazada de ciencia-ficción, conmovedora y absolutamente sincera a pesar de su fantasía. El hombre no es nada. Y como no es nada, dejo de escribir porque siento que mis letras se van haciendo pequeñas, ínfimas, minúsculas, microscópicas, meras bacterias sobre el blanco universo de la creatividad más caótica.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

¿Por qué una historia como esta si se hiciera hoy necesitaría de un presupuesto millonario y de una superproducción que no escatimara en gastos? ¿Por qué sería inevitablemente carne de blockbuster? ¿Por qué estos tipos lo hacían todo tan sencillo? ¿Por qué hemos tenido que llegar a esto?

Y ¿porqué te voy a tener que dar ahora un abrazo?

César Bardés dijo...

Porque si no hay una encuadernación lujosa, apenas llama la atención y el público, tan poco formado en ir al cine, no se lo traga sin esa encuadernación, aunque luego la película sea mucho más decepcionante que su envoltorio.
Por culpa de esa misma encuadernación lujosa que la envolvería y haría de ella un producto de consumo rápido y aún más rápido olvido.
Porque eran unos tíos que sabían lo que se hacían, creían en el talento y no en los efectos especiales y creían realmente que el mejor efecto especial era el más realista.
Porque el público se ha ido atontando cada vez más. Es triste decirlo pero no sé quién dijo una vez algo así como que "solo con los años nos daremos cuenta del inmenso daño que ha hecho al cine una película como La guerra de las galaxias".
Porque soy tu amigo.
Porque sí.