martes, 27 de septiembre de 2016

LA DAMA DE SHANGHAI (1947), de Orson Welles

Mil veces muerto por una mujer que me devoraba las entrañas y que hacía de mí un muñeco que manejaba a su antojo. Mil veces muerto por nadar en una piscina llena de tiburones que se lanzaban en busca de la carnaza necesaria para comerse unos a otros haciéndose el mayor daño posible. Mil veces muerto porque tuve que aprender a dejar de amar para hacer justicia y que los tiburones siguieran su instinto. Ella me deslumbró, me agitó, me hizo sentir especial después de tantos años surcando los mares y dejando una botella vacía en cada puerto. Ella era el sueño, la gloria, la verdad, el infinito. Su mirada me desarmaba, sus gestos me hechizaban, sus palabras me atraían. Ella era el todo que yo siempre había ansiado. Hasta que pude ver todo lo que se escondía detrás. Una serpiente que utilizaba sus encantos para atraer a los más incautos y llegar al final de su ambición. Una ambición que había empezado muchos años atrás, en algún burdel de Shanghai. Bien pensado, la trampa era demasiado fácil. Si yo había caído ¿por qué no iban a caer muchos otros de la misma manera? Mil veces muerto. Pero ahora ella ya está agonizando y yo tengo que atravesar la verja para ser libre de nuevo.

Todo empieza con la peor secuencia que nunca dirigió Orson Welles para luego construir una trama apasionante y absorbente, que no deja de ser una confluencia de reflejos en los que no se sabe a quién se apunta. Rita Hayworth aporta toda la inocencia a un personaje que muerde letalmente a todo el que se acerca. Everett Sloane revela al inquietante abogado Arthur Bannister que está rendidamente enamorado de ella, hasta tal punto que matarla a ella es matarle a él pero está bastante harto de los dos. Y a partir de ahí se erige todo un edificio de pasiones soterradas, de frustraciones inquietantes, de engaños fraudulentos y abrumadoramente retorcidos, propios de unos personajes que nadan en el mal y se regodean en él. El marinero al que interpreta Orson Welles es un rudo irlandés que trata de ver claro en medio del bosque de trampas que se le tienden, de las sombras que se mueven, de los besos que se escapan. Y todo es turbio como el agua de los tiburones, donde los ataques no se ven y los oídos siempre escuchan, donde la muerte se aparece con rapidez y la visión se tiñe de lujuria y codicia. Todo está preparado para morir mil veces con heridas en el corazón, en la mente, en el raciocinio, en la locura, en lo grotesco, en el diálogo tan afilado que acaba en punta. No es fácil escapar a los tentáculos de un cerebro diabólico que enfrenta pasiones con deseos, que espera la lucha a muerte entre el amor y la ambición, que sucumbe ante el abandono y el desprecio. Porque esa es la última y única solución. Porque morir, al fin y al cabo, también es un desaire de la vida. Naturalmente matarte a ti es matarme a mí pero ¿sabes? Estoy bastante harto de los dos. Y si hay que romper todos los cristales en los que te reflejas y morir en el intento, no importa. Solo será una vez más.

4 comentarios:

dexter zgz dijo...

Bueno, espero que nunca jamás se haga un remake de esta película, o al menos que Antoine Fuqua no sea su responsable.

En cualquier caso a mí me queda el singular homenaje que le dedica Woody Allen en la divertida "Misterioso asesinato en Manhattan". La película la recuerdo como una trama farragosa en exceso con momentos inolvidables como el citado, en la que Welles hace gala una vez más de su virtuosismo (que no negaré que en ocasiones me carga un poco).

Abrazos mirándome al espejo

César Bardés dijo...

El problema de Welles es su barroquismo estética que intenta bombardear en todas y cada una de las imágenes que presenta. Tengo que reconocer que Welles es una de mis debilidades, no solo por sus puestas en escena, tan cercanas al expresionismo, sino también por los temas que aborda que casi siempre tienen relación con el poder y con sus distintas expresiones. Esta película no es más que una película de cine negro y, como tal, su trama es farragosa para apuntar a la única que es culpable desde el principio de todo y que Welles se encarga de no mostrar en ningún momento tal cual es y no es otra que Rita Hayworth. Yo creo que la secuencia de los espejos es memorable (homenajeada cumplidamente por Woody Allen, sin duda, hasta incluye al cojo) pero también tiene otros momentos memorables como el personaje Welles diciéndoles a todos que son como tiburones que se devoran unos a otros, como la parodia de juicio que ejecuta Bannister para salvar al personaje de Welles, el marinero O´Hara, porque ya se está oliendo que su mujer es la culpable de todo y, en el fondo, fastidiarla (ella, a pesar de su rostro inocente, no quiere nada bueno para Welles).
En todo caso, para mí, de un argumento discutible (famosa es aquella anécdota de cuál es el origen de la película), Welles articula una película excepcional, incluso muy cerca de la obra maestra. Eso sí, la primera secuencia, la del asalto a Rita en Central Park parece dirigida por un principiante que no tiene ni idea de dónde colocar la cámara.
Abrazos con los cristales por los suelos.

CARPET_WALLY dijo...

A mi me parece. sin embargo, una película apasionante en la que nunca estoy del todo atento a lo que me cuentan pero si al como me lo cuentan. Bueno no, tampoco es eso, digamos que lo que pasa en la pantalla me atrapa tanto que no me importa el todo que me cuentan. Y eso, amigos, si me habéis leído en otras ocasiones donde tanto he comentado que la suma de muchas partes buenas de alguna película no me satisface porque el todo se me queda muy por debajo, es en este caso, con esta película, una contradicción a mi forma de ver el cine.

El caso es que las escenas (la peor o la mejor rodada), virtuosas o cargantes, a mi me parecen hipnóticas y esa Rita rubia me acapara todas las miradas, tanto o más que en "Gilda". Y la escena del yate es casi un poster mental en mi memoria.

Abrazos reflejados

César Bardés dijo...

Es fascinante su puesta en escena aunque entiendo que haya gente a la que le resulte cargante. El propio Welles, en su entrevista-libro con Peter Bogdanovich lo resumía muy bien en esa secuencia del acuario en la que Rita y él se besan. Cuando la reveo siempre me acuerdo de lo que decía y era que puso algo demasiado atractivo para que la gente estuviera atenta a la misma trama, porque, además, lo que dicen era muy importante pero nadie se enteraba de lo que decían porque la potencia visual del momento atraía la atención mucho más que las palabras. Welles concluía diciendo que, si volviera a hacer la película, no rodaría esa escena igual, se verían en un zoo o en cualquier otro sitio porque hizo que la imagen estuviera por encima de la trama.
En cualquier caso, tienes toda la razón con tu apreciación de Rita. Está fascinante. No sé cómo no se llegó a ver en aquellos años porque está aún más atractiva que en "Gilda" y resulta una de las "femme fatale" más inquietantes de todo el cine negro con ese aire de inocencia enamorada cuando en realidad es una bicha de cuidado. Y es que en ningún momento deja de tener ese aire de inocencia enamorada, ni siquiera cuando Bannister ya la pilla con las manos en la masa, al igual que O´Hara. Sigue acudiendo a ella para que O´Hara la ayude. A mí me parece que es magistral, sencillamente.
Abrazos desde el timón (por cierto, era el barco de Errol Flynn, el famoso "Zaca")