viernes, 20 de septiembre de 2019

EL QUINTETO DE LA MUERTE (1955), de Alexander MacKendrick



No hay nada mejor que ensayar un tranquilo quinteto de cuerda con unos amigos. Y más aún si se hace en la casa de una venerable anciana que disfruta con la música como nadie. Todo tiene que permanecer en esa especie de tranquilidad inglesa que nadie más puede proporcionar. El té, las atenciones, la educación, las reuniones, Boccherini… ¿qué más podría desear un melómano? Y, desde luego, el profesor Marcus emana una especie de perfeccionismo obsesivo que tiene que ser, a la fuerza, el signo inequívoco del talento. Aunque hay algo en su mirada que parece desafinar con el resto de sus intenciones…pero eso son chaladuras de anciana. Si unos individuos desean fabricar algo de belleza… ¿quién es una pobre vieja para decirles que no deben hacerlo?
Sin embargo, el profesor Marcus guarda unas oscuras intenciones bajo las cuerdas de su instrumento y es, naturalmente, que esos cinco individuos que van todas las tardes a ensayar a Boccherini, en realidad, van a planear y a ejecutar un atraco del que la pobre ancianita es la tapadera perfecta. ¡Si hasta tiene unas relaciones cordiales con el guardia del barrio! Más respetabilidad, imposible. Los problemas se suceden para estos malvados facinerosos que se quieren llevar el dinero en un estuche de contrabajo y, poco a poco, uno va creando adicción a estos personajes que están descritos con una cámara inocente, innovadora y, a la vez, hilarante. Permítanme utilizar este adjetivo que parece, a primera vista, tan sumamente británico. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que aquí no sobra nada, ni falta nada, es la película perfecta en una historia encajada. Y ahora, si me dan su permiso, voy a coger una pastita.
Alec Guinness demuestra lo enorme que era cuando decide caracterizar a un personaje y mostrar todo su talento creativo y versátil al servicio de lo que se está contando. Sin olvidar a la inolvidable señora Wilberforce, admirablemente bien interpretada por Katie Johnson y, por supuesto, a esos gañanes adorablemente torpes interpretados por Cecil Parker, Peter Sellers, Herbert Lom y Danny Greene, que, protegidos por el maravilloso guión de William Rose y la ejemplar dirección de Alexander MacKendrick, consiguen que ese quinteto que es incapaz de hilvanar dos notas con algún sentido en un pentagrama ofrezcan toda una obra maestra de la comedia más negra.
Así que no olviden mantener la farsa hasta el final, pongan en su sitio los cuadros, no dejen que se tuerzan, denle cuerda al gramófono y vayamos a hacer un atraco perfecto que no tiene parangón. Los Hermanos Coen cayeron en la tentación de repetir la hazaña, pero cayeron en la cuenta de que todo esfuerzo era inútil. La verdadera representación está aquí, con sus impecables papeles pintados, su casita de muñecas, su coartada y su huida precipitada. Todo lo demás es puro fingimiento y, eso sí, estos individuos, si se hubiesen dedicado a la música, hubieran perpetrado un atraco en el oído que aún resonaría en la cueva de nuestros sufridos tímpanos.

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