martes, 23 de septiembre de 2008

EL DISCÍPULO DEL DIABLO (1959), de Guy Hamilton


Las marionetas de la tiranía siempre son derribadas por la rebeldía de los grandes. Cuando la injusticia es hermana de la represión es cuando estalla la ira de los que no se conforman. En unos, el amotinamiento es su estado natural y se les bautiza por parte de los que atisban la derrota como los discípulos del diablo. En otros, cuando tienen la seguridad de que están ungidos por la mano de Dios es el instante en el que encuentran el camino de la oposición y de la lucha más justa. Al fondo, en el lado de los conquistadores, siempre habrá un hombre que tenga la certeza de que la victoria no es posible porque “si pierdes la huella, pierdes la herradura; si pierdes la herradura, pierdes el caballo; si pierdes el caballo, pierdes la bota; si pierdes la bota, pierdes el jinete; y si pierdes el jinete…pierdes la guerra”.
En medio de tanto ruido y tanta furia, una mujer pierde la dirección de sus sentimientos y, en el amor, todo se torna rebeldía. Batirse por una causa justa, por librarse de la bota que oprime, es la nobleza en guerra…pero nunca es heroísmo. Es suplantarse a la hora de afrontar la muerte para que otros puedan vivir en una tierra que les pertenece. Las marionetas seguirán marchando y arrollando todo a su paso, poseídas por la arrogancia del uniforme y por la presunción de superioridad pero precisamente ahí es donde comienza la pérdida…y la razón se convierte en un arma tan poderosa como una sepultura que habla por sí sola, como una amistad que es el lazo que mantiene a toda una rebelión, como un grito de aviso advirtiendo la llegada de los temidos aunque vulnerables casacas rojas.
Esta es una de esas grandes películas desconocidas que constituyeron un sonado fracaso en su estreno y que, revisadas hoy, se erigen como un certero retrato de lo que hizo triunfar a lo que parecía imposible. Y en la unión de dos amigos del alma como lo fueron Kirk Douglas y Burt Lancaster se trasluce una historia de camaradería, sacrificio y grandes pinceladas de humor que se convierten en rifles contra el invasor. Frente a ellos, un caballeroso y descreído Laurence Olivier que, obligado a ejecutar órdenes, nunca cree en vencer y que se ríe, con una sonora carcajada interior, de todos aquellos que pertenecen a su bando y que se empecinan en instalarse en la superioridad falseada. Dirigida con maestría en las trepidantes escenas de acción por Guy Hamilton y basada en una obra teatral de George Bernard Shaw, no se puede dejar de sonreír al verla. Con una sonrisa de rebeldía. Con una sonrisa de inteligencia. Con una sonrisa de buen humor. Con una sonrisa de complicidad…Entre otras cosas porque, en realidad, nunca sabremos con sinceridad quién es el discípulo del diablo.

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