martes, 27 de enero de 2009

LA CHICA DEL ADIÓS (1977), de Herbert Ross


Cuando te han dicho demasiadas veces adiós no te atreves a cruzar de nuevo el puente de tus sentimientos. El descreimiento ha alquilado un rincón en tu interior y ya no puedes soportar una decepción más porque te derrumbarías como un edificio en ruinas, agotado de tanto tiempo pasando por encima, desconchado de tanta herida provocada por el viento y la lluvia que pasan, dejan su rastro de ladrillo desnudo y se van. Y un día más, estás sola. Llega un extraño que siempre finge ser un extraño porque es otro actor, uno más de los que han utilizado tu amor, tu cariño y tu comprensión mientras no tenían otro apoyo. Los actores son volubles, ten cuidado…y nunca sabes cuándo dejan de fingir.
Cuando te has encontrado demasiadas veces con el silencio del fracaso es difícil decir que no a una oportunidad para demostrar el talento con tu interpretación. Vivir muchas vidas en una sola sólo está al alcance de unos pocos y, a veces, las bambalinas se llevan en la sangre, esa misma sangre que derramas cada vez que sube el telón. No importa que un inútil, de los muchos que hay por el mundo, te diga que Ricardo III era un mariposón con pintas cuando una de sus motivaciones es llevarse a la cama a Lady Anne. Tú sólo quieres que el telón se alce y sacar jugo de actuación a un carácter equivocado. Y vuelves a toparte con el fracaso, con el crítico demoledor, con el público indiferente, con la oportunidad perdida. Tal vez si te encuentras frente a las candilejas sientes como si encontraras un nuevo amor…y puede que te utilice sólo esa noche y luego te eche a la calle.
Cuando un actor y una bailarina se encuentran por casualidad, por un equívoco de alquileres y deciden seguir adelante, saben con seguridad que el beso será el aplauso para uno y la seguridad para la otra. La inestabilidad de sus profesiones sólo puede ser una continua representación de puertas adentro para demostrar al otro que se ama, que se puede amar, y lo que es peor, que se puede seguir amando.
Neil Simon escribió la obra en la que se basa esta maravillosa película dirigida por Herbert Ross y que contó con la mujer de Simon, Marsha Mason, en el papel de esa chica que, en trance de ruina, se olvidó de cómo decir sí a la vida; y a un insuperable Richard Dreyfuss (galardonado con el Oscar por este papel) que se ve obligado a tocar un buen puñado de registros interpretativos para dar vida a ese actor que se convierte en el contrapeso del desequilibrio y que, en una noche de despedida, deposita un rayo de esperanza en alguien que ya no merece ningún adiós.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta mucho esta película y recuerdo que lloré mucho cuando la vi. Si no recuerdo mal la protagonista se llamaba Paula. Ya sé que este dato no tiene ninguna importancia pero para mí sí la tiene. Otra película de adioses, de descreimientos, de decepciones. Geniales los dos protagonistas. Recuerdo una escena bajo la lluvia, preciosa. Pero la tengo muy olvidada. Me encanta ese cartel. Muy bonito.
Gema

César Bardés dijo...

Yo siempre recuerdo esta película con una sonrisa, tal vez, porque a través de la decepción de ella se desatan una serie de diálogos que se ríen de nuestras propias realidades. Sí, es una película de adioses, de descreimientos y de decepciones pero el final, esa escena bajo la lluvia asegurándola que volverá a por ella, deja una puerta abierta a la esperanza. Me alegro que te guste el cartel, he intentado buscar alguno igual pero en mejor estado y ha sido imposible.

Nuevepornueve dijo...

Uff... Madremía. Vengo de 2021. Esto de 2009 me ha dejado en shock. Sólo he visto La chica del adiós una vez y no entiendo porqué, la verdad. Ahora me están dando ganas de volver a verla, no sin mucho miedo de no ser capaz de asimilar el reencuentro bien. Es una de las historias con más "puñetazos al estómago" que recuerdo. Dreyfuss está para firmarle un contrato de por vida. Gracias, mil gracias.

César Bardés dijo...

Es de 2009, pero estoy seguro de que, si lo hubiera escrito ayer, el artículo no sería muy diferente. Por eso, me atrevo a deslizar el enlace en Twitter.
Sí, es una película que te da unos cuantos puñetazos en el estómago en cuanto, sobre todo, a desengaños sentimentales, pero tiene una virtud que sólo se puede encontrar en los maravillosos libretos de Neil Simon y es su maravilloso sentido del humor. Yo me he reencontrado varias veces con ella y nunca me ha decepcionado, vuelvo a sentir tristeza con una carcajada, vuelvo a reírme con cara de pena y vuelvo a creer que aún hay gente que es capaz de proporcionar felicidad a los demás.
Gracias a ti en todo caso.

Nuevepornueve dijo...

Cierto. Parte de lo que la hace tan tan buena es la capacidad de sacarte una sonrisa en mitad del drama. Y me parece más cierto aún resaltar la labor del genial Neil Simon, que realmente es el "padre" de la criatura. Estoy descubriendo tu blog gracias a las anécdotas de Twitter y es un REGALAZO. ¡Saludos muy agradecidos!

César Bardés dijo...

Neil Simon es que, en mi opinión, era un auténtico genio. Gracias a ti por visitarlo y por el entusiasmo.