jueves, 28 de abril de 2016

TORO (2016), de Kike Maíllo

No es fácil deshacerse del pasado. Sobre todo cuando es un tiempo de violencia sin demasiado sentido, una época en la que se dejó de ser hombre para comportarse como un animal, unos años en los que se creyó querer pero solo fue el espejismo de las lágrimas que un sembrador, serio, cínico e implacable, quiso plantar en las mejillas débiles de la personalidad juvenil. La sangre correrá para que la vida sea normal y el carácter, una vez más, será la cárcel del individuo.
Después del dolor, la redención. Después de días ordinarios, horas de furia. El cariño es lo único que se posee cuando ya todo da igual y uno llega a tener la certeza de que ha sido el mejor chico de los recados. Los demás han sido todos sicarios sin cerebro, sin empuje, sin gallardía suficiente como para hacer sin pestañear lo que se ordenaba con sequedad. La muerte no es el fin, es el instrumento y queda muy poco para ganarse la libertad. Todo acabará ciego, sin más salida que una orgía de violencia y de rabia que llevaba demasiado tiempo contenida. Solo acabando con todo, todo acabará con el pasado. Aunque haya que penar diez años más. Lo honesto siempre merece la pena.
Michael Mann parece haberse instalado en la Costa del Sol para presentarnos unos personajes ibéricos de la mano del director Kike Maíllo. Mario Casas tiene algún momento en el que empieza a demostrar que puede ser un buen actor. Luis Tosar, con la derrota marcada incluso cuando sonríe, es ese perdedor vocacional que nunca podrá llegar a ningún puerto. José Sacristán, enorme en su impasibilidad santurrona, cínico que se recrea en la oscuridad de su propio carácter, filo hiriente que se clava con crudeza en la carne de cualquiera que estorbe su orgullo. El resultado es una película aceptable, con algún subrayado de más, con alguna visita innecesaria a la violencia sin cuartel, con secuencias muy interesantes dentro de esa estructura que no costaría nada imaginar en cualquier western. Y es que ha habido ganas de agarrar al público de las solapas y exigirle algo de atención porque, al fin y al cabo, el mal puede revestir muchas formas, incluso tras el escondite de Dios y de las vírgenes. Incluso tras el deseo desbocado de querer algo de amor de un padre que nunca existió.

Cuando nada se puede aportar, lo mejor es dejar algo de uno mismo al borde de una despedida y marcharse para no volver. Eso lo saben bien todos aquellos que se han acostumbrado a perder, a involucrar a los demás en un torbellino de problemas que, a veces, quedan suspendidos en el aire pero que no desaparecen en las sombras. Todo por querer más que, en el fondo, es lo que todos queremos. Más. Más dinero. Más amor. Más libertad. Más normalidad. Más humanidad. Más días cuando ya estén agotados. Más sangre cuando la venganza sea sinónimo de egoísta ebriedad. Las lágrimas ya han sido sembradas y resbalan por las mejillas formando surcos de pena. Tal vez porque se fueron los que no merecieron irse. Tal vez porque no hay un lugar en el que, realmente, un hombre pueda empezar de nuevo. Ni siquiera al otro lado de la orilla. Solo queda volver al redil y esperar un perdón que nunca llegará. Quizá la justicia la hagan otros. Puede que la noche sea la devoradora de la venganza. Puede que un último abrazo sea la mejor recompensa.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

No me llama nada, pero lo que se dice nada, esta película. Kike Maillo me sorprendió en aquella primera película suya "Eva", insólita casi en nuestro cine explorando el género de la ciencia ficción. El trailer me fatigó mucho, la historia me pareció más vista que el tebeo (lo de los dos hermanos en un ambiente noir le salió muy bien a Barroso en esa excelente e infravalorada película llamada "Mi hermano del alma". A Tosar cada día lo soporto menos, Mario Casas curiosamente me gusta más en comedia que en otros registros donde me resulta demasiado afectado. Y Sacristán como secundario no sé si será razón suficiente para pagar entreda.

Abrazos cansados

César Bardés dijo...

Está bien, sin tirar cohetes. Tiene alguna secuencia muy curiosa y, desde luego, hunde sus raíces en la estilización de Michael Mann y en la violencio brutal y recreada de Martin Scorsese. Los tres están bien. Por una vez, Tosar deja el soniquete porque su personaje es claramente el de un perdedor y lo hace bastante bien. Casas da el pego como ese joven que iba directamente al precipicio y Sacristán está de secundario, sí, pero sale bastante. De acuerdo en lo que dices de "Mi hermano del alma" pero te voy a decir algo. Está mucho más cerca de "Taxi Driver" que de otra cosa. Especialmente en el final. Está bien, sin hacer fiesta.
Abrazos hemoglobínicos.