miércoles, 16 de noviembre de 2016

CRIMEN PERFECTO (1954), de Alfred Hitchcock

Una llamada a una hora determinada y todo habrá terminado. La tela del pañuelo se enroscará alrededor del cuello dejando la piel agrietada y la garganta cerrada. Es muy fácil, solo hay que apretar con fuerza y nada más. El chantaje es un acicate bastante convincente y todo pasa por la muerte de una dama que ha cometido un desliz extramatrimonial. Claro que unas tijeras se interponen en los planes. Ya se sabe, ningún plan sale como estaba previsto. Las tijeras se clavan en la espalda equivocada y entonces todo tiene que prepararse para que la culpabilidad apunte a la esposa infiel. Fácil y sencillo. Solo hay que mentir con cuidado y decir la palabra justa en el momento adecuado.
Tony Wendice está acostumbrado a las situaciones de presión. No en vano ha sido un deportista de élite así que, con naturalidad y mucha elegancia, no tiene ningún problema en mentir e improvisar con soltura. El peso del marido engañado parece que lo acompaña y si todo va aderezado con una suculenta herencia, mejor que mejor. No ha dejado el tenis para nada. Si uno deja una cosa es para dedicarse a algo más lucrativo. Al chantaje y al asesinato, por ejemplo. El mecanismo de relojería que Wendice pone en marcha para asesinar a su esposa es tan milimétrico que no puede salir mal. Tanto es así que ni siquiera él va a ser el asesino. El trabajo lo va a hacer el Estado.
La llave bajo la alfombra de la escalera, las medias estratégicamente colocadas y enseñadas en el momento oportuno, el dinero cuidadosamente sacado del banco…es la maestría del que sugiere y no la del que muestra con descaro. Tony Wendice busca las respuestas con un movimiento inquieto en los ojos pero jamás pierde la calma. Se sirve una copa, hace un admirable uso de la lógica, desempeña a la vez el cruel papel de instigador del crimen y de amante marido que siempre estará al lado de su mujer, incluso cuando la evidencia conduzca a revelar su infidelidad con Mark Hallyday, un petulante escritor de novelas de misterio que, de vez en cuando, viene a Londres a intimar con la señora Wendice. Un tipo inconformista, ciertamente inteligente, rematadamente impulsivo e ingenuamente honesto. Una coartada perfecta si Wendice se quiere esconder tras él.

Hitchcock dirigió este juguete teatral de Frederick Knott con un uso excepcional de la cámara, haciendo gala de un repertorio técnico impresionante (si exceptuamos su descuidado uso de transparencias) y con un actor como Ray Milland dando una idea de cómo sería Cary Grant en el papel de un asesino. Todo encaja a la perfección y Hitchcock no deja de sugerir en muchos matices la naturaleza de los personajes, como si la película se estuviera desarrollando fuera de campo y el espectador tuviera que actuar también como un detective insistente hasta que las piezas queden compactas y en su sitio. Algo solo reservado a los grandes maestros que eran capaces de hacer muy buenas películas con un material que, a primera vista, podría no ser merecedor de su categoría.  

4 comentarios:

dexter zgz dijo...

Yo creo que es una de las películas más perfectamente planificadas del maestro. Y aunque ya repite fórmulas tanto en lo que respecta a la puesta en escena ("La ventana indiscreta" o "La soga") como a sus habituales recursos argumentales. El tema del crimen perfecto no era nuevo en Hitch, ya estaba en la mentada "La soga", una película que cuanto más la veo más me gusta, o "Extraños en un tren". Todo ello viene a demostrar como Hitch es un género cinematográfico en si mismo. Cuando ves un fotograma de Hitchcock con esos colores, esas transparencias - a mí me resultan hasta entrañables- y esa imaginería tan icónica no hace falta que te digan de quién es. (la escena de las tijeras también es de las que me persiguen)

Me encanta cómo nos manipula Hitch para ponernos siempre en el disparadero y hacernos que estemos siempre del lado del "malo", aunque en última instancia respiremos aliviados cuando finalmente pagan por sus pecados /crímenes. Es algo de lo que toma nota el cine que vendrá después (me viene a la memoria por ejemplo "Ascensor para el cadalso" de Malle). Es una película muy con una elegancia muy en la línea Agatha Christie mezclada con la turbiedad y la ambigüedad de los relatos de Patricia Highsmith.

Abrazos bajo el felpudo

CARPET_WALLY dijo...

No me estoy prodigando mucho últimamente en los comentarios porque estoy en una nueva (y van...) avalancha de trabajo "para ya" como gusta decir. Y pena me da porque muchas cosas comentables en los últimos posts. No importa, aparezco sólo un momento para decir un par de cosas aunque sean topicazos como acostumbro.


La primera es que aunque parezca una peli menor del maestro, nunca aparece entre las obras maestras, está dotada como bien decís de todos los rasgos definitorios de su filmografía y es sin duda una de las más apasionantes y entretenidas (¿alguna no lo es?) del tío Alfred. El ritmo no decae nunca y de hecho la propia presentación de personajes y situación es rápida y definitiva, gracias a la gran capacidad de Hitch de sintetizar lo importante sin perderse en vericuetos o adornos innecesarios.

Dices bien lo de el paralelismo Grant-Milland aunque yo creo que Ray aporta no sólo la credibilidad de ser el malo de la función, algo que con Cary nos costaría más de un disgusto, sino que tiene una ambigüedad que nos hace mucho más sencillo aceptar su diabólico plan. Por otro lado, la Kelly lucía y mucho en "La ventana indiscreta" y sobre todo en "Atrapa un ladrón", pero aquí...¡¡mamma mia!!...es inaceptable que alguien, por mucho dinero que esté en juego, pueda intentar matar a una criatura tan maravillosa. Dice Dex que estamos de parte del malo, y es cierto en teoría, pero a algunos nos parece imperdonable que se intente acabar con Grace...a la horca con él.

Grande Hitch, Grande Lobo.

Abrazos llamando por teléfono.

César Bardés dijo...

Pues estoy totalmente de acuerdo con lo que apuntas, Dex. Desde luego, la película es un prodigio de planificación por parte del tío Alfred y convierte un juguete teatral ajeno en algo propio. Y es cierto que, de alguna manera, el espectador está al lado de Wendice-Milland (por cierto, fantástico en su papel) porque es muy curioso que en todo momento estemos agobiados. Y ya es demasiado tarde cuando nos damos cuenta de que ese agobio es por el personaje del malo, Tony Wendice, porque el público simpatiza con él. No en vano, Hitch, en un alarde de inteligencia, coloca a un actor mucho menos carismático como Robert Cummings en la piel del escritor-amante de Grace Kelly. El público está con Milland, les tiene conquistados. Y sí, al final, respiramos aliviados porque le cogen y no solo eso, le cogen por un estúpido descuido que no ha cometido en todo el resto de la película en la que se nos ha presentado al personaje como un tipo que tiene un especial talento para la improvisación y para la planificación. Está muy bien eso que dices de la mezcla Christie-Highsmith porque, en efecto, nos plantea un crimen y su misteriosa resolución a través de un inspector de policía que, sin mucho esfuerzo, nos podría recordar a Poirot y, a la vez, nos ofrece en todo momento el punto de vista de un malo encantador, acomodado y frío hasta el dolor. Bien visto.
Abrazos telefónicos.

César Bardés dijo...

Vaya, hemos coincidido en los abrazos, Carpet. Hemos subido con apenas un minuto de diferencia nuestros comentarios. Tienes toda la razón también. Yo creo que en ese efecto que comentamos de simpatía hacia el malvado, Grant hubiese estado muy bien y Hitch estaría encantado con ese aire de ambigüedad que tan bien le quedaba al bueno de Cary. Por supuesto, y reitero, sin desmerecer el estupendísimo trabajo que hace Milland, con un punto más de maldad evidente por mucha simpatía que despierte en nosotros. Lo de Grace es de estudio, efectivamente, pero recordemos que, en parte, lo hace por dinero y también por despecho porque está al corriente de las infidelidades de ella con el soso (y algo pesado) de Cummings. Lo cierto es que, efectivamente, Hitchcock se desprende de cualquier desviación de la trama que, en algún momento, llega a ser obsesiva, porque no hay tramas paralelas, no hay ningún momento de respiro. Hitch se centra en el agobio, en esa espada de Damócles que está sobre Wendice y que, sin embargo, se puede levantar en cualquier momento a poco que nadie esté espabilado. Y, desde luego, incide de nuevo en el tema del falso culpable, uno de los favoritos del maestro.
Abrazos desde la foto.