martes, 22 de noviembre de 2016

EL FUGITIVO (1947), de John Ford

Si queréis escuchar el debate que sostuvimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Aguirre o la cólera de Dios", de Werner Herzog, podéis hacerlo aquí.

En una tierra árida, donde parece que Dios no está, hay un hombre que corre porque tiene miedo, porque no sabe superar su debilidad humana y creer en su destino divino. Ese hombre entra en una iglesia entre sombras de creencia para que, a través de su sacrificio, no se pierda la fe. Cree que el consuelo es más importante que cualquier vida humana y por eso, a pesar del terror que siente, está allí donde se le necesita. Comprando vino de contrabando para poder celebrar una misa, consolando a los muertos en sus últimos suspiros, bautizando a los niños que aún no saben lo que es el pecado, intentando predicar con el ejemplo de su conducta que no es más que un testimonio de amor en una época de odio. Es la vieja historia del cordero preparado para el altar. Y es la leyenda del lugar donde nace la valentía.
El alcohol está prohibido y la traición está permitida. Es lo que pasa cuando el totalitarismo se apodera del gobierno y el pueblo es lo que menos importa. No importa la libertad de culto, no importa la libertad de movimiento, no importa la libertad del hombre porque los ciudadanos tienen que adorar, andar y sentir como adora, anda y siente el Estado. Es la monstruosidad del asesinato de la conciencia solo para que una nueva doctrina se instale en todo el país. Y es obligatoria. Y si no lo es, terminara siéndolo. La verdad siempre es asesinada por la mentira y, en algunos rincones de silencio, habrá gente que esté dispuesta a ayudar en la clandestinidad, a jugarse el tipo por salvar, más que al hombre, a lo que representa. Al fin y al cabo, en una época en la que no se cree en nada, es mejor tener a Dios un poco más a mano.
Una cruz esbozada en un corazón que, en el fondo, no cree en lo que hace. La piedad asoma pero no protesta. Y unos disparos acabarán momentáneamente con la ilusión de la libertad. Sin embargo, siempre habrá otro hombre. Igual de alto o bajo, vestido igual que el anterior e igualmente aterrorizado. Y la luz entrará hiriendo a la oscuridad porque es algo que no se puede contener. Es otra idea, ni mejor ni peor, ni más grande ni más pequeña. Es una forma de resistir.

John Ford resultó fascinante en la estética de esta película, ahondando en las tinieblas para ofrecer la luminosidad de la fe. Y aunque no sea una de sus mejores películas, de ritmo claramente irregular, con un desarrollo algo tedioso, es donde se halla el espíritu del viejo Ford, del hombre que ya vivió una guerra y que está a punto de ofrecer las mejores películas de su filmografía. Quiso hacer un fresco sobre sus creencias a la vez que una denuncia de la tiranía y nosotros, sedientos de algo, sabemos que puede que eso que buscamos esté en medio de la nada.

2 comentarios:

Suso Susillo dijo...

Buenas tardes,
Bastante de acuerdo en lo que comentas en tu último párrafo sobre este singular film del gran maestro.
Saludacos.

César Bardés dijo...

Me alegro de que estemos de acuerdo. Aún así, un Ford es un Ford. Si esto mismo lo hace Kiarostami diríamos que es la releche.
Saludetes.