jueves, 24 de mayo de 2018

LAS ESTRELLAS DE CINE NO MUEREN EN LIVERPOOL (2017), de Paul McGuigan

Todo comenzó porque, al conocerle a él, tú te sentiste una chica normal. Aunque supieras que no eras normal y también supieras que ya no eras una chica. Estabas a punto de entrar en la tercera edad de las estrellas, atrás habían quedado aquellos maravillosos papeles junto a Mitchum, Bogart, Widmark, Heston y Ford y, por supuesto, el Oscar que conseguiste en Cautivos del mal actuando junto a Douglas. Quizá querías sentir la última magia de estar entre los brazos de alguien que realmente te quisiese. ¿Quién lo sabe? Nadie puede asegurar lo que piensa una estrella.
Junto a él, junto a ese chico de veintiocho años, podías volver a creer que era tiempo de bailar con la locura como guía; que los amaneceres junto a alguien que te importa, tienen otro color; que pisar el escenario resulta siempre una nueva experiencia. El chico es guapo, tiene planta, quiere ser actor y sabe comportarse. No está mal para un jovencito al que le sacas treinta años. Y cuando besa…parece ser ese experto que estabas esperando, ese vértigo que tanto te gusta cuando te pierdes en la boca de otro, aguardando por esos labios peregrinos que se juntan para una última oración.
Él, junto a ella, se siente libre y, de alguna forma, también se siente protagonista. Sólo que no es el actor principal de una obra o de una película. Es la estrella de la vida de ella y eso también tiene su encanto. Quizá sea la única manera de probar la fama. Vivirla a su lado. Comprobar cómo se puede aborrecer y, sin embargo, quedar enganchado a ella. Él sólo tiene que hacer magia, quitar de un plumazo los treinta años que los separan y, sencillamente, amar. Y con Gloria Grahame eso era muy fácil.
La enfermedad se presentó y ella volvió. Quiso agotar sus últimos días respirando el mismo aire que a él lo rodeaba. Y sí, él obró el milagro de hacer que, una vez más, los focos se encendieran y las palabras se elevasen por la pluma de un bardo que ella siempre deseó representar. Era el último acto de una vida que, a pesar de todo, siempre mereció ser vivida. Ella lo sabe, pero busca el último sorbo, aquel que uno se lleva de recuerdo allá donde vaya.

Emocionante película que narra los amores de una otoñal Gloria Grahame con el joven actor Peter Turner y que encuentran rostro y carne en un enorme Jamie Bell y, sobre todo, en una intensísima y casi sublime Annette Bening. Con ellos, asistimos a un repertorio de estados de ánimo que parece que se introducen en nuestro interior al igual que una buena representación de teatro que parece secuestrar la voz de quien los ve y los ojos de quien les habla. Mucho más allá de Hollywood y de todo lo que representa, aquí podemos explorar el admirable interior de una mujer que, tal vez, nunca llegó a ser una estrella indiscutible, pero que habitó en los sueños de muchos espectadores del cine más clásico, siendo siempre eterna molestando a un escritor en plena inspiración, víctima de una jarra de café hirviendo o aguantando por amor el maltrato físico y psicológico de un guionista que comienza a no diferenciar entre violencia y pasión. No, las estrellas de cine no mueren en Liverpool. Las estrellas de cine no mueren. Siempre vuelven al interior de nuestro pensamiento para decirnos que nunca habrá nadie como ellas.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Bonita película y enorme placer cinéfilo el que nos proporcional al descubrirnos los entresijos de la vida de una de las imprescindibles secundarias del Hollywood de aquellos años, que lo tuvo todo para ser una diva (percibo que se mosquea un poco cuando la comparan con la Bacall). Tenías tus temores el viernes pasado por encontrarte una "semana con Marilyn 2", pero yo creo sinceramente que esta película es mejor. En primer lugar, porque la historia que cuenta es más bonita y- al menos a mí- llega más.

Evidentemente, buena parte del peso de la película está en las interpretaciones y en la química entre los protagonista. Difícil de conseguir tratándose de dos actores a los que separa tanta diferencia de edad, pero a mi juicio perfecta (a destacar la escena de Romeo y Julieta). Y Jamie Bell es una agradable sopresa y mucho mejor que el niño Torres. Y qué decir de la Bening, que me he quedado sin ver a Roth sin el Nobel, y mucho me temo que me voy a quedar también sin ver a esta señora con un Oscar en la mano. Con lo que se lo merece (este año le podía haber robado la nominación a la Ronan perfectamente). Muy buena también la aparición de Julie Walters (la profesora de Billy Elliot, curiosamente) y la presencia de Vanessa Readgrave, aunque sea breve, siempre es un regalo de los dioses.

La dirección de McGuigan también me parece acertada con un par de decisiones fantásticas como la de repetir esa escena que tú y yo sabemos desde la perspectiva de él primero y de ella después.

Una bonita historia que comienza a ritmo de Travolta en una disco y termina con una preciosa balada de Elvis Costello ¿No es eso el amor?

Abrazos en un lugar solitario

César Bardés dijo...

La verdad es que Gloria Grahame a mí siempre me pareció una mujer fascinante, tal vez porque, como ya dije en otro sitio, me daba un puntito de morbo que era muy, muy atrayente y eso que a mí las rubias no me van nada. En cualquier caso, estoy bastante de acuerdo con todo lo que dices. Excelentes las interpretaciones de ambos. Bening es un auténtico monstruo y, desde luego, merecía la nominación (creo recordar que sí estuvo nominada en los BAFTA) y Jamie Bell hace un trabajo extraordinario. Aparte de su "Billy Eliot", ya ha dado trazas de lo buen actor que puede llegar a ser en películas realmente malas como "La legión del águila" o, incluso, en "Nymphomaniac", de Lars Von Trier. Me hace gracia la secuencia en la que bailan música disco porque el chico sabe bailar un rato y baja su intensidad para que Bening pueda lucirse. Eso es un gesto muy bueno por su parte como actor.
Cierto es también que la secuencia de "Romeo y Julieta" es brillante. No solo por la intensísima interpretación de los dos y por la apabullante belleza de lo que dicen, sino también por la dirección de McGuigan.
Es difícil llegar a pensar que puede haber amor entre una pareja a la que separan treinta años y, sin embargo, aquí se consigue dar esa sensación.
Sí, el amor es Travolta en una disco y una balada de Elvis Costello, pero también es la capacidad para el sacrificio. Y aquí se demuestra sobradamente.
Abrazos cautivos.