miércoles, 2 de octubre de 2019

UNA HISTORIA DE VIOLENCIA (2005), de David Cronenberg



La vida, en algunas ocasiones, requiere soluciones drásticas. Es posible que, en un momento dado, un hombre sin alma se dé cuenta de que sí la tiene y que debe empezar a buscarla porque se mira en el espejo y sólo ve un monstruo. Demasiados huesos rotos, demasiadas palizas mortales, demasiados disparos a medianoche. Es hora de desaparecer y deshacerse del pasado de una vez por todas y experimentar a vivir algo que, sencillamente, es la existencia de un hombre normal. Una casa en algún sitio perdido, una chica, una familia, hijos, un pequeño y próspero negocio en una comunidad que cuida de los suyos. Tal vez, cuando la gente habla de felicidad, se refiere a esto. A una perfecta normalidad. Lástima que el mundo sea un pañuelo.
Un pañuelo para secar unas cuantas lágrimas al ver cómo se escapa la felicidad tantas veces trabajada. Un pañuelo para quitarse el sudor de la frente con el que uno se gana el pan. Un pañuelo para limpiar la sangre que, sin duda, va a tener que correr con ligereza. Un pañuelo porque de todos los establecimientos del mundo, esos dos desalmados, espejos de quien dejó todo atrás, tuvieran que entrar en su negocio, en esa cafetería. Sólo que querían algo más que un café.
Y así el presente se esfuma como por arte de encantamiento y el pasado vuelve con más fuerza que nunca. Es fácil reconocer a un tipo cuando sale en la prensa y su rostro ha sido el más buscado en el mundo de los bajos fondos. El cataclismo familiar ocurre, a pesar de que el engaño se prolonga tanto como se puede, y todo por lo que se ha luchado se vuelve banal, fútil, inútil, leve. Ahora se trata de asesinar al pasado que se empeña en volver. Y para ello va a haber que aceptar lo que uno ha sido, decirlo, afrontarlo y actuar en consecuencia. Y esas consecuencias no van a gustar a unos cuantos. Es el precio que se paga por sacar del anonimato a quien lo buscó conscientemente.
A pesar de ello, en la familia, algo hace que se mueva el suelo, como si hubiera una pizca de morbo en quien rechaza, o una migaja de violencia escondida en la inocencia. Los genes se heredan, y es el momento de acabar con cualquier posibilidad de volver al pasado para siempre revisitándolo unas pocas horas. Ya no más cafés. Ahora es cuando hay sufrir, matar, ajustar cuentas y tener aún más clara la idea de dónde se halla la auténtica familia.
Quizá ésta sea la mejor película que haya hecho nunca un realizador tan irregular y tan personal como David Cronenberg. Supo rodearse de un reparto competente que dio cuerpo y forma a las circunstancias que agobian al hombre pretendidamente normal bajo el rostro de Viggo Mortensen, la sensualidad y amargura de María Bello (una estupenda actriz habitualmente desaprovechada) y la siniestralidad diversa que exhiben dos actores de la talla de Ed Harris y William Hurt. Se trata de contar una historia de violencia…pero esa historia no es la que vemos, es la que arrastra ese hombre normal a sus espaldas, como si quisiera abandonarla y pegarla dos tiros.

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