miércoles, 15 de octubre de 2014

ASCENSOR PARA EL CADALSO (1958), de Louis Malle

La espera es interminable cuando tú no estás, amor mío. Hemos pasado muchos ratos malos, mirando hacia nuestro interior, encontrar algún rastro de humanidad que nos librara de nuestros propios actos pero fue imposible. Tú decidiste que ibas a matar a mi marido y yo solo pude mirar la taza de café que tenía delante y perderme en la crema, intentando pasar por una burbuja más y hundirme en la oscuridad. Me dijiste que todo lo tenías planeado, que no podía fallar nada y, sin embargo, aquí me tienes, esperándote, como he hecho el resto de mi vida. No estás, no sé qué ha pasado contigo, no sé si has llevado a cabo tu plan, no sé si has tenido algún problema o, simplemente, te has horrorizado tanto de lo que has hecho que has emprendido una huida. Una huida de mí. Y el tiempo se me vuelve gris y vacío y austero y pesado. Deseo que aparezcas por esa puerta y que nos pongamos a charlar de cosas intrascendentes, como tantas veces hemos hecho, para no hacer frente a nuestros propios problemas, al hecho de que tú te habías enamorado de mí y yo de ti y que mi marido era tu jefe y que no podríamos tener nunca la felicidad completa a pesar de que la buscábamos tanto que cada vez se nos perdía más. Una trompeta, en pleno lamento, parece que suena a lo lejos y los minutos, poco a poco, se vuelven culpabilidades y derrotas. Dime algo, preséntate, no me tengas suspendida en la nada que significa esperar. El coche ya no está. Tú tampoco. Y este crimen va a terminar por ser nuestro callejón sin salida.

Estoy aquí encerrado, cariño, en el ascensor. El azar ha querido que yo lo hiciera todo bien, que planeara hasta el último detalle, que el crimen pareciera un suicidio estúpido y que nosotros tuviéramos un futuro lleno de compañía y de amor. Pero estoy aquí, encerrado en el elemento sorpresa, en lo único en lo que no llegué a pensar. El ascensor, aún estando parado, me está llevando hacia el cadalso y tú estás esperando que yo llegue y te diga y te haga y que corramos y que salgamos de este agobio que ha sido nuestra relación. Eso no es nada comparado con el agobio que siento aquí, entre estas estrechas paredes que me gritan a cada momento que estoy perdido y que me van a pillar atrancado entre dos pisos. El suelo está lleno de colillas, me estoy quedando sin tabaco, no sé cómo salir de aquí y aún parece que puedo oler la sangre de tu marido sobre mí. El tiempo ya no es color, ni siquiera es blanco y negro, es penumbra, casi ceguera. No puedo atisbar sensaciones porque no siento nada salvo que todo ha sido una broma cruel de un destino que no quiso pertenecernos. Una trompeta, en pleno lamento, parece que suena a lo lejos, como anunciando que yo voy a morir y que tú te vas a quedar sola. Y yo sé, cariño, que eso para ti es una condena peor que la cárcel. Necesitas de mis brazos y yo de tus besos y lo que nos hemos regalado es un crimen. Muerte a nuestro alrededor cuando todo debería ser luz y vida y felicidad y deseo. El maldito Malle lo hizo con esta historia nuestra y nos predestinó a la agonía para el resto de la eternidad. Tantos años han pasado ya desde que se hizo esta película y yo sigo aquí, encerrado, esperando tener una idea milagrosa que me saque de este sarcófago vertical pero soy incapaz, soy incapaz…Estoy ya tan muerto como tu marido. Estoy ya tan cansado que me he atrancado entre dos pisos para siempre.

2 comentarios:

dexter zgz dijo...

Qué maravilla, ayer me puse por nosecuantaava vez "Los cuatrocientos golpes" y hoy me encuentro con este post tuyo tan... tuyo. Esta también me gusta mucho, la tengo relativamente reciente porque hace dos veranos me dio por hacer un ciclo intensivo de Malle. Qué suspense, qué claustrobia, que angustia de sentirse atrapado, alguien debería tomar nota en lugar de estar tan "perdido".

Y ese Miles Davis, ummm

Abrazos hablando del tiempo

César Bardés dijo...

Es que, claro, te pones lo mejorcito de la "nouvelle vague". Ya ves, Truffaut y Malle, ahí es nada. Malle era un maestro (Truffaut también, claro), muy ecléctico a mi, en general, sus películas me gustan mucho. Ellos dos hicieron que amara a los malditos franceses. Francia no sabe lo que ganó con ellos pero yo sé lo que me hubiese perdido.
Miles Davis y su labio pegado a la boquilla con ese sonido tan sordo, tan apagado...como una trompeta que suena desde un ascensor y en el rellano apenas se oyera un soplido sonoro.
Abrazos con gancho.